El discreto encanto de los que sueñan sobrevivir a los K

Por: Julio Blanck.

El problema de la generación intermedia suele ser que es nada. Ni veteranos de mil batallas ni jóvenes llenos de impulsos y sueños. Ni chicha ni limonada. El jamón del sandwich, cuando no el salame. La variante de ajuste. El furgón de cola. El último que se entera.

Pues bien: contra esa montaña de prejuicios y experiencias fallidas, un puñado de peronistas intermedios empezó a tejer con discreción un entramado que quizás, algún día, pueda escalar hacia el poder. Que es lo que buscan todos los que entran en este negocio.

Andan por los 40 pero empezaron temprano en este menester, porque -ya lo decía Alfonsín- una de las dos cosas que no se aprenden de grande es a hacer política.

Hace veinte años se ilusionaron con Cafiero y la renovación peronista; ya habían crecido cuando se alinearon con Menem; y empezaron a jugar fuerte bajo la comandancia de Duhalde. Hoy, algunos todavía se siguen diciendo kirchneristas, más por conveniencia que por convicción. Otros ya zarparon de ese puerto en el que pocos disfrutan y la mayoría es rigoreada. Y hay quien nunca fue kirchnerista, porque no lo dejaron. A todos los iguala la cautela en el movimiento de desmarque, porque nadie quiere probar (otra vez) el sabor del azote que Néstor maneja con maestría.

El martes último se juntaron para festejarle el cumpleaños 44 a Emilio Monzó, el ministro de Asuntos Agrarios que Daniel Scioli tuvo que echar porque a Néstor y a Cristina les daba acidez su buen diálogo con el campo. Vueltas de la vida, en la lista de invitados estaba Julián Domínguez, flamante ministro de Agricultura de Cristina. Llamó por teléfono pero ni apareció por el coqueto restorán italiano en la Recova de Posadas. Todos lo entendieron: asumía el día siguiente en la Casa Rosada y no quería que ninguna mancha le arruinara el momento.

Había medio centenar de legisladores, intendentes, funcionarios y dirigentes. Entre las caras conocidas, las más conocidas eran las de Sergio Massa, Juan Manuel Urtubey y Diego Santilli, promotores activos de la construcción generacional.

Massa no para un minuto. La noche siguiente anduvo repartiendo abrazos durante la presentación en sociedad de Vilma Martínez, la nueva embajadora de los Estados Unidos. Quiere ser gobernador y no lo oculta. Desde la intendencia de Tigre trabaja para eso con tanta intensidad como lo hacía desde la Jefatura de Gabinete. El último servicio que le hizo a Kirchner fue anotarse como candidato testimonial en junio. A pesar de la catástrofe en la Provincia, en su distrito ganó muy bien con su mujer, Malena Galmarini, como candidata. Néstor no se lo perdonará jamás, aunque entre ellos haya hoy una relación poblada de sonrisas mutuas en las que no se detecta un solo gramo de afecto genuino.

Urtubey, gobernador de Salta, viene agrandado. En junio ganó la elección nacional y el domingo pasado la local, sacándose de encima la sombra del peronismo histórico de Juan Carlos Romero. Figura en ascenso, anduvo cosechando felicitaciones estos días por Buenos Aires. Y afirmando cada vez más su perfil propio. Cuando Alberto Fernández creyó que se podía construir un kirchnerismo sin Kirchner pensó en él y en el chaqueño Jorge Capitanich para armar esa sucesión. Urtubey sigue jugando ese juego, aunque Capitanich de golpe se volvió más kirchnerista que antes. Quizás piense que por ese camino pueda ser bendecido por el matrimonio gobernante para la candidatura mayor en 2011. Como si Néstor y Cristina fueran tan generosos.

Santilli preside la Legislatura porteña desde que Gabriela Michetti fue forzada a hacerse diputada. Tiene destino de ministro de Macri después de diciembre y pretensión de ir por más en 2011. Pero su corazón es peronista y le gusta jugar con los disidentes, los periféricos o los librepensadores, cualquier cosa menos el kirchnerismo puro y duro. El tipo tiene velocidad de Fórmula Uno: como esta semana Macri anduvo de viaje y él quedó a cargo del Gobierno, armó una reunión para la foto con el socialista santafesino Hermes Binner y con Urtubey, los dos que venían de ganar el domingo.

Santilli y Urtubey, que hace rato son buenos amigos, y también Massa, que rosquea con ellos, volvieron a reunirse después en otra cena. Fue en la casa de un banquero top, que de la boca para afuera es muy kirchnerista y en privado dice cosas muy feas del matrimonio.

El banquero es un tanto mayor que los muchachos de la generación intermedia. Pero ya se sabe: la ambición iguala.

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