Un discurso que puso distancia de la era Bush

Por: Oscar Raúl Cardoso

¿Es otra vez la era del "poder blando" de Estados Unidos en el mundo? Así lo sugirió ayer en su discurso inaugural el nuevo presidente de ese país, Barack Obama, aunque no haya mencionado el concepto de modo explícito, para establecer lo que fue una clara línea en la arena separando su gestión futura de los ocho años de George W. Bush.

No es poca cosa si uno piensa que hombres y mujeres con el mismo color de piel que el nuevo mandatario eran esclavos hace menos de 200 años y tenían negado el voto hace menos de cincuenta.

Conviene recordar qué es eso del "poder blando". En los años '90, el concepto fue utilizado por Joseph Nye, un académico y entonces subsecretario de Defensa en el gobierno de Bill Clinton, para explicar que ni las ojivas nucleares, ni los portaaviones, ni los tanques constituían el núcleo de la fuerza de Estados Unidos en el escenario internacional. En un breve pero influyente ensayo -titulado precisamente "El Poder Blando"- Nye expuso su visión del poder de su país en la atracción de su sistema político, el imán de su cultura y su liderazgo en casi toda rama de la ciencia, entre otras razones que no tenían que ver con su capacidad de destrucción. Evidentemente era una respuesta a los que criticaban a Clinton desde la derecha acusándolo de debilitar al país militarmente.

Conviene atender a las fórmulas retóricas en extremo cuidadosas que ayer empleó Obama. Debe haber sido duro para Bush escuchar de boca de su sucesor la noción según la cual "Estados Unidos está dispuesto a retomar el liderazgo" que -según el nuevo mandatario- el mundo le reclama. Implícitamente, dejó en claro que en estos ochos años ese liderazgo se había perdido o practicado de un modo inconveniente.

Lo mismo puede decirse cuando recordó que la solución de defender la democracia y la Constitución -los derechos individuales que ampara- no pasa por asumir las prácticas inhumanas que se le adjudican al enemigo. No es bueno resolver el problema del canibalismo comiéndose a los caníbales, pareció evocar.

Pero Obama estiró aún más en la historia la idea de un cambio para sus gobernados "porque el mundo ha cambiado y nosotros debemos hacerlo", dijo. Al recordar que ya no conviene preguntar si el Estado debe ser "grande o chico" sino interrogar "si cumple su cometido de modo eficiente", se mostró empeñado en clausurar el ciclo iniciado en 1980 con Ronald Reagan que impuso, en su país y en el mundo, la idea según la cual ese Estado era responsable de casi todos los males.

Pero aún más significativo es que haya dejado atrás, parcialmente al menos, el discurso de campaña, en el que prometía sólo tiempos mejores. A su modo, hizo un lugar para los inevitables sacrificios que vienen, una versión peculiar del "sangre, sudor y lágrimas" de Winston Churchill en los años de la Segunda Guerra Mundial. Obama asumió con un elevadísimo nivel de opinión pública favorable -casi el 80 por ciento, de acuerdo con lo que dicen los sondeos-, pero sabe lo suficiente de política como para usarlo de un modo cauto.

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