¿Dónde está el jefe de la oposición?

Por Luis Majul

La Argentina necesita urgente un jefe de la oposición. Su ausencia está siendo aprovechada por el líder del oficialismo, Néstor Kirchner. Para ponerlo en términos de actualidad futbolística: desde que cayó derrotado en las urnas, el ex presidente está ganando casi todos los partidos, aunque sea con dos jugadores menos, a las trompadas y sobre la hora.

La media sanción en la Cámara de Diputados de la prórroga a la delegación de facultades del Congreso al Poder Ejecutivo fue celebrado por Agustín Rossi como si hubiera ganado un clásico. La ruptura del contrato de la Asociación del Fútbol Argentino (AFA) con Televisión Satelital Codificada (TSC) habría sido festejada por Kirchner como la final del campeonato del Mundo en México 1986. El ex mandatario mandó a su equipo a prepararse para discutir una nueva Ley de Radiodifusión con la intención de limitar el poder de los multimedios (y de paso dañar la posibilidad de que el ejercicio del periodismo independiente lo empuje hasta los tribunales, a responder sobre su patrimonio y otras denuncias).

La Coalición Cívica está golpeada.

"Lilita tenía razón: le dimos aire a un perverso político. Y ahora nos está pasando por encima", se le escuchó decir al presidente de la Unión Cívica Radical, Gerardo Morales, esta semana.

Parecen desorientados en un laberinto sin salida. Porque Elisa Carrió fue una de las derrotadas en las elecciones pasadas. Y el vicepresidente de la Nación, Julio Cobos, mira hacia 2011 casi sin tomar posición. Los hombres de Cleto suponen, con cierta lógica, que si se mezcla en todas las batallas el mendocino llegará desgastado a la candidatura presidencial.

El resto de la oposición tiene un problema parecido.

El senador Carlos Reutemann piensa lo mismo que Cobos. Pero su actuación tiene un ligero matiz. Se preocupa de que todo el mundo sepa, aunque no sea de su boca, que está en contra de cada decisión irracional que impulse el matrimonio presidencial. El problema es que tampoco se asoma al campo de batalla, y su ausencia pública provoca la sensación, lógica, de que no tiene agallas para enfrentar a una máquina de ejercer el poder como Kirchner.

Mauricio Macri sigue deshojando la margarita entre un nuevo turno como jefe de gobierno de la ciudad y su próxima candidatura presidencial. No tiene un futuro cierto. Encuestas muy secretas indican que hoy no ganaría en primera vuelta si se presentara para ser reelecto. Además sabe que si Reutemann se decide casi todo el peronismo que gobierna iría detrás de él.

El dilema de Francisco de Narváez no es menor. Se trata del hombre que le ganó a Kirchner. La mayoría de quienes lo votaron esperan que lo enfrente cada vez que el ex presidente sale a jugar con la pelota dominada. Pero su tiempo ahora se divide en varias actividades simultáneas: apurar a Mauricio para que anuncie su deseo de apostar a la presidencia; contener a Felipe Solá, quien lo presionó para que lo colocara también en carrera presidencial; regresar a cada uno de los lugares que visitó durante la campaña; discutir con sus colegas parlamentarios la estrategia opositora y preparar su candidatura a gobernador de la provincia de Buenos Aires. Su futuro político está atado al perfil que elija para llegar a 2011 con el respaldo de los votos que logró.

El gran problema de todos ellos es que Kirchner decidió empezar a disputar el poder real un día después de su derrota en las urnas. Ganó tiempo, y está dispuesto, como buen jugador compulsivo, a ponerle todo lo que le queda al número ganador. En este escenario de vértigo, hay elecciones virtuales todos los días. Para diciembre, cuando asuman los nuevos diputados y senadores nacionales electos, falta un siglo. Y para las presidenciales, doscientos años más. Mientras tanto hay una sociedad que demanda líderes opositores capaces de entrar a la cancha y disputar el poder. No dentro de un rato: ahora mismo.

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