¿La Edad de la Responsabilidad o la Edad de la Regresión?

Por Robert Zoellick, presidente del Banco Mundial

El rumbo estará marcado por el modo en que respondamos a la crisis durante los próximos meses. Podría y debería ser la Edad de la Responsabilidad, como señaló acertadamente el presidente Barack Obama. Para que lo sea, será necesario un cambio de actitud y políticas de cooperación entre los Estados Unidos y todo el mundo.

Los historiadores han dividido la historia del mundo occidental en épocas que representan los valores culturales, económicos y políticos de la época. Es así que pasamos por el Oscurantismo, el Renacimiento, la Reforma y la Edad de la Razón. Pero ¿cómo se definirá la primera mitad del siglo XXI? ¿Será la Edad de la Regresión, en la que los países se replieguen y busquen soluciones dentro de sus propias fronteras, atesorando recuerdos de prosperidad? ¿Será la Edad de la Intolerancia, en la que se culpe a los inmigrantes y extranjeros por el aumento del desempleo? Podría y debería ser la Edad de la Responsabilidad, como señaló acertadamente el presidente Barack Obama. Para que lo sea, será necesario un cambio de actitud y políticas de cooperación entre los Estados Unidos y todo el mundo.

¿Cómo sería la Edad de la Responsabilidad?

En primer lugar, sería una era de globalización responsable, de prevalencia de la inclusión y la sostenibilidad sobre el enriquecimiento de unos pocos. Ello implica un crecimiento que incluya oportunidades para los pobres, desarrollo tecnológico, microfinanciamiento y préstamos para pequeños empresarios, acuerdos comerciales beneficiosos para ambas partes y niveles de ayuda suficientes para alcanzar los objetivos de desarrollo del milenio. Los primeros pasos son finalizar la ronda de negociaciones comerciales de Doha y renovar el compromiso de proporcionar la asistencia al desarrollo que se ha prometido.

Segundo, debería ser una era de gestión responsable del medio ambiente mundial. Las bases para ello podrían sentarse en diciembre en Copenhague, con un acuerdo sobre el cambio climático para reducir las emisiones de carbono mediante el uso de nuevas tecnologías.

Tercero, sería una era de responsabilidad financiera, a nivel tanto personal como sistémico. Ella debería comenzar con un acuerdo de las principales economías en la cumbre del Grupo de los Veinte (G-20) en Londres, a fin de lograr la cooperación de los gobiernos en materia de expansión fiscal en un marco de disciplina presupuestaria. Asimismo, dichas economías deberían acordar un plan destinado a evitar el proteccionismo, reabrir los mercados de crédito y hacer frente a los préstamos incobrables para que los bancos puedan recapitalizarse.

Cuarto, sería una era de multilateralismo responsable en que los países e instituciones busquen soluciones prácticas a problemas interdependientes. Ejemplos de ello serían un esfuerzo conjunto por lograr acuerdos sobre suministros de alimentos con fines humanitarios y la búsqueda de un precio de la energía o impuestos que fomenten la inversión en fuentes menos contaminantes y en la conservación de la energía.

Quinto, sería una era de participación responsable, en que la toma de decisiones en la economía internacional acarree tanto responsabilidades como beneficios. En ella se observaría a los antiguos clubes de países más poderosos ceder el paso a un grupo directivo ampliado que actuaría de acuerdo con la realidad económica vigente. Este grupo tendría el deber de actuar en conjunto y de dialogar en conjunto. Nuestra Edad de la Responsabilidad debe ser mundial, no sólo occidental.

El rumbo estará marcado por el modo en que respondamos a la crisis durante los próximos meses. Como primer paso, los países desarrollados deberían acordar destinar el 0,7% de sus paquetes de reactivación a un fondo contra la vulnerabilidad, de apoyo a los más necesitados de los países en desarrollo. El Banco Mundial podría administrar la distribución de los recursos, conjuntamente con las Naciones Unidas y los bancos regionales de desarrollo.

Tras la crisis del año pasado derivada del encarecimiento de los alimentos y los combustibles, la crisis financiera aumenta los peligros para los países más pobres. La restricción del crédito y la recesión mundial están socavando los ingresos públicos y restringiendo la capacidad de los gobiernos para alcanzar los objetivos relacionados con la educación, la salud y las cuestiones de género. Los flujos de remesas están desacelerándose. La inversión extranjera y nacional está congelada. El comercio internacional está disminuyendo. La agitación social va en aumento. Una reducción del 1% de la tasa de crecimiento de los países en desarrollo sumergirá en la pobreza a otros 20 millones de personas. Como resultado de las alteraciones del año pasado, ya han caído en la pobreza 100 millones de personas.

Los países pobres necesitan tres tipos de intervenciones: programas de protección social que ayuden a amortiguar el impacto del cambio desfavorable de la coyuntura en los pobres; inversiones en infraestructura para sentar los cimientos de la productividad y el crecimiento mientras se da trabajo a la gente financiamiento para que la pequeña y mediana empresa genere empleo. Los donantes podrían adaptar sus contribuciones al fondo contra la vulnerabilidad de acuerdo con sus intereses.

Este plan es viable. La meta de las Naciones Unidas para la asistencia es del 0,7% del PIB. La propuesta de proporcionar el 0,7% del paquete de reactivación de cada país desarrollado equivale tan sólo a una pequeña fracción de los cientos de miles de millones destinados al rescate de los bancos y, sin embargo, podría tener una gran influencia en los cientos de millones que son víctimas de una crisis causada por otros. Más importante aún: sería una señal de la firme decisión del mundo de optar por resolver la crisis y no dejar que ésta lo defina. ¿Acción internacional o políticas de egoísmo nacional? ¿La Edad de la Responsabilidad o la Edad de la Regresión? La opción es clara.

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