El dilema del poskirchnerismo

Por Mariano Grondona

La palabra latina post significa "detrás de" o, como vamos a usarla aquí, "después de", por ejemplo, en la composición de la palabra "postre", que alude al plato complementario, por lo general dulce, que viene después del plato principal. Supongamos, sin embargo, que los comensales invitados a un banquete, si bien saben que habrá postre, aún ignoran en qué consistirá, y que, por lo tanto, saben y no saben a la vez lo que significará para ellos "post". Esto es lo que nos pasa a los argentinos de cara al poskirchnerismo.

Cuando en un análisis histórico conocemos lo que vino después de una época determinada, ya no le anteponemos "pos-" porque podemos darle la precisión de un nombre.

No denominamos a la época del Renacimiento "posmedieval", porque conocemos el desarrollo de esos maravillosos siglos XIV al XVI, durante los cuales la cultura europea floreció bajo el impulso del Renacimiento -de ahí su nombre- de la tradición grecorromana.

Utilizamos el prefijo "pos-", en cambio, cuando, aunque ya sabemos que amanece una nueva época, no podemos ponerle un nombre preciso porque todavía ignoramos cuál será su argumento. "Post" alude, en estos casos, a una certeza acompañada por una incertidumbre: la certeza de que amanece y la incertidumbre acerca de lo que traerá el nuevo día que apenas asoma detrás de tímidas nubes.

A estos indecisos amaneceres los llamamos "post". ¿En qué se transformarán en pleno día? Todavía no lo sabemos. Todavía no le hemos ofrecido una clara definición, por ejemplo, al tiempo que sigue a los tiempos modernos, y por eso lo llamamos vagamente "posmoderno". De él sabemos que ha venido después de la Edad Moderna, y de esta edad ya conocemos la revolución científica, tecnológica y política que acarreó consigo; sus inventos, sus descubrimientos, sus revoluciones y sus guerras.

Sabemos todo lo bueno y lo malo que nos trajo la modernidad pero, como estamos inseguros de lo que la sucederá, la llamamos provisional, tentativamente, "la posmodernidad".

Algo similar nos pasa a los argentinos con el poskirchnerismo. Sentimos que el período de crecimiento económico y despotismo político que acompañó a Néstor Kirchner desde 2003 se está agotando. Pero ignoramos todavía tanto la fecha exacta de su extinción como el contenido concreto del período que lo reemplazará.

¿El poskirchnerismo nacerá acaso en este año electoral de 2009 o sólo irrumpirá en los comicios presidenciales de 2011? Pocos creen que el poder de Néstor Kirchner pueda perdurar más allá de esta última fecha, pero la incertidumbre también tiene un límite, porque, a la inversa de nuestras dudas acerca de la posmodernidad, cuyo inmenso contorno nos excede, los argentinos podemos hacer algo, quizá mucho, acerca del poskirchnerismo, no tanto para acelerarlo como para conformarlo, para darle forma, convirtiéndolo en un nuevo episodio fallido, como fue la Alianza a partir de 1999, o llevándolo, al contrario, al umbral de la historia grande, emulando, en este caso, a la generación alberdiana de 1853.

La idea inicial de un libro con este tema que presento al lector nació junto con un artículo que publiqué en LA NACION, el 2 de noviembre de 2008, con el título de Una introduccción básica al poskirchnerismo . Al escribirlo, partí de la premisa de que, a lo largo de sus doscientos años de historia, la Argentina conoció tres instancias en las cuales todo el poder se concentró en un solo hombre: entre 1829 y 1852, Juan Manuel de Rosas; entre 1945 y 1955, Juan Domingo Perón y, de 2003 hasta ahora, Néstor Kirchner.

Por supuesto, aún no sabemos cuál será el contenido concreto del poskirchnerismo, pero ya sabemos, en cambio, lo que pasó después de Rosas y después de Perón. La Argentina que sobrevivió a Rosas fue un éxito tan largo como extraordinario, porque nos dio un sistema político republicano y, finalmente, democrático y un desarrollo económico sin par hasta su insensata interrupción en el golpe militar de 1930, nada menos que 78 años después.

La Argentina que sobrevivió a Perón fue, al contrario, un fracaso cuyas sombras se han prolongado hasta ahora. ¿Por qué este dramático contraste? Porque después de Rosas vino lo que podríamos llamar el transrosismo, que dio a luz un nuevo proyecto nacional, encarnado en una nueva Constitución, mientras lo que vino después de Perón fue apenas la breve e incierta prolongación del antiperonismo, cuyo ciclo el propio Perón se encargaría de cerrar en 1973, cuando, al abrazarse con Balbín, intentó enterrar sin conseguirlo el odio entre los argentinos que había resucitado en los fatídicos años setenta, con los montoneros en una trinchera y los militares en la otra.

