El dolor de los damnificados

Los testimonios.
"El río se llevó todo"

Adrián Solá tiene barro hasta los codos. Manotea unas ramas y las tira sobre una montaña de tierra, troncos y escombros. Se entierra un poco cuando camina por un terreno plano, pero alisado por el agua. Sólo queda el piso de cemento dibujando un cuadrado perfecto bajo una capa de tierra. Recuperó tres paredes de madera, dos chapas y algunos parantes.

Vivía con su mujer.

Ese día salió para su trabajo, como todas las mañanas. Pasaron un par de horas hasta que decidió volver alertado por las lluvias.

"Cuando llegué estaba todo el caudal río arriba. No había casa, ni muebles, ni ropa, ni nada. El río se llevó todo, lo poco que teníamos".

"Tuve mucha suerte"

Héctor Díaz está agotado. Hace más de 30 horas que trabaja y todavía no consiguió sacar el barro ni de una de las cuatro habitaciones de su casa. Tiene un poderoso acullico de coca y la mirada se le pierde cada tanto. Tiene dos tajos en sus antebrazos que se los hizo cuando abrió el techo de chapa con sus manos para poder escapar con su familia: cinco hijos y su mujer. Hace 15 años que vive ahí. Las ramas amontonadas están calzadas en su galería. Un televisor, un reproductor de DVD, un equipo de música y una soldadora están tiradas sobre lo que era un jardín. No sirven, igual que el sofá que alguna vez fue blanco. "Por suerte ese día no fui a trabajar por las lluvias. No dejo de pensar en lo que podría haber pasado".

"No hubo tiempo"

Cuando salió no daba crédito de lo que veía. Leticia Cruz se habían acostado tarde porque habían estado festejando el cumpleaños de un sobrino. Despertó confundida viendo como todo se llenaba de agua marrón. Salió de la casa y en el primer paso se hundió en un caudal oscuro. Tragó barro y casi se ahoga. "No había tiempo para nada. Todavía me sale lodo de las orejas y estoy toda golpeada", cuenta.

Son doce los que viven con la familia Cruz. Todos visten la ropa que les dieron en el centro de evacuados. Unos metros atrás del jardín, corren imperceptibles las vías. Las mismas que pasaban por el puente ferroviario que hoy está todo retorcido como un papel de chocolate.

"No sé que voy a hacer"

Mónica heredó de su padre un negocio, un oficio. Está sobre la avenida principal de la ciudad. Hoy no puede entrar. El bar "La Grieta" está amurallado por un cordón de troncos que llega hasta el techo. Un árbol entró por una ventana y llega hasta la mitad del comedor que es un cementerio de sillas y mesas enterradas. La heladera de madera, típica de almacenes y bares de pueblo está flotando sobre el barro. "No se que voy a hacer. Habrá que empezar de vuelta".

La comida que le acercó el Gobierno de la provincia no le sirve de mucho porque no puede cocinar.

Lamentablemente, pasará un tiempo antes de que Mónica pueda volver a encender una hornalla.

"Esto es el infierno del Dante"

Sergio Paredi apostó por Tartagal hace tres años y se instaló a unas casas del puente. Montó un negocio que le daba trabajo a 12 familias. Ahora está sacando agua con un escobillón mientras un grupo de personas trata de rescatar su camioneta que quedó atrapada en su propia cochera. "Es dantesco. Por suerte logramos salir. Fue todo muy rápido", cuenta.

Su negocio de radiocomunicaciones, equipamiento electrónico y telefónico ya no tiene nada que ofrecer. Toda esa valiosa tecnología se echó a perder.

"Esto es destrucción total ciento por ciento. Nada sirve, ni equipos ni instrumentos", le dijo a El Tribuno con un tono calmo, pero lleno de dolor contenido.

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