El discurso de la esperanza

Por Santiago Kovadloff

La orientación seguida por la discusión interpartidaria en curso ?asentada desde hace tiempo en la descalificación del adversario y no en el debate de propuestas? pone de manifiesto un entendimiento conceptualmente raquítico del país. Junto con ello, una incomprensión (que sería sorprendente si no fuera ofensiva) de las necesidades de la ciudadanía; una ciudadanía que, en todos sus niveles, exige mucho más de lo que se le ofrece.

Hemos perdido el olfato capaz de orientarnos hacia la contemporaneidad, aturdidos por la fuerza paralizante de una fragmentación interna que, con muy contados intervalos, ejerce su intendencia sobre nosotros desde los días de la lucha por la emancipación.

Lo he dicho en otra oportunidad: los problemas de la Argentina son graves, pero no son interesantes. Los problemas que revisten interés, sin dejar de ser acuciantes, son hijos del desarrollo, de la capacidad constante para renovar el horizonte temático de una sociedad, de la aptitud para modernizar el repertorio de sus preocupaciones. ¿Qué otra cosa es el progreso sino el resultado de una incesante innovación problemática?

No es éste el caso de nuestro país. Los problemas aún irresueltos de laArgentina se remontan al siglo XIX, y su efecto empobrecedor se hace sentir en la precariedad con que nos planteamos los desafíos del siglo XXI.

Quienes en su carácter de representantes de las distintas fuerzas políticas se disputan hoy la atención de la ciudadanía no lo hacen, salvo muy contados casos, sino para mantenerla cautiva en las redes de un abordaje siempre menor de cuestiones trascendentes: la justicia social, la educación, la seguridad, la salud, la muy requerida consistencia de nuestras instituciones.

La modalidad discursiva dominante privilegiada por esas dirigencias parecería agotarse en dos procedimientos preferenciales. Uno, como dije, es la descalificación perpetua del adversario, vocero irremediable del error y la mentira. El otro es un internismo asfixiante: pactos, alianzas, asociaciones, cuyos promotores e integrantes no se dirigen a la ciudadanía para explicarle qué buscan juntos, qué proyectos nacionales se proponen llevar a cabo mediante esos acuerdos que practican, qué ideas e ideales refuerzan al acoplarse. No, nada de eso. Prefieren referirse a la distribución de cargos eventuales, al lugar que quiere ocupar cada socio en el escalafón estelar, al capital generoso aportado por cada uno de ellos al fondo común.

La concepción del ciudadano implícita en cualquiera de estos dos procedimientos lo retrata como alguien que nada parece requerir más allá de lo que se le ofrece. Y se presume que se lo podrá conquistar haciéndole saber con quién se negocia y no qué se aspira a lograr para el país mediante esa negociación. Se lo quiere entretener, no se lo quiere educar.

Es cierto que los altos índices de pobreza, la escasa capacitación, la desocupación y la marginalidad social promueven el debilitamiento de los recursos subjetivos de buena parte del electorado. Pero aprovecharse de esa tragedia para prosperar en el consenso colectivo es un acto de miserabilidad moral. Acentúa brutalmente el atraso cívico en que vivimos.

Se incurre, no obstante, en un error de cálculo al presumir que la mayoría de la gente afectada por estos procedimientos está resignada a soportarlos. La subestimación del discernimiento ajeno es un acto de jactancia y de ceguera.

Es más que improbable que se logre remontar el desinterés público por lo que dicen los políticos sin tener en cuenta al menos tres de los factores que, en la Argentina de hoy, debilitan la esperanza cívica. El primero de esos factores es el hartazgo que ya despiertan las confrontaciones maniqueas, el menoscabo del disidente, la imposibilidad escandalosa de escucharse que manifiestan quienes, presuntamente, se reúnen para hablar.

El segundo de esos factores es el hecho de que aún sigue viva en la gente la sospecha de que la dirigencia política es una corporación de profesionales exclusivamente abocada a sus intereses sectoriales.

