El discreto encanto de lo práctico.

Por: Miguel Bonasso.

El jefe de Gabinete, Sergio Massa, deslizó una interesante confesión: "Me parece que este gobierno es práctico". ¿Qué significa el vocablo “práctico” en boca de este joven funcionario que se asomó a la política en la UCD?.

En una larga entrevista que le hizo La Nación el domingo pasado, el jefe de Gabinete, Sergio Massa, deslizó una interesante confesión, que no fue debidamente valorada por los analistas políticos. Cuando le preguntaron: “¿Éste es un gobierno progresista?”, respondió: “Me parece que este gobierno es práctico…”.

¿Qué significa el vocablo “práctico” en boca de este joven funcionario que se asomó a la política en la UCD? ¿Es sinónimo de aquella palabreja “pragmático” que estaba de moda en los años de Menem?

Es un interrogante que dispara muchas otras preguntas, pero aporta prima facie una respuesta inequívoca: no es progresista. O, en el mejor de los casos, es “progresista” cuando resulta “práctico” serlo. Y cuando no resulta práctico es otra cosa, cualquier cosa que permita resolver “las circunstancias que va afrontando”. Otra interesante revelación que viene a comprobar lo que muchos hemos repetido hasta el cansancio: no hay plan sino reacciones circunstanciales.

Importantes definiciones de un funcionario importante que deberían desalentar a quienes insisten en afirmar que no hay progresismo posible sin la participación protagónica del kirchnerismo. Salvo que resuciten la añeja teoría del cerco y pretendan que Massa forma parte de un “entorno” negativo, pero Cristina y Néstor Kirchner piensan distinto.

Lo ocurrido en este año cristino del proyecto K puede ayudarnos a desentrañar cuáles son las acepciones de la palabra “práctico” en el María Moliner del gobierno.

Ante la disyuntiva entre propiciar una gran coalición democrática y popular o presidir la vieja maquinaria corporativa del PJ, Kirchner eligió ser “práctico” y ponerse al frente de la liga de gobernadores e intendentes. La decisión ya produjo, en el cortísimo plazo, efectos políticos deletéreos, como la incorporación estelar de Aldo Rico a las filas de un oficialismo que tuvo a los derechos humanos como nave insignia de la gestión.

En una de sus “prácticas” respuestas a La Nación, el jefe de Gabinete explica muy bien esa relación entre causa y efecto: “Rico es parte del partido del cual nosotros somos parte”.

También es parte de ese partido el gobernador de San Juan, José Luis Gioja, un sólido promotor de los intereses mineros trasnacionales, que jugó un papel decisivo en el veto de la presidenta Cristina Fernández de Kirchner a la ley de protección a los glaciares.

Desgraciadamente no es un caso único: la lógica pejotista privilegia los intereses “prácticos” de sus dirigentes en desmedro del interés general. Así, un gobierno que declama su preocupación por la preservación ambiental y los recursos naturales, nombra como secretario de Ambiente y Desarrollo Sustentable de la Nación, a Homero Bibiloni, un abogado vinculado con los intendentes del conurbano bonaerense y con la defensa jurídica de la empresa Diacrom, acusada de contaminar con cromo las napas de Carapachay, lo que provocó cáncer a por lo menos 19 vecinos, de los cuales 16 ya murieron.

Cuando Bibiloni se hizo cargo de la Secretaría, el 4 de diciembre último, la Ley de Bosques ya llevaba un año y seis días sin ser reglamentada por el Poder Ejecutivo. En ese momento la cesanteada antecesora de Bibiloni, Romina Picolotti, me informó oficiosamente que el decreto reglamentario estaba varado en una oficina del Ministerio de Economía. En vez de avanzar en su reglamentación, el ambientalista práctico Bibiloni, dijo que debía consultar el tema con el Cofema (Consejo Federal del Medio Ambiente), una medida práctica que transfiere la postergada (e ilegal) demora a las calendas griegas.

El Cofema está presidido por otro ambientalista práctico, Julio Nasser, ministro de Ambiente de la provincia de Salta, gobernada por otro “compañero” del PJ, Juan Manuel Urtubey.

Nasser despidió hace unos meses a la ambientalista no práctica Catalina Buliubasich, que se oponía a los desmontes ilegales. Urtubey, a pesar de las promesas de campaña, acaba de promulgar una ley de ordenamiento territorial, votada por los “compañeros” de la legislatura provincial, que autoriza el desmonte de un millón seiscientas mil hectáreas, lo que seguramente propiciará la muy “práctica” desertificación de la provincia.

Ante la crisis global, la practicidad del gobierno se evidenció en un paquete de medidas anunciadas con bombos y platillos, que dejaron hasta ahora un saldo efectivo bastante magro. El plan de obras públicas, presentado como un tardío homenaje a John Maynard Keynes, estaba referido en un 80 por ciento a obras ya decididas con anterioridad. Tampoco resultó muy eficaz hasta el momento lo que podríamos llamar el “Plan Garbarino” de compra de electrodomésticos, ni el que promueve el ascenso social hacia el cero kilómetro.

Puede rescatarse, en cambio, la eliminación de la tablita de Machinea, sin dejar de asentar que sólo beneficia al 3 por ciento más alto del universo asalariado.

Es una lástima que esa iniciativa de ley, aprobada en forma unánime por el Congreso, haya venido acompañada por la propuesta “práctica” del blanqueo de capitales, que premia a los evasores y a los que fugaron su dinero del país.

La practicidad que promueve el jefe de Gabinete se manifestó también en señales muy claras hacia el establishment, como los anuncios de pago cash al Club de París o el rescate de los “holdouts”, que no llegaron a concretarse y fueron archivados en silencio ante la constatación de que iba a hacer falta mucha guita para atender simultáneamente la crisis y el pago de la deuda eterna.

Más allá de la discusión semántica entre “prácticos” y “progresistas”, me interesa definir los contenidos concretos, los que hacen al sufrimiento o la felicidad de nuestros compatriotas.

Sería deshonesto cargar a este Gobierno, que hizo cosas buenas, con males que vienen de arrastre, pero se torna ineludible señalarle sus responsabilidades actuales.

No es justificable que haya hambre en la pradera más fértil de la Tierra; que la gente viaje como ganado en trenes groseramente subsidiados; que la inflación disimulada devore el salario; que la miseria, el desamparo, el delito y la muerte sean el único destino posible para enormes porciones de nuestra infancia y nuestra juventud; que nuestro porvenir económico sea aquella Bolivia de “los barones del estaño”; que la codicia destruya glaciares, bosques, animales y seres humanos. Tuve la suerte de crecer en el país menos desigual de América Latina. No quiero una Argentina “práctica” para pocos, sino una Argentina para todos.

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