Editorial: Más sola que Kung Fu

El acuerdo político alcanzado en agosto entre el sector que encabeza la intendenta Graciela Rosso y la agrupación Compromiso Peronista se suponía de largo plazo.
En el peor de los casos, los pronósticos hablaban de una alianza hasta las próximas elecciones generales. Sin embargo, la jefa comunal volvió a sumar otro fracaso en su intento de organizar una estructura propia, objetivo que en dos años de gestión aparece aún como una quimera.

Rosso llegó a la Intendencia de la mano de María Inés Fernández. Ya en el gobierno, ese acuerdo por conveniencia se hizo trizas. Es cierto que los últimos acontecimientos parecen darle la razón a la jefa comunal, sobre todo a partir del inocultable regreso de Fernández a las filas del princismo. En todo caso, el error fue previo, y consistió en suponer que su ahora ex socia era capaz de modificar la trayectoria política caracterizada por practicar, como dice la canción, la estrategia del camaleón: cambiar de color según la ocasión.

Ese primer fracaso, cuyas consecuencias afectaron a toda la comunidad por repercutir en el seno del gobierno municipal, terminó de desnudar a Rosso como una dirigente carente de un armado político sólido y propio, al menos en el plano local. Los meses posteriores no mostraron un cambio de actitud. Por el contrario, la intendenta continuó con ese verticalismo que provocó funcionarios temerosos y relaciones turbulentas con varias instituciones de la sociedad civil; y un caminar en soledad desde lo político-partidario.

La carencia de tropa propia tuvo y tiene consecuencias en la función ejecutiva. Por ejemplo, el desembarco de funcionarios domiciliados fuera de Luján que, sin caer en generalidades injustas, han mostrado escasos conocimientos de las necesidades del distrito y nulo compromiso con las políticas gubernamentales. Algunos, incluso, fueron verdaderos mamarrachos. Los casos más recientes recuerdan al ex secretario de Obras Públicas, Adolfo Sigwald; o al supuesto asesor supuestamente llamado Miguel "Choper" Puentes, un varón del conurbano que supo tener una oficina pegada a la de Rosso y alcanzar influencia en las decisiones de la intendenta. El hombre de cadenas de oro y modales poco refinados, se fue como llegó, de un día para el otro.

Incluso entre aquellos militantes que con el triunfo de 2007 visualizaron en el nuevo gobierno la posibilidad de sumarle a Rosso un armado político del que carecía, sienten la desilusión. Si bien se mantienen cerca de su gestión, han perdido ese impulso de iniciar un nuevo espacio de militancia progresista para alcanzar cambios desde las estructuras estatales, y garantizar continuidad con la herramienta del voto.

Aunque todavía por lo bajo, esos sectores le critican a la intendenta su incapacidad y errores estratégicos a la hora de sumar voluntades a su acción de gobierno, y un excesivo personalismo que, en reiteradas ocasiones, se traduce en una actitud de hostigamiento a quienes plantean cambios de rumbos en diferentes áreas del municipio.

En ese marco, no es casual que hoy resulte difícil identificar con el gobierno local a por lo menos una decena de lujanenses con peso en la comunidad. A tal punto llega esa falta de estructura que si Rosso decide no buscar su reelección, la tarea de encontrar un candidato con posibilidades reales de ganar las elecciones puede resultar infructuosa.

A partir de la ruptura del interbloque oficialista que se hizo pública la semana pasada, Rosso vuelve a la soledad de una gestión que a dos años de haberse puesto en marcha se reitera en errores, en un manejo vertical y personalista que desde el discurso se había propuesto desterrar, como crítica al pasado reciente.

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