¿Dónde hay un gol?

Como si fuera poco la falta de puntería en los partidos y la crisis general, Palermo falló tres penales en la práctica. ¿Se destapará justo contra Estudiantes?
La llave puede estar escondida en el área de la cancha de Quilmes. O en algún recoveco perdido de la Bombonera. En algún lugar debe estar la que abre el arco que desde hace algunos días se le cerró a Martín Palermo y que insiste en permanecer clausurado hasta en las prácticas. Porque no hay otra manera de explicar este momento del goleador, que no sea invocando a las fuerzas malignas que impiden que celebre el rubio delantero. Porque así como el último domingo tuvo chances que no supo aprovechar, ayer en la práctica de fútbol contó con tres penales... Y no pudo meter ninguno.

Sí, el recuerdo lleva inmediatamente a Paraguay, a la Copa América de 1999, a los tres penales contra la Colombia de su compañero Jorge Bermúdez, dos desviados y uno atajado por Miguel Calero. Lejos está de parecerse una situación a la otra, pero la referencia es inevitable. Porque si bien se trató sólo de una práctica formal de fútbol que duró 40 minutos, siguen siendo 12 pasos los que separan el grito de la desilusión. Y justo él, con más de 200 goles en el lomo, es el que falla...

En el primero, luego de una falta a Gabriel Paletta, Martín se paró frente a la pelota y definió abajo. Javier García, con buen tino, adivinó el palo y la desvió. Desde el costado del campo, Alfio Basile ni se inmutó y ordenó que se repitiera el lanzamiento, como suele hacer en estos casos. La segunda oportunidad terminó yéndose cerquita del palo. Esta vez, la orden del Coco cambió: le pidió a Nico Gaitán que lo ejecutara y la pelota terminó tocando la red, al fin.

Sin embargo, a Martín aún le quedaba una bala más en la cartuchera. Antes del final, Rosada terminó en el piso y otra vez se escuchó el silbato del Panadero Díaz. Inmediatamente, el Loco colocó la pelota y... Sí, otra vez García, abajo, sobre su izquierda, hizo rebotar el disparo en su humanidad y Martín se quedó tomándose la cara, fastidioso, pero poniéndole el pecho. Ya no hubo chance para uno más, se escaparon los minutos finales y quedaron dando vueltas los interrogantes. ¿Qué le pasa a Palermo? ¿Por qué no puede convertir? ¿Será el encargado de los penales si le cobran alguno ante Estudiantes?

El domingo, frente a Godoy Cruz, y a diferencia de otros partidos, el Loco sí tuvo situaciones de gol. Varias. Pases de Román, alguno de Insúa. Hubo una búsqueda legítima como referencia de área. Pero esta vez, el que falló fue el ejecutor y no los armadores. La pelota le llegó, pero él no anduvo. Y ya cambió tres veces de compañero de dupla: pasó Pablo Mouche, pasó Lucas Viatri, pasó Ricardo Noir, ahora podría ser Gaitán. Lo que está claro es que, a esta altura, hay una cuota de ansiedad en el delantero, que más que nunca necesita cortar esta racha, que no tiene que ver con la cantidad de tiempo transcurrido (su último gol fue el 30/08 ante Lanús) sino con la calidad de ese tiempo. En esos 25 días, pasaron cuatro partidos de Boca (él jugó tres, ante Newell's estaba con la Selección) desde ese grito y no volvió a ganar. Y el equipo se sumergió en una nueva crisis que casi termina con la renuncia del técnico, algo que también lo tiene intranquilo. Quiere ayudar al equipo a salir de este mal momento más que ninguno, pero lo mejor que hace, por ahora se le niega y lo sufre. Y ayer quedó clarísimo: ni de penal, ni en el entrenamiento, ni aunque no estuviera García...

Si bien el rival del sábado no será Gimnasia, a quien está acostumbrado a hacerle goles, el Loco también sabe cómo convertirle a su ex equipo. Ya le hizo siete, con la particularidad de haber anotado tres en un mismo partido. Si bien no está pasando por su mejor momento futbolístico (falto de reacción y de respuesta física, además de estar peleado con el arco), el Loco sabe bien cómo es eso de levantarse del suelo y arrancar de nuevo. Sabe que con un solo gol que festeje, la racha se cortará y, quién dice, también la malaria de este Boca. Con él, pueden llegar los triunfos. Y una vez que llega uno...

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