Editorial: Fue la excepción y no la regla

Todo recuerdo se arma de porciones de historias, de pasajes, anécdotas, de impresiones personales. En el caso del doctor Raúl Ricardo Alfonsín, esa construcción hacia atrás también dependerá del valor que cada uno le asigne a la honestidad, a lo austero, a la comprensión y a la utilización de la política como el modo de construir una sociedad más justa, más participativa. La política, en teoría, no debería ser el negocio más rentable para un malón de oportunistas.
Aquellos que entienden a la política como el camino más rápido de acceder al progreso material, pensarán que Alfonsín se equivocó. Podrán sostener, incluso, que vivió equivocado. ¿A quién se le ocurre sostener, contra viento y marea, aquello de que con la democracia se come, se cura y se educa?

Ante la muerte, las críticas y los errores suelen diluirse. Por el contrario, se construye el recuerdo a partir de las virtudes.

El fallecimiento de Raúl Alfonsín y la enorme congoja que generó en miles y miles de ciudadanos, muchos de los cuales optaron por acercarse al Congreso para despedir sus restos, no sólo reivindica a su persona y su aporte para la consolidación de la democracia, el diálogo político y las instituciones aún en contextos mucho más oscuros que el actual, sino que además dibuja el pobre escenario en el que estamos inmersos.

Si las palabras que más sobresalen al repasar el fresco legado del líder radical son austeridad y honestidad, ocurre porque el común de los políticos expone otra imagen, otra realidad. La austeridad y la honestidad de Alfonsín se transformaron en la excepción, cuando debían ser la regla.

Cuesta encontrar ejemplos de figuras que hayan transitado las arenas del poder y en tiempo record su condición personal no haya dado un vuelco inexplicable. Propiedades, asesores, más asesores, secretarios y elementos suntuosos comienzan a aparecer como frutos lógicos de la tarea en la función pública. Alfonsín, en cambio, no necesitó montar una gran parafernalia de publicidad para demostrar que su paso por el poder tenía horizontes mucho más íntegros que la compra de bienes.

Honestidad y austeridad; eso que debería ser la regla, en Alfonsín era la excepción. Tal vez por eso miles y miles de argentinos querían despedirlo. En silencio, sin duda, esos ciudadanos se acercaron para agradecerle esos valores que, por el bien de todos los argentinos, deben sobrevivir a su figura y reencarnar en la mediocre dirigencia política que supimos construir.

Si las palabras que más sobresalen al repasar el fresco legado del líder radical son austeridad y honestidad, ocurre porque el común de los políticos expone otra imagen.

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