Duhalde: un regreso rabioso y peregrino

Por: Pablo Ibáñez

La rutina de Eduardo Duhalde se alterará apenas: sus tardes en las oficinas del piso 11 de Irigoyen al 1628 aportarán, hoy, un déjà vu de antiguos días agitados cuando rompa el mutismo en que se atrincheró hace meses para, fugaz, regresar a la luz pública.

Será, a su modo, maestro de ceremonias en la disertación de Abel Posse en el Movimiento Productivo Argentino (MPA). Una gentileza de Duhalde al hombre que preserva los secretos -además aporta estilo y ortografía- de la segunda parte de «Memorias del incendio».

Esa especie de autobiografía de los días terribles dejó para la saga, que hace semanas cincela Posse -que supo recrear el paso del Che Guevara por Praga y, con destreza, los viajes colonizadores- las escenas más jugosas protagonizadas por Néstor Kirchner.

Al final -o al principio de todo- el patagónico es las más abrumadora de las obsesiones de Duhalde. ¿El caudillo otoñal dejará caer, esta tarde, bajo el influjo de los pronósticos de Posse, alguna parrafada drástica contra el ex presidente? Prometió que no.

Hace tiempo, a los suyos les comentó su decisión de no asomar en la campaña. Es más: tiene pautado viajar a España a mediados de mes y permanecer en Europa, según contó en sus recreos ociosos en el San Juan Tenis Club, hasta después de las elecciones del 28 de junio.

Una puesta en escena para ingenuos o supersticiosos: la teatralidad de que no estar en el país el día de la elección sugiere que Duhalde nada juega ni nada tiene que ver con la logística, los armados y con los resultados de la votación de junio.

Desea con fervor, pero por momentos con dudas de éxito, la derrota de Kirchner. Hasta, por momentos, puede interpretarse que no le importa quien gane en la medida que pierda el patagónico.

La inquina de Duhalde con el ex presidente -alguien los nombra, con picaresca, como los Trotsky y Stalin bonaerenses: uno ideó un modelo que el otro ejecutó- lo llevó a soportar maniobras indecibles como el veto, en las listas, a sus hombres más fieles.

En parte, Duhalde no concede entrevistas para no tener que responder sobre los entreveros en el PJ disidente, que alumbró e incentivó, a pesar que enumera, en privado, quejas contra los tres protagonistas del armado: Francisco de Narváez, Mauricio Macri y Felipe Solá.

A De Narváez le imputa inhabilidad política y escasa capacidad de conducción -«logró que todos estén enojados con él»-, a Macri lo sindica como víctima de los caprichos del asesor Jaime Durán Barba; a Solá lo malquiere por quejarse y no actuar de manera autónoma.

Esos enojos, sin embargo, los asimila con el objetivo de un objetivo mayor: vencer a Kirchner para, después, reordenar lo que viene. Insiste, ya lo mandó a decir, con pulsear por el control del PJ bonaerense, opción esquiva si gana Kirchner el 28-J.

Se permite, cada tanto, en otras reflexiones. La antigua pretensión de virar hacia un modelo parlamentario, dejando atrás la brutalidad del presidencialismo, al que Duhalde suele atribuirle todos los males.

Kirchner, por otro motivo, también jueguetea con esa idea: supone que si él o su esposa no pueden ir por la reelección en 2011, podrá incidir desde Olivos en su sucesión o, si irrumpe la figura del «canciller» a la alemana, aspirar él a esa butaca.

El parlamentarismo fue la excusa para que, días atrás, Duhalde se cite con los cortesanos Eugenio Zaffaroni y Juan Carlos Maqueda. Apuntes sobre alta política y devaneos europeístas, con bocadillos hipotéticos sobre las testimoniales. Pero, claro, es gente reservada.

Esa charla despertó la curiosidad K aunque, anoche, en Casa Rosada le bajaban la intensidad a la intriga. El augurio no es el mejor: anoche, la suerte electoral del Gobierno quedaba en suspenso con el capítulo abierto sobre la candidatura de Daniel Scioli.

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