La economía global aterriza

Por Juan J. Llach

A pesar de los efectos desfavorables de la temible gripe porcina, siguen aumentando, semana tras semana, los indicios de que la economía mundial inició su descenso de aproximación para aterrizar hacia mediados de año o en el tercer trimestre de 2009. Aun los más pesimistas empiezan a reconocerlo.

Los precios de las materias primas han subido hasta un 50% desde sus niveles mínimos y las bolsas se han recuperado, por lo menos, en un 20%. Tanto en Estados Unidos como en Europa caen las tasas de interés de mercado y también los bonos de los tesoros, al no ser ya demandados como único refugio en la tempestad.

Por las mismas razones, el dólar empieza a desvalorizarse. En Estados Unidos mejora la confianza de los consumidores, bajan los inventarios, se recuperan las órdenes de compra de industrias y servicios, se estabilizan las ventas de casas y algunos precios aumentan gracias al impulso de tasas hipotecarias bajísimas.

La economía china se recuperó en el primer trimestre de 2009 respecto del cuarto de 2008. Japón sorprendió con aumentos de la producción industrial y las exportaciones. A pesar de caídas de precios al consumidor en países como España o el Reino Unido, se está todavía lejos de la deflación.

El panorama, por cierto, no es color de rosa. Los problemas de los bancos no están aún resueltos. El Fondo Monetario Internacional acaba de estimar que sus pérdidas totales llegarán a 4,1 billones de dólares y que hará falta todavía inyectarles capital por 875.000 millones de dólares, cifra enorme pero que no resulta inalcanzable.

El desempleo continúa aumentando en casi todo el mundo y cuesta todavía encontrar datos positivos de Europa. Si bien se recupera la crucial confianza empresarial en Alemania, es aún preocupante la situación de Irlanda, los países bálticos y los mediterráneos. Ellos necesitarían devaluar sus monedas, pero no pueden hacerlo, porque están en la franja del euro y, para colmo, se los presiona a hacer ajustes fiscales de carácter contractivo: se trata del mismo error del FMI con la Argentina en tiempos de la convertibilidad.

De no ser por esta situación de Europa, mi optimismo sobre la economía global sería todavía mayor. Ojalá que la gripe porcina no llegue a convertirse en pandemia ni complique este panorama esperanzador.

Los resultados de la reunión del Grupo de los 20, buenos, pero algo mezquinos, han contribuido a la distensión. Cuadruplicar los recursos del FMI implica, en la práctica, que ningún país que acepte la revisión normal del artículo 4° irá al default , bajando así el riesgo de casi todos los países emergentes, aunque no el de la Argentina.

También se reafirmaron compromisos con las metas del milenio y con la ayuda oficial a los países más pobres, aunque esto es dudoso, porque la mayoría las ha incumplido hasta ahora. Se comprometió a evitar el proteccionismo -y las devaluaciones competitivas, aunque esto es menos creíble- y a finalizar, todavía sin fecha, la ronda Doha de la Organización Mundial del Comercio. Se estableció un consejo de estabilidad financiera global, con mayores funciones que el foro hasta ahora vigente.

Se mencionó, en fin, una expansión fiscal sin precedente -aunque no concertada, como se dijo- de cinco billones de dólares para fines de 2010. Es sabido que en esto no hubo acuerdo entre Estados Unidos, cuyo temor ancestral es la recesión, por la crisis del 30, y Europa, que teme sobre todo la inflación, por las hiperinflaciones de ambas posguerras.

La señal de que ningún país sincero y ningún banco relevante caerán o quebrarán, resalta las esenciales diferencias entre esta crisis y la del 30. El afán de originalidad lleva a algunos colegas a exagerar las similitudes (Eichengreen y O´Rourke, en Vox, www.voxeu.org/index.php?q=node/3421 ). Hay al menos tres diferencias cruciales. Una es la intensidad y rapidez de las respuestas de políticas fiscales y monetarias, ésta sí reconocida por los autores citados. La segunda es que, hasta el momento, el proteccionismo ha sido limitado. La tercera es que, por ahora, no hay deflación, mientras que entre 1929 y 1931 los precios cayeron en los Estados Unidos un 16,2 por ciento, dando lugar a una caída del ingreso nominal total de los norteamericanos del 53 por ciento (sic) hasta 1933, y a tasas de descuento reales de los bancos centrales del diez por ciento o más, contra el dos por ciento negativo de hoy.

Aunque, como mínimo, es indudable la desaceleración en la caída de la economía mundial, otra historia es cuándo y cómo se iniciará la recuperación. Las políticas económicas deberán todavía afrontar nuevas pruebas, sobre todo por el lado de los bancos en Europa y de los deudores hipotecarios en los Estados Unidos.

Cuanto antes se acierte en soluciones genuinas a estos problemas más temprano y rápidamente se saldrá. Si bien hoy casi nadie pronostica una salida veloz, hay que tener en cuenta que los excedentes de liquidez agazapados a la espera de oportunidades son enormes, del orden de los diez billones de dólares.

No bien aparezcan indicios fehacientes de recuperación de la economía real, la suba de precios de los activos financieros y, luego, de los inmuebles será rápida y realimentará a aquélla. Por eso creo que una salida razonablemente veloz de la crisis hacia fines de año es más probable de lo que hoy parece. Más aún: el principal problema que puede aparecer allí es la inflación, como se ve hoy mismo cada vez que buenas expectativas en los mercados financieros hacen subir las materias primas.

Una de las claves de lo que ocurre es que el consumo en los países desarrollados está cayendo mucho menos de lo esperado (1,4%), 0,9 por ciento en los Estados Unidos y, claro, mucho más en España (3,1%) y el Reino Unido (3,8%). Esto resulta de las políticas expansivas, pero también de la aceleración del envejecimiento de la población y de que la crisis ha golpeado menos a los sectores sociales medios y bajos, con mayor propensión a consumir.

También entre los países, los más golpeados son los desarrollados que, según el FMI, caerían 3,8 por ciento este año y no crecerían en 2010.

Entre los emergentes sobresale el crecimiento de China, con 6,5 por ciento en 2009 y 7,5 por ciento en 2010, pero también casi toda Asia en desarrollo (4,8% y 6,1%). También Africa sufrirá menos. Crecerá un dos por ciento y un 3,9 por ciento, mientras que América latina caería 1,5 por ciento este año y se recuperaría con alrededor del 1,6 por ciento positivo en 2010.

Este mayor crecimiento de Africa se viene dando en todo lo que va del siglo XXI, y es una señal de alerta para nuestro continente. Los signos de la coyuntura afianzan nuestras megatendencias de protagonismo económico creciente de los países emergentes, con Asia a la cabeza, que la reunión del G-20 ha empezado a reconocer e institucionalizar.

Para América del Sur y para la Argentina, ésta es una gran noticia, porque estos países son socios estratégicos y seguirán brindando muy buenas oportunidades de desarrollo. La inflación a la salida de la crisis, con relativa desvalorización del dólar y aumentos de las commodities , potenciará esta tendencia. La Argentina es el país que menos ha aprovechado estas oportunidades, dado que, en alimentos, hoy produce unos 20.000 millones de dólares y exporta unos 13.000 millones menos de lo que podría. Hasta ahora esto ha significado menor crecimiento, y la recesión en curso que podría haberse evitado. Pero de aquí en más, la opción entre aislarse del mundo o integrarse a él será una cuestión de supervivencia.

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