Disfraces ideológicos en la campaña.

Por Maximiliano Montenegro.

La discusión sobre la vuelta a los noventa, cuando Kirchner también era privatista. El peligro de estatizaciones que llegan cuando se agotan negocios privados sin regulación. Las dificultades de aplicar la receta de moda de la mano de Moreno. Los despidos que revelan los datos de la AFIP. Y las insólitas contradicciones del INDEC.

Recién en los últimos días Néstor Kirchner logró llevar, con la ayuda de Mauricio Macri, la campaña electoral al terreno que más le place: la confrontación ideológica. El jefe de Gobierno porteño declaró que volvería a privatizar Aerolíneas Argentinas y, más importante, que reprivatizaría los fondos de las jubilaciones, hoy manejados por la ANSES.

Quieren volver a los noventa, bramó el matrimonio presidencial.

La cuestión es compleja. No se agota en posiciones ideológicas simplistas. Vale recordar que, durante la década menemista, Kirchner privatizó en Santa Cruz hasta el banco provincial. Pero además brindó un decisivo e interesado aval a la emblemática privatización de YPF. No había que ser socialista para oponerse a esa venta. Ni los gobiernos ultraliberales de México en los 90 se atrevieron a rematar PEMEX. Ni Pinochet cedió el control estatal del cobre en Chile.

Con el derrumbe del muro de Wall Street terminaron por evaporarse los preconceptos ideológicos del libre mercado a ultranza que pregonaba el Consenso de Washington. Sin embargo, la intervención estatal en el caso argentino fue en los últimos años errática. Y a veces se asemeja mucho a un socio bobo que asume las pérdidas cuando se agotan los negocios privados.

Casi todas las estatizaciones de la era kirchnerista son el resultado final de un proceso previo de ausencia de regulación estatal. Cuando la gestión K se hizo cargo de AySA hacía tiempo que los franceses de Suez habían incumplido todas las metas de la concesión sin costos, ni sanciones efectivas. Lo mismo sucedió con Franco Macri en el Correo, lo cual no impidió que luego el Macri kirchnerista participara en la concesión del Ferrocarril Belgrano Cargas, asociado a un consorcio chino. En el sector ferroviario, los Kirchner respetaron en esencia las concesiones de los noventa, y sólo actuaron para reordenar el juego entre los propios concesionarios cuando las denuncias sobre la situación calamitosa de los trenes derivaron en estallidos sociales. En cuanto a Aerolíneas Argentinas, la estatización –todavía no concluida porque las acciones continúan en manos del grupo español Marsans– llegó cuando la compañía ya estaba quebrada, tras varios años en que la Secretaría de Transporte miró para otro lado.

En el caso de las privatizadas verdaderamente rentables, como YPF, el Gobierno sólo actuó para facilitar el acceso de empresarios locales a la compañía. Y algo similar sucedería con Telecom –ante la forzada salida del accionista italiano–, otra de las joyas de la economía del siglo XXI.

El titular de la ANSES, Amado Boudou, un economista de formación liberal, sabe mejor que nadie que la estatización de las AFJP fue una decisión despojada de ideología. Pocas semanas antes, el Gobierno había ensayado volver a los mercados de capitales como fuente de financiamiento con los fallidos anuncios del pago al Club de París y de reapertura del canje de deuda con los holdouts. La crisis internacional sepultó esa jugada ortodoxa. De la galera de Boudou salió entonces la estatización de los ahorros previsionales como el camino para evitar el default, compensar el bajón en la recaudación a causa de la recesión y eludir el ajuste fiscal en el peor momento del ciclo económico. Pragmatismo puro.

Sin reglas. Cristina expuso esta semana en Ginebra, durante la reunión de la OIT, la estrategia oficial para contrarrestar los efectos de la crisis internacional. Se resume en dos ejes. Primero, subsidios para mantener puestos de trabajo en peligro: el Ministerio de Trabajo paga hoy parte del salario de 85 mil trabajadores en empresas de distintos sectores. Segundo, estatización o asistencia oficial a empresas en dificultades.

Su disertación fue tan aplaudida como el discurso de Lula. Es una receta que responde al sentido común de época. Sin embargo, en Argentina la ausencia de reglas en la asignación de recursos públicos puede terminar por deslegitimar el rol del Estado.

