La economía ya sufrió los cambios intempestivos de banqueros centrales

Acusarlo de antisemitismo, despedirlo por decreto o hacer política monetaria desde el Banco Nación. Todo vale para sacarse de encima a ese porsonaje molesto que tiene la obligación de pensar en el largo plazo donde reina la política del día a día y las urgencias de caja.
Los casos no son iguales pero hay una coincidencia: la tan mentada autonomía del Banco Central que ocupa bibliotecas enteras de literatura económica no es más que un mito. Al menos así funcionan las instituciones en la Argentina, donde el presidencialismo es tan fuerte que siempre encuentra la manera de imponer su voluntad.

El antecedente más resonante de la remoción del titular del Banco Central es el de Pedro Pou. Domingo Cavallo, ministro de Economía en 2001, necesitaba de las reservas internacionales para pagar la deuda externa, al igual que los Kirchner precisan hoy. El titular del BCRA en ese momento, Pedro Pou, se opuso. Cavallo decidió entonces dar impulso a la comisión bicameral que evaluaba el desempeño de Pou y estaba congelada.

La comisión realizó con velocidad un informe y el Poder Ejecutivo adujo incumplimiento de los deberes de funcionario público, ya que Pou defendía la dolarización, y antisemitismo, porque cerró dos bancos cooperativos cuyos asociados y directivos eran principalmente judíos.

Por estos y otros motivos, Pou debió comparecer en Tribunales. Pero la comisión bicameral dio su veredicto sólo después de que Cavallo decidió soltarle la mano al banquero central y ampliar sus dominios para suplir con las reservas internacionales la escasa recaudación. Las reservas no alcanzaron y para muchos la destitución de uno de los guardianes de la convertibilidad no hizo más que acelerar la fuga de capitales y precipitar la crisis. También dejó al descubierto el grado de desesperación de un Gobierno que era víctima de la recesión y tenía un déficit fiscal importante.

Hubo más antecedentes en los últimos años. Hasta a Mario Blejer, candidato del kirchnerismo para reemplazar a Martín Redrado, le tocó vivir en carne propia una situación similar. Cuando Adolfo Rodríguez Saá asumió la presidencia de la Nación a fin de 2001, se reunió con Blejer, entonces vicepresidente del Central, y con Roque Maccarone, presidente. "Los mandamos a llamar para avisarles que queremos que se queden al frente del Banco Central", Rodríguez Saá estaba acompañado de su hermano Alberto, actual gobernador de San Luis y precursor de la denuncia legal que frenó la creación del Fondo del Bicentenario.

"Ustedes no nos pueden confirmar en el cargo porque tampoco nos pueden echar", fue la respuesta de Blejer. Los Rodríguez Saá asistieron gesticulando respeto a la normativa. Sin embargo, con la designación de David Expósito al frente del Banco Nación se planificó la emisión de una moneda no convertible, el peso argentino. Al enterarse, Maccarone y Blejer quedaron perplejos. Los Rodríguez Saá estaban haciendo política monetaria desde el Banco Nación mientras el edificio del Central en la calle Reconquista parecía una pieza de museo. Blejer y Alberto Rodríguez Saá son en el presente, aunque desde un lugar diferente, protagonistas del debate institucional.

Pero no solo los peronistas barrieron de un plumazo al banquero central. Los radicales también aportaron para la estadística. Cuando en la década del 80 el Plan Austral comenzó a flaquear y la inflación fue nuevamente un problema, el equipo económico comandado por Juan Vital Sourrouille pidió una audiencia de urgencia al presidente Raúl Alfonsín. El objetivo era lograr la remoción del titular del Banco Central, Alfredo Concepción, a quien acusaban desde el Palacio de Hacienda de imprimir dinero a lo loco. Alfonsín cedió y José Luis Machinea se hizo cargo del Central en 1986. Al poco tiempo se registró el episodio de hiperinflación.

El cambio intempestivo del presidente del Banco Central nunca garantizó un mejor desempeño de la economía. Frecuentemente, lo contrario.

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