Del dolor compartido a la historia

Las emociones nunca son gratuitas. Y mucho menos ésta que recorre las calles de la Argentina en las horas que siguen a la muerte de Raúl Alfonsín.
El consternado adiós al padre de la refundación de la democracia puede interpretarse de muchas maneras. Pero el recuerdo de su decencia, como contraste de tanto político enriquecido a su paso por el poder, tal vez explique mejor que nada el dolor que atraviesa la sociedad.

Esa honradez, en primer lugar, y su férreo y militante compromiso con sus ideas sobre la libertad, la democracia, la justicia social y los derechos humanos dejan hoy una huella retratada en este pesar colectivo.

Cuando llegó a la cumbre de su carrera, el día que las urnas lo consagraron presidente en una elección sin proscripciones, los sociólogos dijeron que su imagen de padre bueno pero enérgico lo había empujado hasta el lugar desde donde refundaría el ciclo democrático más extenso que recuerde la Argentina.

Un país esperanzado lo llevó al poder en aquella lejana y entrañable primavera de 1983. Fue el mismo país que no tardó en desencantarse y en recriminarle sus errores.

En los últimos años, lejos del poder, de sus aciertos y de sus fracasos, aquel padre se convirtió en un abuelo sentencioso, en apariencia alejado de la política temporal. Sólo en apariencia, porque si para algo vivió Alfonsín fue para la militancia en y por su partido, en y por la democracia.

El afecto con el que hoy lo despiden los ciudadanos –condición que los argentinos le deben agradecer en gran parte– acelerará su ascenso a los altares de lo mejor de nuestra historia. Por decente, por empeñoso y por devolvernos la libertad. Descanse en paz, padre de la democracia.

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