Editorial: Con el sello de la desilusión

La doble renuncia de Amanda Robles –a la Unión Vecinal y a su banca de concejal del Frente Unión Vecinal- rompió con los moldes establecidos de la política partidaria.
Ante una grave denuncia de corrupción en la que se escucharon escasas explicaciones y aparecieron testimonios y pruebas, Robles pegó el portazo. Se dio cuenta que la fuerza de las malas prácticas establecidas eran más fuertes que la sensatez o, en todo caso, que la sensación de la calle. Que importa más respetar las formas.

“No le creo al diputado Juárez”, dijo a sus antiguos compañeros de militancia, pero se quedó hablando sola. Y en lugar de apelar a una maña polémica como es quedarse con la banca, a pesar de romper con el partido que la depositó en ella (repasar, en los archivos, los casos de Graciela Cucci e Ilma Vieyro, para no alejarnos de las aguas vecinalistas), Robles dio un paso al costado. Sabía, además, que su reemplazo no generaría a futuro ni preguntas incómodas ni pediría acciones rápidas que descoloquen a la dirigencia vecinal.

Difícil será escuchar lamentos puertas adentro de ese partido comunal. En definitiva, fue una sucesión de hechos la que determinó la dimisión de la concejal. Y para demostrar que no se trató meramente de una acción impulsiva, horas más tarde de las renuncias se informaba que dejaba de existir el bloque del Frente Unión Vecinal. Ahora sólo queda la alianza entre partidos. O, para ser más específicos, el acuerdo entre el diputado Juan Carlos Juárez y el ingeniero Gerardo Amado, más la colaboradora Susana Candia y un puñadito de vecinalistas históricos.

Lo que ocurrió esta semana, para los que siguen de cerca los pasos de esta personalista fuerza comunal, no es más que un desenlace lógico. La diáspora comenzó hace años y sus responsables no tienen intenciones de hacerse cargo.

En la Unión Vecinal las órdenes siguen emanando de un puñado de dirigentes que sigue pensando que Luján termina en las calles 9 de Julio, Humberto, Carlos Pellegrini y Doctor Muñiz o Avenida España. Y que, en todo caso, el resto de la sociedad y sus problemas territoriales se pueden manejar con un par de caudillos.

No es casual que sea de esa cuna de dirigentes de donde salen conflictos históricos como el desatado hace un par de años en Torres, cuando el ex delegado y ex concejal -hoy influyente dirigente vecinalista-, Héctor Melo, creyó que los libros de la Biblioteca Popular eran suyos y por eso los tenía en su casa y los defendió atrincherado y con custodia policial.

Son los mismos dirigentes que no se sonrojan al pedir a las autoridades municipales que “en su zona” –sabrán ellos hasta qué limites mean los postes para marcar su comarca- se prohíba la entrada de vendedores ambulantes, como hoy ocurre también en Torres, porque ellos creen que están relacionados con los hechos de inseguridad.

“Me di cuenta que no había margen para opinar diferente, para pedir otra manera de actuar”, confesó la ahora ex concejal Robles. Quien se remita a las pruebas no tardaría en darle la razón.

Otra lectura, muy distinta, realizan sus ex colegas, que entienden que renunciar no es la decisión más acertada. “Esto le hace mal al Concejo Deliberante como institución”, le confesó un edil a un periodista de este medio.

Tal vez tenga razón: una renuncia hace mal; tanto como el silencio cómplice. Mientras los concejales analizan la medida drástica de Robles, ella llena sus casillas de mensajes con felicitaciones de vecinos; de vecinos comunes que se resignan a entender o aceptar algunas prácticas enquistadas en la política.

Lo que ocurrió esta semana, para los que siguen de cerca los pasos de esta personalista fuerza comunal, no es más que un desenlace lógico. La diáspora comenzó hace años y sus responsables no tienen intenciones de hacerse cargo.

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