La edad de la razón

Por Rafael Bielsa

Si alguien me preguntara cuál es el rasgo más pernicioso de nuestra cultura política, contestaría que la reticencia a dar continuidad a los mejores aspectos de los gobiernos anteriores. Parecería que lo precedente -por esa sola condición- es pestilente.

La herramienta para producir esa ablación es un viejo argumento retórico, la falacia ad hóminem, cuya estructura es la siguiente: "A afirma B; hay algo cuestionable en A; luego, B es falso".

Pensaba en ello mientras leía El fin del falso progresismo , un texto escrito por Jorge Fernández Díaz y publicado en LA NACION, el 13 de enero. Con una prosa bella y afilada, el autor deshilacha distintas costuras del "kirchnerismo". Uno puede valorar a un buen escritor y no coincidir con lo que dice, como se puede amar al pueblo judío y no compartir lo que el Estado de Israel dispuso para la Franja de Gaza.

Sólo la desolación que me produce lo poco que los argentinos somos capaces de sufrirnos los unos a los otros y el temor -ya "en el debe" de mi vida- por lo baldío que les depararemos a nuestros hijos me impulsan a escribir, sabiendo que lo que diré resultará antipático. Cada uno tiene su propio sentido del deber; hay que saber afrontar las consecuencias.

Con un pincel finísimo, Fernández Díaz diseña un estanque por donde deambulan cuatro peces, sus interlocutores, entre sombras chinescas siglo XXI y sin documentos de identidad; son voces sin nombre ni rostro. Hablan sobre su país, pero siempre desde un pasado, desde un afuera, como terceros observadores.

Es un modo ausente y exterior de hablar del presente, de lo interior, de unos y otros; porque: ¿qué otra cosa es una Nación?

El primer pez -digamos, del género Chaetodon, de barreras coralinas- recuerda que, mientras repasaban con el ex presidente Néstor Kirchner la tabla periódica de elementos gubernamentales por emplear cuando la suerte los llevara al poder, "?jamás de los jamases [Néstor Kirchner], mencionó la política de derechos humanos". Avanzando el texto, viene en su ayuda otro pez, un Selacio, con un instinto de conservación intenso: "Los kirchneristas son los milicianos de Managua", afirma; esto es, los que no pelearon y luego reclamaron las medallas por haber derrocado al dictador Anastasio Somoza.

No hay ninguna razón para dudar de que todo esto fue expresado; la pregunta es si tiene alguna importancia.

La historia es fértil en ejemplos de hombres notables que se encontraron con la posibilidad de cambiar la historia con posterioridad a su acceso al poder. Para no ser cargante, baste con recordar que, a pesar de una carta abierta de lord Keynes (fines de 1933), el presidente Franklin Roosevelt probablemente nunca lo leyó ni lo consultó. Sin embargo, Roosevelt pasó a la memoria colectiva por actuar con el New Deal las recetas económicas pensadas por el inglés.

Los argentinos, tan cosmopolitas municipales, siempre atentos a lo que "piensan de nosotros" en el extranjero, escuchemos al mundo exterior: el profesor Emilio Silva, presidente de la Asociación para la Recuperación de la Memoria Histórica española, que reclama dignidad para las víctimas del franquismo, sostiene que la política argentina en la materia es un punto de referencia; el Consejo de Derechos Humanos de Naciones Unidas, órgano encargado de evaluarlos en el mundo, eligió a la Argentina como nuevo miembro; para serlo se exige un alto cumplimiento de los estándares básicos.

El texto clásico ¿Qué es una Nación? , del francés Ernesto Renán, exige que una Nación parta de patrones comunes sobre qué hay de ejemplar en el pasado colectivo. Dentro de su sencillez, el canto espartano: "? somos lo que fuisteis, seremos lo que sois" dice todo lo que quiero decir.

No vaya a ser cosa que cuando este gobierno deje su lugar a otro de signo diverso descubramos colectiva y selectivamente que el modelo de militar argentino es Leopoldo Galtieri en lugar de San Martín, nuestros mandamientos la álgida frase: "? primero mataremos a todos los subversivos, luego mataremos a sus colaboradores, después a sus simpatizantes, enseguida a aquellos que permanecen indiferentes y, finalmente, mataremos a los tímidos", y el modelo institucional el Acta para el Proceso de Reorganización Nacional. En nuestro país, alguna vez dijimos Nunca Más .

El siguiente pez de Fernández Díaz, con su mandíbula desmedida y su raudo timón, pertenece a la subfamilia de los Serrasalminae , dentro de la que figura el género de la piraña. "¡Pero si vos eras trosco y odiabas a los montos!", tuvo que recordarle el autor al que presumía de heroico militante de la Tendencia.

