Dilemas

Por: Maximiliano Montenegro.

La inflación condiciona todas las decisiones que tome en el futuro la dupla Marcó del Pont-Boudou. El debate de la Carta Orgánica en el plano simbólico. Un cavallista es clave en el armado de Néstor para aprobar el Fondo del Bicentenario en el Congreso.

Más allá del interesante debate sobre la autonomía del Banco Central, que con un noble sentido testimonial el kirchnerismo ofrece a la sociedad en esta etapa superior del "modelo productivo", hay un dato que ningún gobierno democrático –peronista, radical o socialista– debería soslayar. Mercedes Marcó del Pont (que con o sin reforma de la Carta Orgánica se espera reciba órdenes de Olivos y coordine políticas con Boudou) asume la conducción del Central en un año en que los precios minoristas proyectan un piso de 20%, con una inflación de alimentos cercana al 30% anual. No es muy progre convalidar semejante salto de precios. Ni sustentable como estrategia política, porque las remarcaciones perforan el bolsillo de los sectores sociales que constituyen la base electoral del Gobierno, como se vio el 28 de junio pasado. (Menos progre todavía es "ocultar a la sociedad" esos datos, pero ése es tema trillado).

La dinámica inflacionaria conlleva un alto costo social. Diluiría la mejora de los 180 pesos por hijo del subsidio a la niñez, que a fin de año equivaldrían sólo a 126 pesos. O dejaría a 4 millones de jubilados que en marzo recibirán un aumento de sólo 7% muy rezagados en la puja distributiva. Lo mismo sucedería con el 40% de los trabajadores en negro –buena parte en la pobreza o apenas sobre la línea– que (salvo para el INDEC) no tienen chances de proteger su poder adquisitivo con mejoras equivalentes en sus ingresos.

"De ahora en más habrá que sofisticar mucho la política económica", admite un funcionario del equipo económico. Y reconoce que "será necesario sintonía fina para lograr que converjan algunas variables clave: inflación, empleo, tasa de interés y tasa de devaluación".

Algunos de los dilemas que enfrentarán Mercedes y Boudou a la ahora de coordinar los pasos a seguir:

• Dólar como ancla nominal. Clavar el dólar alrededor de la cotización actual o incluso dejarlo bajar durante la primera parte del año –aprovechando la mayor liquidación de exportaciones o incluso por ingresos financieros si resultara exitoso el canje de deuda en marzo– sería un antídoto para moderar la estampida de precios de los alimentos. "Serviría para desacelerar la inflación, pero no cierra a corto plazo desde lo fiscal: perdés recaudación por retenciones y parte de IVA por el impuesto inflacionario. A mediano plazo, también perdés empleos", dice el funcionario del Palacio de Hacienda.

• Acumular reservas. Comprar reservas para sostener un tipo de cambio elevado tampoco es sencillo en un régimen de alta inflación. Si el Central no retirara de circulación parte de los pesos que imprime para comprar los dólares, la presión inflacionaria sería aún mayor. A su vez, "esterilizar" esos pesos, emitiendo bonos –como hacía Redrado con las Lebacs–, crea un atractivo negocio para los bancos, pero conspira contra el objetivo de bajar las tasas de interés.

• Tasas voladoras. Por supuesto, se podrían fijar tasas máximas para ciertos tipos de créditos, regulaciones que existen en países como Colombia, y en los últimos tiempos también en Estados Unidos. Y establecer mecanismos para achicar la sorprendente disparidad de tasas entre entidades de primera línea. También hay espacio para promover los créditos a la inversión –liberando encajes y/o con subsidios estatales–. Pero la propia inflación –y la dolarización de carteras de los últimos tres años– les fija un piso a las tasas de interés –el precio de confiar en el peso– de todo el sistema. ¿Por qué un ahorrista renovaría un depósito en pesos a una tasa inferior al 9 o 10%? Si se pierde mucho frente a la inflación, la alternativa clásica en Argentina es ahorrar en dólares.

Cerca de Boudou creen que lo ideal sería devaluar la mitad de la inflación: si la inflación fuera del 20%, el dólar debería subir sólo 10%; es decir, ubicarse en 4,20/4,30 a fin de año. Así el tipo de cambio actuaría parcialmente como ancla nominal de precios, sin erosionar las cuentas fiscales. También preservaría parcialmente la competitividad, teniendo en cuenta que, tras la apreciación del real en la segunda mitad de 2009, Brasil empezó en el último mes un sendero de devaluaciones; y que el precio de la soja descendió 10% en lo que va del año.

Sin embargo, esa política de "sintonía fina" no es sencilla cuando ni siquiera existen índices oficiales confiables de precios; y las expectativas de inflación superan, siempre, la realidad.

