Editorial: Cruel en el cartel

Dejemos pasar las cifras que directamente no podemos ni imaginar. Aceptemos con cierta resignación ciudadana cuántos miles y miles de pesos se dilapidan en pagar la aparición del candidato en un programa burdo del "prime time" televisivo, o el disimulado enfoque del candidato en una cancha de fútbol.
Mucho menos conmensurable son los millones que se esfuman desdibujados en presuntas actividades gubernamentales, que no son más que dádivas oportunistas pensando en la simpatía a la hora de votar.

Sin reparar en esa macroeconomía de la campaña, que quizás se olvidó pero en 2007 fue financiada en gran parte por dinero de los mismos empresarios que aún tienen que explicar en la Justicia qué es eso de comercializar efedrina, hay datos más cercanos que permiten analizar y en todo caso, pretender abrir un debate sobre el modo de difundir propuestas.

Tenemos a mano otro gasto que cada dos años los partidos políticos, aún lo más pequeños, se empecinan en realizar aunque saben que su efecto será efímero.

Ante cada elección, por más que se sepa que un paredón pintado no puede trasmitir la ideología, la historia, ni las propuestas de un candidato, las calles de la ciudad y de las localidades se vuelven una espantosa vidriera de afiches, pasacalles, volantes y anónimos que duran minutos.

Una vez copados esos espacios, pasaron apenas algunas horas para que la cuadrilla de otro partido coloque engrudo y tape los afiches o pinte encima de la propaganda aún fresca el nombre de otra lista, de otros políticos.

Todo eso, aunque suene inocente comparado como los millones de la gran campaña, es dinero que se tira. Y no hace falta ser analista para comprender que millones de argentinos necesitan ese dinero.

Tal vez algún día la campaña electoral tenga un enfoque totalmente diferente. Por qué no soñar que los candidatos publican sus ideas, redactan sus plataformas, hacen llegar su propuesta a todos los vecinos, pero cortan el derrame de millones de pesos para ensuciar paredes; para pagar los 70 pesos de cada pasacalle. Y esos pesos se destinan a actividades solidarias.

Por supuesto, nadie negará la difusión de esos gestos solidarios, de esas donaciones, y su velada intención electoral. Todos comprenderán que el resultado será más duradero.

Por qué no pensar en los candidatos peleando como hoy lo hacen por copar el paredón más céntrico con sus pintadas o afiches, agolpados en la puerta de las salas de primeros auxilios, de los comedores sociales, de los clubes de barrio, dispuestos a entregarles los objetos que se necesiten y no sólo para prometerles las soluciones pendientes. La solidaridad tiene buena propaganda; es sólo cuestión de trasladarla a la campaña.

"Cruel, en el cartel/ La propaganda manda cruel en el cartel/ Y en el fetiche de un afiche de papel/ Se vende la ilusión/ Se rifa el corazón", canta hace tiempo José Larralde. En plena campaña, vaya un recuerdo para esa letra.

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