Esta dura comprobación explica lo que he querido hacer en el libro, en el que me pregunto si a los argentinos de hoy nos será posible emular a los fundadores alberdianos que nos dieron desarrollo político y económico durante casi ochenta años o si recaeremos, más que en un único fracaso, en uno más de los doce fracasos sucesivos que han congelado nuestro desarrollo desde 1930 hasta 2009, por otros ochenta años.

¿Será, entonces, el período que asoma detrás de Kirchner un tiempo verdaderamente nuevo o una triste reiteración de los anteriores?

Precisando esta pregunta, después del previsible ocaso de Kirchner, ¿daremos un precario nacimiento a un poskirchnerismo que apenas será una prolongación necesariamente breve del "antikirchnerismo", que podría triunfar sólo precariamente sobre el déspota actual, o acometeremos, al contrario, la epopeya de lanzar un nuevo sistema que brinde a la Argentina una larga etapa de éxito institucional y económico comparable a la del "transrosismo? El poskirchnerismo que viene, en suma, ¿podrá escalar la empinada cuesta que lleva al "transkirchnerismo"?

En el curso de este ensayo he procurado explorar no sólo las avenidas, sino también los pasos de montaña del poskirchnerismo. Confío en que este esfuerzo, que creo honesto, pero insuficiente, anime a otros a profundizarlo, porque la tarea que los aspirantes al "transkirchnerismo" tenemos por delante no podría ser la obra de una o de varias plumas, sino de una entera generación. Alberdi nos inspira, pero no está entre nosotros. ¿Seremos capaces de sumar entre todos un "Alberdi colectivo"? ¿Podremos emular, en el terreno político, la hazaña que viene de consumar Mercedes Sahores al ser la primera argentina en escalar el Everest?

Al intentar su hazaña, Mercedes quizá pensó en algún momento que su empeño la excedía. El principal escollo que podríamos encontrar los argentinos de mi generación, y de la que viene pisándole los talones, no es tanto la exigencia fundacional de un nuevo comienzo, sino también, y sobre todo, la larga memoria de nuestros anteriores fracasos. De 1930 a 2009, doce gobiernos pretendieron un nuevo comienzo sin que los conservadores, los radicales, los peronistas y los militares pudieran, unos tras otros, concretarlo.

Esta seguidilla de abortos institucionales que han jalonado nuestros últimos ochenta años a través de los más diversos protagonistas y los más diversos métodos, han instalado entre nosotros el virus del derrotismo. Como todas y cada una de las etapas de estas pretendidas refundaciones terminaron invariablemente mal, cada vez que alumbra un nuevo proyecto de superación lo acompaña una sospecha: que, al igual que los que lo precedieron, "no va a andar". Cercados por esta sospecha, los sucesivos protagonistas de nuestros desencantos, al descreer ellos mismos de aquello que intentaban, llegaron a pensar que la palabra "éxito" ya no significaba entre nosotros, al igual que en países que se sienten exitosos, como Brasil o los Estados Unidos, el éxito puro y simple de sus empresas, sino otro resultado mucho más modesto, porque, si no vamos a lograr lo que pretendemos, siempre será posible echarle la culpa del fracaso a algún rival.

La culpa por lo que encontró Kirchner, ¿no la tiene, acaso, Menem? La culpa por las dificultades que encontraron los gobiernos civiles, ¿no provino de los militares? La culpa por aquello con lo que debieron lidiar los antiperonistas, ¿no nació, acaso, de los peronistas, y viceversa? La culpa por los males que encontró en su momento el radicalismo, ¿no fue conservadora? La vida política argentina de las últimas décadas ha sido, gracias a esta reiterada echazón de culpas, como una serpiente que se muerde la cola.

Hace tanto tiempo que ningún político, que ningún partido, puede adjudicarse el mérito de haber triunfado en medio del reconocimiento general, que entre nosotros "el éxito" ha dejado de ser, simplemente, el éxito, para convertirse en la capacidad de alegar que el fracaso ha acontecido por culpa de algún otro. Culpable tras culpable, todos los protagonistas del largo estancamiento argentino que nos hizo retroceder de la vanguardia a la retaguardia de la caravana de las naciones en los últimos ochenta años han debido recurrir a esta treta, a este escape, que al fin nos ha envuelto a todos.

Que nuestra generación y la que asoma talones tengan la audacia de pretender esta vez un éxito tan fenomenal como el de las generación alberdiana de los Urquiza, los Mitre y los Sarmiento será, quizá, la mayor de sus dificultades. Exponerlo en un libro es, en el fondo, una apuesta a que los argentinos podremos enfrentar entre todos y desde todo lugar el dilema del poskirchnerismo, recuperando -pese a las negras memorias- el pasado, la olvidada virtud del optimismo. Lo más difícil de la nueva etapa que asoma por detrás del agotamiento del modelo kirchnerista será, entonces, osar. Pese a los sinsabores del pasado reciente, ¿nos atreveremos a hacerlo? El mayor argumento en favor de la audacia que deberemos desplegar los argentinos de esta generación y de la que nos viene pisando los talones es que, si no nos animamos a saltar, a escalar la historia, nos veremos obligados a repetirla.

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