La economía Obama: entre los deseos y las realidades de los primeros 100 días

Por Hernán De Goñi.

La llegada de Barack Obama ha creado, a grandes rasgos, dos tipos de expectativas bien diferenciadas. Muchos de sus votantes están deseosos de comprobar si las promesas de un nuevo estilo de gestión que lanzó en la campaña electoral logran recrear una mística política que aleje a Estados Unidos del legado de guerras y fracasos económicos que dejó George W. Bush. Pero sin duda son una mayoría (tanto en EE.UU. como en el resto del mundo) los que esperan ver en la Casa Blanca a un administrador capaz de liberar las fuerzas productivas de la nación que genera 25% del PIB del planeta.

Los argentinos, claramente, estamos en el segundo grupo. Más allá de que muchos compartan (compartamos) el deseo de que el gobierno de la principal potencia mundial se guíe por valores, y no solo por intereses políticos excluyentes, la preocupación que hoy atrae por igual a empresarios, trabajadores y dirigentes políticos es saber qué capacidad de reacción económica inyectará la nueva gestión a las instituciones y compañías estadounidenses.

Si hay un objetivo que los agentes económicos esperan que Obama cumpla lo más rápido posible es que le ponga un piso a la crisis. Que la economía deje de caer. Que la destrucción del empleo se detenga. Que el consumo deje de achicarse. Que en los mercados bursátiles empiecen a calcular cuándo las empresas volverán a ganar dinero, y no cuánto perderán el próximo trimestre. Que los bancos vuelvan a dar crédito. Que los inversores recuperen la fe.

¿Es esta una meta realista para los primeros 100 días de gestión, el plazo que otorgan las sociedades ansiosas del siglo XXI para subir o bajar el pulgar por primera vez a un presidente? Es difícil, porque los gobiernos no pueden apretar un botón y resetear el sistema (el botón rojo que tiene Barack puede hacer mucho más que eso, pero esa es justamente una de las recetas que el mundo quiere que archive).

El nuevo jefe de la Casa Blanca ya expuso lo que quiere en el corto plazo: una autorización del Congreso para invertir recursos públicos en el plan de infraestructura y obras públicas más ambicioso de los últimos 50 años (que gobernadores y legisladores demócratas están incrementando sin esfuerzo por encima de los u$s 800.000 millones) y a la vez, autorizar una cuantiosa rebaja de impuestos para las empresas y los consumidores (u$s 300.000 millones).

Impacto pleno en 2010

Sin contar los tiempos políticos que demandará aprobar este plan, los propios asesores del flamante presidente estiman que su máximo impacto se dará recién en el cuarto trimestre de 2010. Y auguran que el desempleo igual quedará en torno de 7% hasta esa fecha.

En Estados Unidos todavía no se extinguió el debate sobre cuál es la forma de ayuda más efectiva. Agotada la instancia monetaria (la tasa de interés está casi en 0), muchos creen que es preferible que el gobierno gaste más, y que lo haga en los rubros que multiplican más su efecto (obras públicas) antes que devolverle más dinero a los consumidores. Por eso le piden a Obama que no escuche advertencias sobre el crecimiento del déficit y lo incrementen sin temor al “que dirán ortodoxo”.

Como si fuera poco, desde el riñón del sistema financiero, el presidente de la Reserva Federal, Ben Bernanke, le envió un mensaje a Obama y a sus economistas de cabecera (el joven Tim Geithner y el veterano Paul Volcker se formaron en la trinchera de la Fed, aunque en épocas muy distintas) que no abandonen a los bancos, porque nuevas bancarrotas en Wall Street pueden causar un golpe letal a todo el plan.

Los mercados, impacientes por excelencia, seguieron mirando los números fríos. Eso indica que la única expectativa que esperan convalidar en estos primeros 100 días es el cambio de estilo. Estados Unidos sigue en guerra y en recesión.

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