Al margen de cualquier criterio objetivo de evaluación, hoy todo lo decide el dedo de Guillermo Moreno (o de Kirchner): ¿a qué empresa se rescata, a cuál se asiste, cuánto se le da y en qué condiciones? ¿Por qué se "estatizó" Massuh con un acuerdo muy favorable para el empresario papelero –quien incluso elogia la participación de Moreno– cuando existen denuncias de que la compañía fue víctima de un vaciamiento en tiempo récord? ¿Bajo qué regla se otorga, con fondos de la ANSES, un préstamo a la multinacional General Motors a tasas más convenientes que las que pagan empresas pymes nacionales a los bancos privados?

Más allá de los disfraces ideológicos, privatizaciones sin regulación estatal son garantía de beneficios privados costeados por la sociedad. Lo mismo puede ocurrir con estatizaciones sin proyectos, capacidad de gestión profesional, ni control parlamentario.

Clima. En el tradicional almuerzo mensual de 20 economistas de diversas vertientes –que tuvo lugar la semana pasada– casi todos coincidieron en que durante mayo-junio la recesión habría tocado fondo. Y que el clima financiero internacional vuelve a ser inmejorable para el país. El dólar se desinfla en Brasil (llegó a 2,50 en diciembre y hoy cotiza debajo de los 2 reales). La soja ronda los u$s 450 la tonelada, casi 50% más que a principios de año. Mientras que el Banco Central acompañó gradualmente una suba del tipo de cambio de más de 20% en un año. Todavía hay dolarización de ahorros. Los dólares sobrantes de la balanza comercial –gracias al brutal ajuste de las importaciones– superan a los que se fugan al exterior o a cajas de seguridad.

En este contexto, la denuncia de Alfonso Prat-Gay de que después de las elecciones se prepara una devaluación abrupta es sólo una chicana –irresponsable– de campaña. Mientras Martín Redrado esté en el Central el dólar se deslizará sólo paulatinamente, acompañando la inflación. Tampoco tiene asidero la denuncia de Francisco de Narváez de que, en caso de triunfar, Kirchner confiscaría los depósitos bancarios. ¿Para qué? Si la mayoría de los depósitos está todavía en pesos y hoy no existen restricciones para que el Banco Central emita pesos.

Sin embargo, la duda que no lograron disipar los comensales es hasta dónde cayó la economía y cuál es la destrucción real de puestos de trabajo, aún en curso. Para el INDEC, nunca hubo recesión: durante el primer trimestre de 2009, el PBI creció 2 por ciento. ¿Cómo se explica entonces el derrumbe de las importaciones? ¿Ocurrió un proceso de sustitución de importaciones por producción local en tiempo récord?

Despidos. Según los registros de la AFIP, en marzo (último dato disponible), las empresas declararon 5.467.817 trabajadores en relación de dependencia como aportantes a la seguridad social. Son 134.454 trabajadores menos respecto de marzo de 2008. Esa comparación permite aislar cualquier estacionalidad en la declaración de "trabajadores dependientes". Frente al pico de empleo declarado a la AFIP el año pasado (en mayo), había en marzo último 406.870 empleados menos.

Desde el oficialismo dicen que el dato no significa que fueron despedidos sino que buena parte habría pasado a revistar como informales, porque ante la crisis las empresas recortan el pago de aportes. Es probable. Pero ¿cómo se explica entonces que, según el INDEC, el empleo en negro disminuyó un punto durante el primer trimestre de 2009, respecto de igual período de 2008, ubicándose en 36,4% de los ocupados?

Los expertos reconstruyen la siguiente historia sobre la evolución del empleo en el último año. Las empresas grandes acotaron el achique en su dotación de personal gracias a la asistencia de los subsidios salariales del Ministerio de Trabajo. Y también disfrazan las desvinculaciones bajo la forma de "retiros voluntarios", con lo cual subdeclaran los despidos. Sin embargo, la mayor parte del ajuste recayó en las pymes, y en los asalariados informales, trabajadores temporarios y contratados.

Así es fácil. Según el INDEC, en los últimos doce meses la inflación asciende a 5,5%, mientras que la canasta básica de alimentos muestra una deflación de -1,36%. Del otro lado, los salarios crecieron en promedio 24%. Si esos números fueran reales, Argentina sería un caso único en el mundo de distribución el ingreso en favor de los trabajadores. Pero lo más increíble es que, siempre para el INDEC, la mejora en los salarios en negro araña el ¡35%! ¿En medio del ajuste, los empleados en negro que preservaron el conchabo fueron a su vez beneficiados con un salariazo? Con la fórmula de Moreno es tan sencillo disminuir la pobreza que para qué perder el tiempo discutiendo subsidios universales a la niñez, como proponen algunos candidatos de la oposición.

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