El drama de vivir sin agua potable

Se trata de 30 familias de la villa Cristo Rey, en Médano de Oro, que nunca contaron con este servicio.
En el patio de Doña Marcelina sólo sobrevivieron los cactus. Los malvones y boinas de vasco se secaron, dándole un toque mayor de dramatismo al hogar de esta abuela de 82 años: una precaria casa de adobe y techo de caña, rodeada por un guadal de tierra que, ante la mínima ventisca, no deja ni respirar; restos secos de lo que en un tiempo fue un pequeño parral; y un par de bidones sucios con agua de un surgente para tomar. A cuentagotas. "Me gustaría ser como ellas -dice la abuela, señalando las pencas que enterró en un tarro de leche-. No necesitan mucha agua para sobrevivir. Yo en 30 años, todavía no aprendo a vivir sin agua". Esta abuela es una de las primeras habitantes de la villa Cristo Rey, en Médano de Oro, Rawson, que se levanta sobre terrenos fiscales. Actualmente tiene una población de 30 familias que hasta ya cuentan con una escuela y un puesto sanitario. Pero que todavía siguen tomando agua de un surgente que queda a 1 kilómetro de distancia.

El secretario de Gobierno del municipio de Rawson dijo que las autoridades departamentales están al tanto de las necesidades de esta comunidad, y trabajando para darles solución. Pero que el tema de proveer agua potable es exclusivo de OSSE (ver aparte).

Doña Marcelina se arremanga hasta los codos para empezar con el lavado, mirando con tristeza el gallinero y el chiquero vacíos. Tuvo que regalar los animales a un pariente que tenía agua suficiente para mantenerlos. Con una jarra azul de plástico mide el agua que va a usar para lavar y para enjuagar. No tiene que desperdiciar ni una gota porque todavía le queda tomarse unos matecitos y preparar un machacado. Su nieto no pudo acarrearle agua en la madrugada antes de irse a trabajar. Y a ella no le dan las piernas para caminar más de 800 metros, cargando bidones.

Cada tanto la abuela es interrumpida por el saludo de alguna de las vecinas que comienzan el peregrinar diario por el callejón de tierra en busca de agua. Caminan rápido porque quieren evitar la hora pico donde gente de toda la villa se aglomera alrededor del surgente. Es al mediodía, cuando hay que preparar la comida.

"Todos llenan dos o tres bidones y la espera se hace interminable", dice Margarita, la portera de la escuela Cristóbal Colón en su tercer viaje al surgente. Y con los pantalones empapados por el agua que derraman los bidones.

Es que es una novata en el tema. Desde la Dirección de Arquitectura, dependiente del Ministerio de Infraestructura, llega a la escuela agua dos veces a la semana. Pero apenas retomaron las clases luego de las vacaciones extendidas por la gripe A, los tanques estaban vacíos y faltaba aún un par de horas para que llegara el camión proveedor.

"Acá no hay forma de prevenir el virus H1N1 con el lavado de manos cada 2 horas -sostiene el doctor Juan Carlos Muñoz, a cargo del puesto sanitario Cristo Rey-. Si nosotros traemos agua de nuestras casas para tomar. Hasta ahora no pudimos estrenar la cisterna que nos instaló Salud Pública porque, sencillamente, no hay con qué llenarla. Y no tenemos tiempo de traer agua del surgente. Menos en verano, cuando por mañana atendemos a tres o cuatro pacientes con problemas gastrointestinales causados por tomar agua no apta para el consumo".

José Luis es otro de los vecinos que también toma agua del surgente. Pero sólo después de haberla hervido por unos minutos. Gracias al afiche pegado en la puerta del puesto sanitario, aprendió que el agua hervida no hace mal.

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