No faltan dólares. Todos los dilemas anteriores suponen un escenario en que no faltan dólares. Con una cosecha de granos esperada 50% mayor, el excedente comercial estimado para este año rondaría los u$s 15.000 millones. La duda es si los dólares que entrarán por la ventanilla del comercio exterior huirán, como en los últimos tres años, por la ventanilla financiera al colchón, cajas de seguridad y/o a cuentas en el exterior. O si esos fondos financiarán inversión y consumo –como en 2005/2006–, apuntalando la reactivación.

La oferta de divisas sería bastante mayor incluso si se concretara con éxito el canje de deuda y regresaran dólares financieros al país. En ese caso, en la visión oficial, el dilema sería como evitar una apreciación del peso.

Sin embargo, todo dependerá de la demanda. Las nuevas turbulencias en el mercado financiero internacional y el absurdo costo político que pagó el Gobierno con el affaire Redrado, avivaron en la última semana la fuga de grandes y pequeños inversores.

A la Carta. "Es misión primaria y fundamental del BCRA preservar el valor de la moneda", dice la actual Carta Orgánica, aprobada a instancias del dúo Menem/Cavallo en el 92. "Es misión primaria y fundamental del BCRA preservar el valor de la moneda... de un modo consistente con las políticas orientadas a sostener un alto nivel de actividad y asegurar el máximo empleo de los recursos humanos y materiales disponibles, en un contexto de expansión sustentable de la economía", agrega el proyecto de ley que presentó, sin suerte, Mercedes hace dos años, cuando el oficialismo contaba con una cómoda mayoría en ambas Cámaras. Ese valioso aporte filosófico se asemeja al texto de la Carta Orgánica de la Reserva Federal norteamericana.

En otro párrafo, el proyecto destaca que "en la formulación y ejecución de las políticas monetaria, financiera y cambiaria el Banco coordinará su cometido con el Poder Ejecutivo". Pero respeta la autonomía formal de la autoridad monetaria: "… El Banco coordinara su cometido con el Poder Ejecutivo… sin estar sujeto a órdenes, indicaciones o instrucciones de este último respecto del manejo de los instrumentos de su competencia".

Es difícil entender qué ganaría el Gobierno si avanzara en marzo con la modificación de la Carta Orgánica propuesta por Marcó del Pont. Tal vez la apuesta del kirchnerismo sea atender "al plano de lo político-simbólico, con la importancia que ha tenido y tiene este nivel de la realidad en el reciente proceso de reconstrucción de nuestra economía y nuestras instituciones", como explica Mercedes en los fundamentos.

El concepto de autonomía del Banco Central, presente en casi todos los bancos centrales modernos, se basa en transmitir a la sociedad la idea de que quien ejecuta el gasto público no es el mismo funcionario que emite billetes.

Obviamente, en tiempos de crisis, esa ficción no se cumple, ni siquiera en Estados Unidos. Ya durante la crisis del tequila, en el 95, debió relajarse la CO menemista para que el Central funcionara como prestamista de última instancia de bancos en problemas. Y en 2002/2003 volvió a modificarse para autorizar la financiación parcial del Tesoro a través de los llamados "adelantos transitorios".

¿Cuál es el rédito entonces de terminar con esa ficción, justo después de tres años de fuga del peso? ¿Es sólo cuestión de librar, después de 6 años en el poder, otra batalla testimonial contra el fantasma del neoliberalismo en el "plano político-simbólico"?

Boudou es más práctico. Y mira con atención el artículo 20 de la Carta Orgánica –modificada por Duhalde– que establece el límite de los "adelantos transitorios" que el Central puede realizar al Tesoro. Flexibilizar los límites de este artículo sería otro camino para acceder a financiamiento barato en el plano contante y sonante.

Bicentenario. Con razón, la oposición dice que el Fondo del Bicentenario debería discutirse en el Congreso junto con un nuevo Presupuesto 2010. El Presupuesto aprobado a fines del año pasado es un dibujo por donde se lo mire. Por ejemplo, no contempla el subsidio de la niñez, anunciado con posterioridad. Y prevé un aumento del gasto público de sólo 12%, cuando las erogaciones crecen a un ritmo de casi el 30% anual. Si se cumpliera esa pauta presupuestaria, Cristina debería aplicar un monumental ajuste fiscal a lo largo del año.

Sin embargo, la apuesta de la Rosada es ratificar el DNU del Fondo del Bicentenario en el Senado (con la aprobación de una Cámara alcanza), con el respaldo de los gobernadores. El secretario de Hacienda, Juan Carlos Pezoa, trabaja contrarreloj en un plan de cancelación de deudas provinciales (contra ATN no transferidos por la Nación) para sumar voluntades en esa votación clave. Pezoa era el hombre de confianza de Cavallo para abrir y cerrar el grifo de recursos a los gobernadores. Hoy desempeña la misma tarea a las órdenes de Néstor.

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