Editorial: Permítannos sospechar de todos

Ahora que se acerca el día de las urnas y queda escaso margen para seguir pregonando propuestas concretas, el tema de moda en la campaña –al menos en la local, que en definitiva es la que más nos afecta- es el posible fraude.
¿Tendrán pruebas los denunciantes? Porque si las tienen deberían agolparse en los despachos de la Justicia para aportar todos los datos y ayudar a la transparencia. Y por el momento, al cierre de esta edición, nadie se tropezó apurado por entrar a la Fiscalía y radicar su denuncia.

Intentamos no ser ingenuos. Sabemos que todos los que discuten en serio los espacios que se ponen en juego en las elecciones del próximo 28 no se bañan en agua bendita; ni mucho menos.

En otras palabras, oficialistas y opositores, si tuvieran a mano la posibilidad de conseguir algunos votos más sin esfuerzo, no lo dudarían. Luján conoce de cerca, por ejemplo, cómo actúan aquellos que profetizan el contrato moral, el cambio, la renovación, la nueva política.

Pero como ciudadanos, ¿qué se puede pensar de aquellos que agitan el fantasma de fraude o de la trampa electoral, pero hace poco más de un año tenían el control de todos los resortes que hacían a un acto eleccionario?

Causa una rara mezcla de patetismo y temor que aquellos punteros, apoderados y demás integrantes de la fauna política que se quedaron afuera del poder, hoy griten a los cuatro vientos que las actuales autoridades pueden hacer trampa con los documentos; con los padrones; con las boletas; en los cuartos oscuros; en el traslado de las urnas.

¿Estarán tan preocupados porque ellos saben que efectivamente se puede hacer trampa? Tal vez se olvidaron de los años en que llegaban a los centros de votación con colectivos o combis llenas de personas internadas en los establecimientos de salud mental de la zona.

Está claro que nadie puede esperar al fraude como una situación inevitable. Habrá que extremar los recaudos para que el voto de cada vecino sea respetado. Porque se trata, lisa y llanamente, de eso; del respeto por el voto ciudadano.

Pero en todo caso, permítannos sospechar de todos. De aquellos que hoy manejan los recursos del Estado y de aquellos que los manejaron durante más de una década y ahora se horrorizan con la posibilidad de que alguien haga trampa o despliegue una maniobra de fraude.

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