La doble celebración de nuestra derrota

Una cosa es la derrota y otra, distinta, celebrarla. Los cordobeses asistimos ayer alegremente al doble festejo de las desgracias que supimos conseguir.

Por Sergio Suppo.

Las visitas de la presidenta Cristina Fernández y del secretario general de la CGT, Hugo Moyano, nos refregaron en la cara el signo de la decadencia que Córdoba edificó durante décadas.

Las fechas colaboran para corroborar la certeza de la declinación. Ayer, entre el mediodía y la tardecita, con actos desparejos y discursos de ocasión, algunos gremios y agrupaciones de izquierda celebraron el 40º aniversario del Cordobazo.

El estallido del 29 de mayo de 1969 tuvo muchos significados. El primero, está claro, fue la certera lanza cordobesa que tumbó a la dictadura de Juan Carlos Onganía. Aunque secundaria, otra lectura posible es la demostración de que Córdoba tenía una dirigencia sindical fuerte y autónoma, enérgica y contestataria, que poco y nada se parecía a los burócratas sindicales que habían asistido de traje y corbata a la entronización de Onganía.

Pues bien. A los gremios de Córdoba no se les ocurrió ayer mejor homenaje a Elpidio Torres, Agustín Tosco y Atilio López que poner como protagonista a Moyano, heredero de aquellos dirigentes a los que nuestros hombres combatieron.

La rendición de aquellas banderas se había producido hace ya mucho tiempo. No era necesario exhibir esa derrota en una de las fechas más entrañables del calendario, trayendo como estrella del espectáculo al descendiente de José Ignacio Rucci y Augusto Vandor.

La visita de Cristina a Río Tercero completó el regodeo con las desgracias propias.

En los días del Cordobazo, esta provincia todavía era autosustentable, su desarrollo industrial había complementado la tradición agropecuaria, y los servicios de sus universidades y hospitales eran un ejemplo nacional.

La circunstancial pelea electoral no borra el paisaje desolado de estos días.

Cristina tiene a Córdoba bajo la cómoda condición del sometimiento. Lo mismo pasó con su esposo y con Eduardo Duhalde, Fernando de la Rúa o Carlos Menem.

Cada mes, el gobernador de turno debe esperar la ayuda para pagar sueldos y jubilaciones y rogar que la Nación acepte hacer alguna obra en estas tierras. Estamos fundidos y ya no queda nadie que no lo sepa.

Es por eso que no duele evocar lo que fuimos: duele saber el lugar al que llegamos.

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