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08-09-2010 I Página/12 I Analisis I Fútbol Bookmark and Share

Una división prefabricada

Por Gustavo Veiga


El sentimiento futbolero que tiene el argentino promedio es intransferible, inaplicable a casi todos los deportes. Incluido el básquetbol, donde la rivalidad con Brasil no es menor.

Con esa matriz que cruza a la mayor de nuestras pasiones, resultó extraño verlo a Rubén Magnano dándoles indicaciones a Leandrinho y Tiago Splitter. Extraño porque enfrente estaba la selección argentina, esta selección que eslabona éxitos en cadena, que genera palpitaciones por su entrega y destreza técnica. Porque siempre da un plus. Para el cordobés, sus ex dirigidos con los que ganó una medalla olímpica, los brasileños a los que conduce ahora y el propio Sergio Hernández, la situación quizá nada tuvo de anormal. En el fútbol hubiera sido inimaginable. El orgullo nacional mal entendido no lo permitiría. ¿Maradona como entrenador de Brasil? Ni ahí...

Una división prefabricada que no tiene los ribetes de las grandes polémicas sobrevuela al básquetbol desde que Magnano y Hernández ganaron lo que ganaron. Esa que sostiene: el cordobés es un táctico obsesivo –como si su deporte no lo exigiera– y el bahiense es el reverso de la moneda. Como si en el básquet un técnico pudiera permitirse hacerse semejante concesión. Pavada de detalle.

La paridad en títulos de Liga Nacional extendió esa disputa artificial (cuatro para cada uno). Y a partir de esa presunta distinción de estilos –este periodista, aclara, no da el piné para mensurarla porque sólo ve el juego por TV– se llegó a este Mundial. Antes de que Brasil se sacara de encima a Croacia en octavos de final, era un previsible rival. Cuando se confirmó, comenzó a preocupar. Por aquello, claro, de lo que Magnano podía conocer de la Argentina. O porque –si se permite el dato muy antojadizo– Atenas con el actual entrenador de Brasil le había ganado la final de la Liga Nacional 2008-2009 al Peñarol de su colega.

Pero enfrente se paró la generación dorada, esa marca en el orillo, ese título honorífico tan bien ganado, que con Scola y sin Ginóbili, con Delfino y sin Nocioni, con el mandato de la historia que mamó en Indianápolis, Atenas, Beijing y ainda máis, cerró un partido tan chivo como inolvidable para dejar al equipo en el umbral de otra hazaña.

No hay que olvidarse. En el básquetbol no somos los mejores del mundo. Los NBA de Estados Unidos, aun con un equipo B o C, son los dueños indiscutibles de ese cartel. Más módicos, como si viniéramos de atrás, y aun con el número uno de la FIBA como distinción, la Argentina siempre está para discutir un podio. Con Magnano antes, con Hernández ahora. Enhorabuena.


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