La economía en 2010: una mejora con más inflación y empleo escaso

Por: Alcadio Oña.

Unos más, otros menos, todos los analistas privados coinciden en que la economía volverá a crecer en 2010: entre 3 y 4 % o hasta 6 % en la proyección más rotundamente optimista. El Gobierno ha calculado 2,5 %, pero sus datos no gozan de mucho predicamento.

Puesto en un cuadro más amplio, el punto es desde dónde se parte, o sea, el resultado de este año. Algunos creen que el PBI caerá 2 %, otros 3,4 % y ninguno piensa en un crecimiento del 0,5 % como Amado Boudou puso en el Presupuesto de 2010. Está visto que el Gobierno niega por completo la recesión.

Así, la media entre los privados arroja que en 2010 la economía sólo recuperará la pérdida de este año, eventualmente muy poco más. No habría, pues, un rebote significativo, ni mucho menos aquellas inconsistentes tasas chinas del pasado.

Es por otra parte notable el papel que se le asigna al campo en la mejora: directa e indirectamente, representaría la cuarta parte o la tercera del crecimiento global, según las estimaciones. Sería casi todo por obra y gracia de la soja, ese "yuyito" que descalificó la Presidenta.

En cambio, ninguno apuesta a la inversión privada -menos a la grande-, que incorpora equipos, aumenta la productividad y estira el horizonte. Son todas ventajas conocidas, pero significan arriesgar capital cuando el factor dominante es la incertidumbre política que, a su vez, oscurece el clima económico. De ésto tratan las directivas que las multinacionales bajan a sus gerentes locales.

Lo que surge, por añadidura, es una magra recuperación del mercado laboral. Tanto porque el repunte de la actividad no resultará considerable, como porque la creación de empleo demora en acompañar la tendencia de la economía. Según algunas proyecciones, recién hacia finales del año próximo se compensarían los puestos destruídos durante la recesión.

Nadie confía en los números de desocupación oficiales. Pero hay un par de coincidencias encadenadas.

Una, que la recesión no pegó como otras veces en el empleo, por lo menos en el formal. Otra, que en empresas grandes consideraron un mal mayor a la destrucción de capital humano: especialmente, cuando escasea la mano de obra calificada.

También hubo presiones y subsidios del Gobierno. El efecto combinado fue que en muchos casos se recortaron horas de trabajo, remuneraciones adicionales y ciertos beneficios, sin reducciones masivas en las plantillas.

Otro punto sensible en el panorama de 2010 es la inflación real. Desde luego, no por la que cuenta el INDEC y menos todavía por el 6,6 % que figura en el Presupuesto: son lo mismo, al fin y al cabo.

En números de economistas privados, el índice de precios podría trepar 15,5 %, un 17 % y hasta 18 %. En cualquier estimación, más del doble de la idílica pauta oficial.

Seguro que las cifras privadas incorporan el fuerte impacto de los aumentos en las tarifas de luz y gas, que no registrarán las del Gobierno: simplemente, porque sólo toma en cuenta los consumos mínimos. También agregan cierta puja por los ingresos o, más concretamente, presiones salariales.

Por lo demás, el propio 6,6 % ya es un anticipo del valor que se le dará al Consejo Académico, convocado por el ministro de Economía, justamente para mejorar las estadísticas del INDEC.

A pesar de los contorneos de Boudou, hay todavía una variable ciega en el escenario de 2010: la recuperación del financiamiento internacional. El ministro tenía previsto un paso básico con el Fondo Monetario para noviembre. Un monitoreo rutinario de las cuentas públicas igual al de todos los países miembros y aquí no se admite: al parecer, Néstor Kirchner le corrió la raya al primer trimestre del año próximo.

Ya no se sabe en nombre de quién habla Boudou. O directamente, que de tanto ir y venir pierde autoridad entre aquellos a quienes pretende convencer. Parte de lo mismo es el minué con la reapertura del canje para los bonistas, así sea, entre todas, la movida más cercana.

Ciertamente, si al final se concreta, el financiamiento externo aliviaría los pagos de la deuda pública. Y aun cuando los vencimientos de 2010 resulten una carga tolerable, permitiría liberar recursos fiscales para aplicarlos a inversiones públicas.

Nada que ver, sin embargo, con los $ 4.500 millones o los US$ 6.200 millones que, entre préstamos y avales, Julio De Vido acopló al Presupuesto. El destino es un listón de obras tan vasto como improbable.

Es evidente, por donde se mire, que el ex presidente está decidido a ocupar todos los espacios que le sea posible. Aun a costa de imponer un estrés permanente y sin mayor cuidado por el clima que construye.

Así, no hay agenda para el largo plazo, como no la hubo en estos seis años largos. Siempre domina el corto plazo, y ahora la renta financiera segura está a la orden del día.

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