Editorial: Las cartas sobre la mesa

Con una mirada aguda, con cierta acidez y si la situación deja margen, con alguna pizca de humor. Con detalles, con datos fríos, con impresiones.
Con una batería de herramientas que se encuentran a disposición del periodista a la hora de escribir, en esta edición, puntualmente en las páginas 6 y 7, se busca informar sobre una situación cotidiana. Es una de esas situaciones que nos pasan por delante de las narices y nos acostumbran a su existencia.

La nota que en esta edición ofrecemos sobre “Una tarde en el bingo” responde a esta descripción inicial. Informar no sólo implica ofrecer datos sueltos. El desafío es encontrar el modo de generar la llegada del mensaje, la comprensión del mismo. De lo contrario, el flujo de información es unidireccional y no se logrará comunicar. En la práctica, esas noticias serán sólo un puñado de letras, de frases, de párrafos que no ayudan a cambiar nada.

El problema; perdón, el flagelo del juego, ocupó varias páginas de este medio en los últimos años. Hemos contado la lucha de los concejales por reducir el horario de apertura de la principal sala de juego de la ciudad. Hemos contado la lucha, no menos justa, de los empleados de esa sala por conservar sus puestos de trabajo. Hemos contado sobre desgarradores testimonios de personas que perdieron bienes materiales y afectos por culpa del juego. Hemos contado de qué se trata la ludopatía. También hemos intentando indagar cuando algún concejal distraído firmó una solicitada en la que decía que haría todo lo que tenía a su alcance para erradicar el juego en la ciudad y cerrar el bingo. Hemos contado la decepción que generó encontrar en ese concejal una ignorancia supina sobre lo que había firmado.

Hoy volvemos a intentarlo porque el juego sigue haciendo estragos en la sociedad local. Y porque todos prefieren mirar para otro lado.

Las autoridades políticas saben que sus recursos “coparticipables” están atados a la recaudación del juego. Desde los gobiernos nacionales y provinciales se incentivan las apuestas –legales, por supuesto- con publicidad en todos los medios. Ahora el jugador dispone de quinielas cada dos o tres horas. Y el principal capitalista nacional de las famosas maquinitas tragamonedas es un personaje muy cercano al matrimonio presidencial. Las autoridades policiales saben sobre la existencia del juego clandestino pero milagrosamente nada cambia.

En términos de timba, se puede decir que las cartas están tiradas sobre la mesa.

Con excepción de casos que involucren a figuras públicas, hace años que por decisión editorial EL CIVISMO no publica datos sobre suicidios. Pero se supo días atrás que una persona se quitó la vida por los problemas que arrastraba con el juego.

“Una tarde en el bingo” busca ese objetivo. Ofrecer una mirada diferente, desde adentro, y tal vez con crudeza, de una práctica en las que sólo una porción de los atraídos logra establecer límites sin caer en la adicción. Ojalá que la crónica no se transforme en un simple papel de diario.

El juego sigue haciendo estragos en la sociedad local y todos prefieren mirar para otro lado.

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