Dinamarca Iguana

Por Martín Caparrós.

La campaña electoral ya está en el aire; charlo con amigos, pregunto, escucho, y me parece que a casi todos les pesa pensar en votar. A mí sin duda me pesa pensar en votar a estos muchachos.

Las elecciones nos rompen las pelotas. La campaña electoral ya está en el aire; charlo con amigos, pregunto, escucho, y me parece que a casi todos les pesa pensar en votar. A mí sin duda me pesa pensar en votar a estos muchachos. Las elecciones nos rompen las pelotas y al fondo se oye todo el tiempo lo mismo. Que tal se peleó con cual y se arregló con Pepe, por lo cual Sorasha no se va a aliar con Carlos Pedro. Que el gobierno truchó el mecanismo adelantando la fecha para no perder tantos votos, presentando candidatos que no se candidatean pero la justicia convalida, amenazando con el abismo si no lo votamos de a uno en fondo, ocultando que aunque lo votemos la crisis económica postelectoral –cuando ya no puedan seguir tapando el sol con la mano– va a ser tremebunda pero entonces a llorar a la iglesia. Que el pobre Scioli tuvo que presentarse aunque no quería, porque es un hombre débil y no puede decir que no. Que el PRO y sus aliados más o menos peronistas se pelean y que no consiguen decir qué los une, salvo la papa en la boca. Que el señor de Narváez no para de venderse en cuanto spot partido espectáculo programa hay en el mundo y sus alrededores. Que la señorita Michetti prometió que iba a trabajar cuatro años de vicejefa y ya renunció y que de todas formas tampoco trabajaba tanto cuando trabajaba. Que los gobernadores peronistas –y su rey ubú lomense– ya están sacándose los ojos y todo lo demás para ver quién se queda con el paquete en 2011. Que el gran mudo argentino sigue pensando que si se calla un par de años más y no ve nada mientras, si se hace bien el tonto, capaz que sube al podio. Que las encuestas dicen que Kirchner "mide" un poco menos que fulano y algo más que mengana pero casi como perengano y que zutana no tiene chances a menos que garcía: nombres, nombres, anécdotas, pelotudeces que hemos escuchado cientos de veces y que sólo pueden, en el mejor de los casos, repetirse. Ni una idea, ni un debate, ni un programa y, para disimular su ausencia, el espectáculo repetido de la politiquería patria actual y sus dos grandes grupos: los que dicen que hacen lo que no hacen, los que no dicen que hacen lo que hacen; los oradores progres que aumentan la pobreza, los gerentes conservas que hablan de solidaridad. Los que tienen algún poder –posición, plata– lo usan para seguir teniéndolo: el uso más primario y más inútil, el que hace que la política se haya convertido en mala palabra. No sé si alguien quiere convencernos de que votar y no votar da lo mismo, de que votar a equis o menos equis da lo mismo, de que todo es un show gratuito y aburrido –no lo creo, porque no son tan maquiavélicos, tan inteligentes– pero, si quisieran, no lo podrían hacer mejor.

Las elecciones nos molestan porque son una puesta en escena cruel, descarnada, de nuestra mediocridad, nuestras incapacidades: si tenemos estas opciones –si las opciones que tenemos son éstas– la culpa es toda nuestra, somos nosotros los que no supimos conseguir otra cosa, preparar otra cosa, organizar otra cosa, merecernos otra. Aunque quizás –además– este sistema electoral sirva para que las opciones que lo hegemonizan nunca sean opciones.

"Por algo las llaman urnas", dijo, hace mucho tiempo, el anarquista español Buenaventura Durruti. Y también me acuerdo de otro chiste: es un poco pavo pero por suerte ya lo conté hace quince años. Eso es lo que más me impresiona: que quince años después pueda contarlo de nuevo, en circunstancias parecidas, tan pocas diferencias; en algún punto usted y yo, mi querido, hemos perdido el tiempo. "El chiste consiste en pedirle al otro –a usted– que piense un número del 1 al 10, lo multiplique por 9, sume los dos términos del producto y le reste 5 al resultado. Que calcule a qué letra del alfabeto corresponde ese número –sin contar la che ni la elle– y que piense, con esa letra, el nombre de un país. Que no lo diga y que busque, con la segunda letra del país, un animal. Hágalo, si se encuentra cenicero de moto.

–Espere, espere un momentito, no me atosigueis.

–No, tómese todo el tiempo que se le dé la gana. Total, a quién le importa.

Si lo hizo, si se prestó a manipulación tan baladí, le apuesto a que acaba de decir, como todos, Dinamarca Iguana. El truco empieza fácil: la cuenta siempre le va a dar cuatro –fijese, intente variantes– o sea: D. Después el mecanismo se pone más turrito: funciona porque nadie supone que debería ser especialmente original –cree que los nombres pedidos son funcionales, que sirven para un paso siguiente. Y las otras opciones de países con D –Djibuti, Dominica, Disneylandia– son rebuscadas. Habría que pensar un momento y, sobre todo: habría que creer que pensar vale la pena. Es más fácil aceptar que las opciones son limitadas y simular que uno elige. Entonces dice Dinamarca y después, con la I, le sale Iguana. Y termina mostrando lo fácil que es dejarse manejar."

Aquí estamos de vuelta: a fines de junio nos van a pedir que elijamos un número, lo multipliquemos por 9, sumemos los dos términos del producto, le restemos 5. Y nosotros, como somos alumnos aplicados, vamos a decir, a coro, Dinamarca Iguana. O quizás nos pongamos rebeldes, guachos tiernos, y gritemos Iguana Dinamarca. Algunos se van a reír mucho: sería bueno tener claro quiénes son.

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