Quien se inventa una historia de vida para estar más a tono con el clima de época puede ser un mitómano. Pero el que lo hace construyéndola con sangre y muerte ajenas para sacar provecho propio pertenece a una categoría moral mezquina. Por ello el historiador Antony Beevor reprocha al Malraux que proclamaba su valor en combate durante la Guerra Civil española, aunque no había hecho mucho más que pilotear un avión. Es improbable que el interlocutor de Fernández Díaz haya tenido el genio para escribir obras como La c ondición humana. Con su firme pulso de miniaturista, Fernández Díaz lo destripa: le está bien empleado. Sólo que, a diferencia de lo que canta Edmundo Rivero ("? te conquistaron con plata / y al trote viniste al centro; / algo tenías adentro / que te hizo meter la pata), no todos los que acompañamos el proyecto que hoy gobierna nos parecemos al Sarrasalminae . Apenas algunos, tal vez útiles para fines estadísticos.

No voy a defender la zarandeada expresión "progresista", de la que Sandra Russo dijo alguna vez: "? es gente que hila tan fino que siempre termina peleada con otra gente que también hila fino, pero un poco distinto". En cambio, deseo hacer alguna referencia al peronismo, esa "nada" en versión Fernández Díaz, quien no ignora que una definición de símbolo es, precisamente, "la nada que es el todo", y sabe que a los símbolos se los interpreta según los ojos del cautivo.

"Peronismo"?, esa palabra. Parecería muy difícil para muchos no llenarla de afrentas; parece imposible para todos dejarla atrás. Si es un símbolo, parte de la responsabilidad la tienen quienes hasta hoy no logran idear otro con parecido caudal de magnetismo y vitalidad.

Con todo lo que ha sido, fue y será el peronismo, hay tres conceptos que se le asocian: independencia económica, soberanía política, justicia social. La cancelación de la deuda con el FMI es un indubitable acto de independencia económica. Que el progresismo, según Fernández Díaz, no se la hubiera perdonado a Macri, si él la hubiera gestado trae a cuento la frase de Nixon, que habla para el que quiera oír: "?si pude abrir Rusia y China para los Estados Unidos, se debió a que era republicano y anticomunista".

La reducción de la vulnerabilidad del país en materia de endeudamiento externo tout court , como lo ha explicado Tato Contissa, constituye una decisión de soberanía política tan insuficiente como no catalogable de otro modo. El trabajo es la principal política social; con exclusión hay violencia. La reducción de los índices de desempleo es justicia social, y lo son las medidas económicas que se han tomado para hacer frente a las crisis exógena y endógena. Si los argentinos urbanos informados aprovechamos la liquidez inducida para comprar dólares en lugar de consumir y conservar empleo, esto puede explicarse con muchas teorías ("la paradoja del ahorro", "la trampa de la liquidez", "el dilema del prisionero", "la coordinación de expectativas"). Sin embargo, también dice Renán que la segunda condición de una Nación es tener un presente con cosas en común. No hay políticas que puedan tallar a bisel una voluntad si ésta no existe en la sociedad. Somos nosotros. Nosotros.

En la parte final del artículo de Fernández Díaz, las palabras erupcionan volcánicamente. El estilo tiene eso: un significante toma a otro por el talle y aparece la frase: los 70 reducidos a "aberraciones de época". Me mortifica ver disminuidos aquellos años a un puñado de muchachos encerrados en un patio de ladrillos, donde al final del contrapunto, como escribieron Ernesto Baffa y Arturo De La Torre, "amasijaban un punto / p´amenizar la jornada". Hay temas universales en la peripecia de quienes protagonizamos aquella historia que no quisiera que desperdiciáramos en el altar de lo "políticamente correcto en lo futuro".

Existe una diferencia entre la paradoja y el sarcasmo. La paradoja es una figura de dicción que convive con su propia sombra, y nos permite vincular lo aparentemente contrario con su propia afirmación. "Se puede matar al padre y no ser parricida" es una paradoja. Edipo, el de los pies hinchados, mató a su padre sin saberlo. Fue un homicida; no fue estrictamente un parricida. Desde Edipo Rey escrita por Sófocles, el género humano evolucionó con la ayuda de esa paradoja. El sarcasmo, en cambio, maltrata, porque es la forma más cruel del humor, tan aparente como evidente.

Lo digo por el último pez primorosamente coloreado por Fernández Díaz, que pertenece a la familia de los Tetraodontidae . Se trata de un pez bola, uno de los habitantes marinos más cascarrabias. Respecto de los "kirchneristas" desencantados, se pregunta sarcásticamente: "¿Hasta cuándo los van a echar de Plaza de Mayo?".

Cuando recibió -algo achispado- el Nobel de Literatura, en diciembre de 1950, William Faulkner dijo que el premio había sido entregado "a una vida de trabajo en la agonía y el sudor del espíritu humano, no en procura de gloria y menos aún de dinero, sino de crear, a partir de los materiales del espíritu humano, algo que no existía antes". Esa es también una manera de entender la política y, por lo tanto, no hay "hasta cuándo", sino la responsabilidad de vislumbrar un futuro en el que puedan engranar pacíficamente las vidas de quienes integran las grandes mayorías populares. Nos iremos y volveremos de la Plaza cuantas veces sea necesario, porque el futuro es de todos. El último de los requisitos que Renán prescribía a los territorios que quisieran llegar a ser una Nación.

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