El tercer factor es una evidencia al alcance de todos. Muy buena parte de la opinión pública tiende a expresar su adhesión a figuras extrapartidarias, pero muy comprometidas con ideales éticos y cívicos capaces de suscitar entusiasmo, promover la emoción comunitaria y devolver credibilidad a la palabra. Son auténticos referentes sociales en los que la comunidad, huérfana de convicciones partidarias, busca realimentar su identidad. Dicho esto, es preciso advertir que este pronunciado vacío de expectativas con respecto a los partidos políticos daña en profundidad el sistema democrático.

Las constantes referencias a izquierdas y derechas en un marco conceptual y doctrinariamente tan empobrecido, errático y contradictorio como el actual, son realmente abusivas, por no decir patéticas. Mucho falta todavía para que en el país contemos con dos fuerzas partidarias sólidas, bien perfiladas, dignas de llamarse centroizquierda y centroderecha y capaces de alternarse en el poder sobre una base de políticas de Estado consensuadas y estables.

Los puntos señalados sugieren que el mensaje esperanzador que deben ser capaces de transmitir las agrupaciones políticas en un país renuente al compromiso partidario sólo resultará aceptable si tales agrupaciones empiezan por comprender por qué su orientación discursiva debilita fatalmente su credibilidad pública. La gente sólo se aparta de lo que escucha cuando no se le dice lo que necesita oír. Es que el frenesí "internista" y la degradación sistemática del adversario han terminado por hartar a una sociedad hambrienta de proyectos consistentes, de moderación expresiva, de políticas de Estado capaces de resolver los problemas que la abruman, como la seguridad y la equidad social; bienes, todos estos, que la retórica vigente opaca con su mediocridad, por más que insista en nombrarlos hasta el cansancio.

Para que una visión esperanzada del porvenir argentino gane los corazones hoy renuentes del electorado será preciso saber subrayar no sólo ni ante todo lo que debería hacerse, sino lo que se puede seguir haciendo porque ya se lo ha empezado a hacer. Hay que remitir a recursos ya existentes. En otros términos: el optimismo resulta plausible con respecto al porvenir cuando los hechos que lo inspiran se descubren como valores activos en el presente. O bien cuando en el presente resultan discernibles los indicios que anticipan y prefiguran ese futuro. Esa es, a mi ver, la gran tarea comunicativa que aguarda a quienes sean capaces de advertir cuál es la demanda social dominante formulada a la dirigencia política.

El discurso esperanzado sólo resulta verosímil si se hace eco de aptitudes espirituales y creadoras que, aún en forma latente, están vivas y resultan palpables en la sociedad; si se las subraya, si se las enfatiza, si se promueve su expansión y su creciente discernimiento. A diferencia del discurso demagógico que promete hacer realidad lo que aún no la tiene, el discurso esperanzado extrae su potencia persuasiva del reconocimiento que efectúa de energías reconocibles en la comunidad. El discurso esperanzado se inspira en lo existente, lo preserva, lo resguarda e invita a su desarrollo. Jamás se postula como demiurgo de lo que aún no hay.

En otros términos: hay en la Argentina un espacio político vacante. Lo ocuparán quienes sepan convocar a la convivencia y no a la exclusión. Lo ocuparán quienes sepan proceder como la mayoría de la gente quiere y necesita que proceda una auténtica dirigencia democrática: lejos del encono, con espíritu conciliador, en el indeclinable apego a la ley y el orden institucional, alejada del extremismo de quienes aspiran a hacer carrera mediante la siembra incesante de la confrontación, la apología del pensamiento propio en desmedro de toda disidencia y a favor de la idealización patológica del propio y presunto saber.

No conviene creer que es temprano para tratar de ocupar ese espacio político vacante. La semilla del fruto que deberá mostrarse maduro en tres años no puede sino empezar a sembrarse desde ya.

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