¿Diputado o jefe de Gabinete?, el dilema que desvelaría a Kirchner

Por: Eduardo van der Kooy

No existe un trance más dificil y traumático para un político que sólo ama el poder que carecer de ese poder. Puede ser el trance que esté viviendo ahora mismo Néstor Kirchner luego de la dolorosa derrota electoral del domingo.

No existe un trance más dificil y traumático para un político que sólo ama el poder que carecer de ese poder. Puede ser el trance que esté viviendo ahora mismo Néstor Kirchner luego de la dolorosa derrota electoral del domingo.

Esa derrota lo obligó de inmediato a dar un paso al costado en la conducción del peronismo. Esa fue, hasta hace pocas horas su verdadera herramienta de poder que, incluso, le permitió hacer y deshacer en el Gobierno de su esposa, Cristina Fernández. Kirchner asumía en cada decisión la representación del partido.

La derrota casi lo vació de predicamento, pero el ex presidente tampoco resolvió renunciar para acogerse a la jubilación. Dejó a cargo del PJ al vicepresidente primero en la estructura formal pero dejó, sobre todo, a un hombre de su confianza política. Ese hombre es Daniel Scioli.

Antes de que el peronismo pudiera rebelarse frente al desastre electoral al que condujo su ex líder, Kirchner supo con aquella hábil decisión construir una espesa cortina de humo. De hecho, ningún gobernador se animó a endilgarle todavía públicamente la derrota. Scioli es una figura respetada y querida en el PJ, pero también carga con el lastre sucedido en Buenos Aires. Un sacrilegio para cualquier peronista de raza.

El éxito de la nueva tarea encomendada al gobernador de Buenos Aires -rehacer un PJ desperdigado- dependerá mucho de la distancia política que pueda o sepa tomar con el ex presidente. Esa es la mayor sospecha o la mayor duda que embarga a los mandatarios del partido oficial en el del interior.

El quiebre de la relación con el PJ, precisamente, es el que estaría conduciendo al propio Kirchner a reconsiderar aspectos sobre su futuro político inmediato. La experiencia de su encierro en Olivos desde que convirtió a Cristina en Presidenta tuvo el domingo un epílogo fatal. De nada sirvió su administración en las sombras para cambiar el malhumor social respecto del Gobierno. Al contrario, su injerencia desdibujó a Cristina, la empujó cometer infinidad de errores y terminó acentuando el rechazo popular.

Varios hombres que conocen desde siempre al ex presidente explican que aquella injerencia, estando alejado geográficamente del poder, le fue dañando la sensibilidad política que tuvo en los cuatro años de presidente. Siempre se recuerda su reacción atinada frente al efímero fenómeno que representó Juan Carlos Blumberg o la lectura correcta y rápida que hizo de aquella derrota electoral en Misiones, originada en la pretensión de reelecciones indefinidas.

Frente al conflicto con el campo exhibió un comportamiento antagónico. Dispuso de varias oportunidades para solucionar o, al menos, esterilizar el pleito. Dejó pasar cada una de ellas. Para los conocedores ocurrieron dos cosas simultáneas: su distanciamiento de la gestión cotidiana le hizo perder perspectiva; quiso resolver un tema que estudió de apuro sobre una base equivocada. La realidad del campo patagónico tiene poco que ver con la de otras vastas regiones del país.

Kirchner repitió el domingo después de la derrota que su misión será ayudar a la gobernabilidad. Fortalecer la gestión de Cristina. ¿Será la banca de Diputados el lugar apto para cumplir el objetivo?

Kirchner tiene, bien y mal, pasta de administrador, pasta de ejecutivo, no de parlamentario. El Congreso suele ser un ámbito de prolongadas deliberaciones, de diálogos y reuniones incesantes. Muchas veces trascendentes y muchas que terminan diluyéndose en la nada. Donde se abordan además cuestiones técnicas y específicas. Como le agradaba a Cristina, como difícilmente le agrade a Kirchner.

El ex presidente tiene la intención de ejercer allí un liderazgo para ayudar, al menos desde el PJ, a la gestión de la Presidenta. Pero ¿quién le garantiza ese liderazgo entre miembros de un partido al cual acaba de conducir a una derrota? Es cierto que puede llevar como pergamino su condición de ex presidente. Pero no siempre alcanza. Lo podría explicar Carlos Menem, con un tiempo de baqueta en el Senado.

Con ese panorama, el destino final de Kirchner, quizá, podría ser otro. Cristina no tiene pensado hacer cambios de Gabinete hasta diciembre, cuando se inicie un nuevo tiempo político en el Congreso. La realidad podría alterar sus previsiones. Pero es seguro que en el último mes del año la Jefatura de Gabinete quedará vacante.

Sergio Massa, al actual jefe, fue electo diputado bonaerense. Se verá si asume. Si no lo hace regresaría a su feudo, la intendencia de Tigre.

La Jefatura de Gabinete es un espacio muy ligado a la administración. Pero también, si existe voluntad, una usina de generación política. Kirchner tuvo esa voluntad muchos años con Alberto Fernández. Esa voluntad la tuvo menos Cristina porque su soporte político, en los hechos, residía en Olivos.

¿No sería el retorno de Kirchner a un lugar preponderante de poder una posible solución al doble comando o a sus movimientos en las sombras? ¿No lo sería además para su situación política y personal?.

No parece esa, tal vez, la salida política más decorosa. Pero el decoro no suele ser un impedimento en la Argentina. Quedan menos de seis meses para que se devele el enigma.

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