Duhalde y Shakespeare

Por Jorge Fontevecchia

La última semana se publicaron dos reportajes a Eduardo Duhalde: el de Susana Viau y Eduardo Tagliaferro, del diario Crítica, y el de Ricardo Carpena, del diario La Nación. Muy bien hechos, ambos merecen ser leídos, releídos e interpretados.

La última semana se publicaron dos reportajes a Eduardo Duhalde: el de Susana Viau y Eduardo Tagliaferro, del diario Crítica, y el de Ricardo Carpena, del diario La Nación. Muy bien hechos, ambos merecen ser leídos, releídos e interpretados.

En el primer reportaje de la serie, el de La Nación, Duhalde comenzó a soltar la lengua y lanzó frases como éstas: “Al designar a su esposa (Kirchner) cometió un error histórico. En un país que está saliendo de una crisis, que gobierne una persona sin experiencia es un acto de absoluta irresponsabilidad”. “Cristina no hizo prácticamente nada bien. Es un gobierno que no tiene un pensamiento estratégico. Como si no supiera a dónde ir. Está tomando medidas muchas veces contradictorias. Se le ocurre algo a uno del núcleo cerrado y lo lanza por los medios, y los ministros se enteran así y tienen que ir a defender esa medida.” “Estoy arrepentido de haber apadrinado a Néstor Kirchner. La que expresa bien eso es mi mujer cuando dice: ‘Es como cuando uno se va a casar. Cree que la persona con la que se casa es la mejor, y a los tres meses descubre que es un golpeador’. Y pasa eso. Tengo una enorme experiencia en materia de gobierno, y he visto desde concejales e intendentes hasta legisladores que cuando tienen un poco de poder se transforman, o, como decía San Martín, se muestran tal cual son. Es gente a la que los enferma el poder, que no pueden vivir sin el poder.” “Todo andaba bien hasta que un día (a Kirchner) se le ocurrió que él podía ser el ministro de Economía.”

Y en el segundo reportaje, el de Crítica, Duhalde continuó su escalada: “Creen que el enfrentamiento lleva a construir poder. Puede que sea así por una etapa, pero no como método político. Estamos frente a la administración más incompetente que yo haya visto. Ni siquiera lo hacen bien con el tema de los crímenes de lesa humanidad, un tema que el Gobierno impulsó. Hace años alerté respecto de que no se iba a terminar con los juicios si no se modificaban las normas procesales. Y no se cambiaron porque fue gente de otro partido la que presentó un proyecto de ley”. “Tienen que encontrar la forma de que la Presidenta tome contacto con la realidad. Es común que quienes rodean a los presidentes en momentos críticos no quieran llevarles malas noticias, pero el dirigente que no es capaz de romper ese círculo áulico difícilmente se conecte con la realidad.” “No puede haber un presidente progresista rodeado de gente que no tiene nada que ver con el progresismo. Es todo una mentira, es falso. Es un progresismo berreta.” “Néstor Kirchner tiene liderazgo, pero es un liderazgo tóxico, basado en el dinero. Es como el dueño de una fábrica: tiene la plata.” “Los Kirchner son absolutamente insensibles. La mortalidad infantil ha aumentado y hablan de crecimiento. Esta gente volvió a la famosa teoría del derrame. Es increíble que hoy se manejen los mismos criterios que en los años 90.” “No conozco gente que quiera a Kirchner. No vi la foto de Kirchner en ninguna casa. La foto de Carlos Menem la sigo viendo en las casas de los dirigentes kirchneristas. Y Kirchner es absolutamente consciente de esto que les estoy diciendo. El sabe que no lo quieren. No hay ningún gobernador que demuestre afecto por él. No conozco a ninguno que le tenga afecto.”

De diván. Los dos reportajes de Duhalde muestran a un hombre invadido por emociones alteradas. Con actos fallidos como, en medio de tanto dardo, decir a La Nación: “En una situación tan difícil, no me gusta hacer declaraciones que agraven un problema muy serio que tenemos”. O, a Crítica: “Hay que tener sentido común. Hay que hacerle caso a Luis Barrionuevo. El ‘filósofo’ tiene razón”.

Otro ejemplo de conmoción afectiva se percibe al rescatar a su archienemigo Carlos Menem, de quien dice seguir viendo su foto en las casas de los dirigentes kirchneristas (qué interesante sería que dijera cuáles), mientras que no ve en esas mismas casas fotos del actual jefe político de esos dirigentes: Néstor Kirchner.

En 2003, Duhalde eligió a Kirchner para oponerse al regreso triunfal de Menem, pero su odio actual hacia Kirchner dejó pequeño el que sentía por Menem hace cinco años. Tanto lo enfada Kirchner que hasta Menem luce como un amigo, demostrando, una vez más, que toda ponderación es siempre por comparación y dentro de un contexto, que lo bueno se vuelve mísero en la abundancia y lo malo, tolerable en la escasez.

Al colocarse más cerca de Menem que de Kirchner, también Duhalde envía varios mensajes del inconsciente. Que está más preocupado por herir a Kirchner que por su propio beneficio político personal: Menem tiene menos popularidad que Kirchner y, electoralmente, es aún más “piantavotos” que el reciente ex presidente. Que se siente y está viejo porque el pasado en común con Menem –al que se siente unido generacionalmente– le importa más que el futuro político de sus eventuales delfines, a quienes perjudica rescatando la figura emblemática de los 90.

Sus delfines de hoy, Felipé Solá y Macri, saben que el propio nombre de Duhalde es contraproducente y, en diferentes proporciones, prefieren mostrar distancia; Solá reconociendo su amistad pero declamando su autonomía, y Macri directamente ni atreviéndose a confesar contactos con Duhalde. Es decir que, para crecer electoralmente, deben mostrarse lo más alejados posible de Duhalde. Mal que le pese a Duhalde, su actual papel se parece bastante al de Alfonsín post Pacto de Olivos: tenía enorme influencia dentro de su partido, entre los profesionales de la política, pero ante el público en general su figura aún no estaba reivindicada, por irse antes de tiempo y contribuir a la llegada al poder de un sucesor que se transformó en impopular; Alfonsín, de la reelección de Menem, y Duhalde, de la elección de Kirchner.

En el mejor de los casos, Duhalde tendrá que esperar, como Alfonsín, a que su reloj biológico le impida cualquier candidatura para volver a ser valorado, y quizá ni aun así lo logre. Pero aunque no pueda gozar de esa reconciliación social, sí puede disfrutar imaginándose a un Néstor Kirchner sufriendo el mismo escarnio que él padeció. Quizá Duhalde no sea del todo consciente de que tiene más poder de destrucción que de construcción y, esperanzado con que un candidato peronista le gane a Kirchner, todavía critique a Carrió diciendo que “tiene la misma forma de construir que los Kirchner” (Crítica), y que “es igual a Cristina cuando estaba en el Congreso, construye política desde la crítica, la denuncia o la calumnia” (La Nación). Pero no habría que descartar que, en el futuro, si Carrió fuese quien más dolor pudiera propinarle a Kirchner, al igual que lo hace ahora con Menem, Duhalde la termine elogiando.

Carrió acusa a Duhalde de mafioso y responsable del crecimiento de la droga, pero Menem fue quien primero instaló estas acusaciones, sumada su responsabilidad por el asesinato de José Luis Cabezas. Aun así, su odio por Kirchner es más fuerte. Shakespeare tendría sustancia en esta historia.

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