Dilema K: la bolsa o la vida

Por Silvio Santamarina.

La vigencia de Moreno funcionó como la señal de que Economía no gozaba de autonomía real más allá de la voluntad de Kirchner. Hoy el Gobierno necesita mostrar que el nuevo jefe de Hacienda tiene poder real. De lo contrario, el enroque no servirá para darle oxígeno a una gestión que se ahoga día tras día.

Guillermo Moreno está bipolar. Desde que empezaron los cambios de gabinete, el secretario de Comercio tiene un día de euforia y otro de pesimismo. Incluso sus colaboradores cercanos pasan de la actividad furiosa a la calma chicha típica de un final de gestión. Mientras algunos morenistas operan en los medios para sostener la idea de que su jefe se queda, otros empleados tejen contactos para buscar trabajo en otras dependencias estatales, por las dudas. En las jornadas de bajón, Moreno suena triste al teléfono, algo resignado, y un poco enojado con sus detractores, no tanto los empresarios o los medios, sino los que lo empujan afuera del entorno K. Por ejemplo, Julio De Vido: el morenismo explica que parece evidente que Moreno le resulta molesto al ministro de Planificación, no por cuestiones de estilo personal, sino por las maneras de administrar los recursos del Estado. Moreno tiene muchos enemigos, y eso se nota. Es claro que entre los requisitos del establishment para respaldar la elección de Amado Boudou al frente de Economía está la salida de Moreno. Es por eso que el matrimonio presidencial aprovechará el fin de semana largo para analizar de nuevo el caso. Tal vez no decida un desplazamiento drástico del polémico funcionario, pero sí por lo menos una reducción de tareas que le baje un poco el perfil, ante una opinión pública nada tolerante con los modos K.

El problema para Moreno –y también para los Kirchner– es que lo que antes era una ventaja, ahora se volvió una trampa sin salida. Con los anteriores ministros de Economía, y secretarios claves del área, la vigencia de Moreno funcionaba como una señal de que la cartera económica no gozaba de ninguna autonomía real para decidir los destinos del país, más allá de la voluntad de Néstor. Hoy, cuando todo eso ha cambiado, el Gobierno necesita mostrar que el nuevo ministro de Economía tiene poder real propio, de lo contrario, el enroque no servirá para darle oxígeno a una gestión que se ahoga día tras día. Boudou parece ser, desde esa óptica, una buena opción para ganar tiempo y cierta estabilidad. Su credibilidad a mediano plazo reside en su imagen ambigua, que lo coloca como un doble caballo de Troya. Para el establishment, es un joven con formación política neoliberal y estudios en Administración de Empresas, que tal vez pueda ser un interlocutor posible para hacer entrar en razones a un decadente Néstor Kirchner. Para el kirchnerismo, en cambio, Boudou es un converso que ya demostró su lealtad al management nacional y popular en su manejo de fondos de la ANSES. Las dos caras de Boudou son ideales en un momento de crisis e incertidumbre donde sólo sobreviven los que saben navegar por la mitad del río, a prudente equidistancia de las orillas. El problema es que, como prueba de amor, los hombres de negocios le pedirán a Boudou la cabeza de Moreno; y a la vez, el temor del Gobierno es que si entrega al agresivo secretario de Comercio, ya no habrá un dique político para contener la inflación. Sólo un pacto muy bien abrochado entre la cúpula empresarial y el flamante ministro de Economía en torno a la estabilidad de precios podría despejar esta duda existencial sobre el dilema morenista. Pero si hablamos de estabilidad de precios, inmediatamente aparece su clásica contrapartida, que es la estabilidad de los salarios; y ahí entra el otro factor de poder, pero también de desgaste de la credibilidad de la era K: la hegemonía de Hugo Moyano. Necesitado de un anclaje sindical para contener un estallido eventual de la clase trabajadora, el kirchnerismo no puede dejar de ceder ante los pedidos del camionero, incluso al costo de limar la libertad de acción de sus ministros de Salud: en plena gripe A, renunció una, y su reemplazante casi muere atropellado bajo las poderosas ruedas del líder de la CGT.

Estas tensiones hasta hace muy poco se resolvían haciendo pie en el presunto control que Kirchner ejercía sobre el peronismo, la madre de todas las gobernabilidades. Pero la derrota electoral y su crisis de liderazgo posterior pusieron en evidencia la soledad de Néstor y su equipo, a la vez que detonaron el caos en el PJ. La vuelta de Eduardo Duhalde a la escena y los movimientos poselectorales de Francisco de Narváez no son una prueba de la unión del peronismo sino de todo lo contrario. A nivel del peronismo federal, Duhalde aglutina tanto como divide. Y los análisis serios del mensaje de las urnas indican que los votantes del Colorado no expresan precisamente la voluntad justicialista: muchos de los sufragios a favor de De Narváez son variantes de lo que despectivamente se conoce como "voto gorila". Paralelamente, una crisis generacional explota en el PJ: los jóvenes gobernadores peronistas que acompañaron la campaña de Cristina Fernández empiezan a trabajar una salida individual, mandando operadores a Buenos Aires para que armen estrategias de instalación de candidaturas con vistas a 2011.

A 2011 o antes. La porción creciente del establishment que mira cada vez con más cariño a Julio Cobos lee la iniciativa presidencial de relanzar las internas abiertas y simultáneas en los partidos como una manera desesperada –aunque pícara– de no perder la delantera ante un virtual reclamo por el adelantamiento de elecciones que puede llegar desde la oposición, los medios y hasta del propio peronismo, en caso de que en los próximos meses el nuevo gabinete K no logre hacer pie en medio del parate económico local y global. Sea o no un rumor "destituyente", lo cierto es que no resulta lógico que un gobierno que acaba de perder en las urnas siga hablando de cuestiones electorales, en lugar de tratar de desviar la conversación pública a temas de gestión. Salvo que haya perdido absolutamente el timón justo en su capacidad de gestión. De hecho, si hacemos un poco de memoria, y tomando las propias palabras del Gobierno como sinceras, recordaremos que la Presidenta argumentó a favor del adelantamiento electoral de las legislativas explicando que el país vivía momentos difíciles por la crisis mundial, y que el desgaste de una larga vigilia preelectoral era un lujo que la Argentina no podía permitirse. A contrapelo de aquella excusa oficial, los analistas interpretaron que Kirchner decidió adelantar las elecciones por miedo a que la explosiva situación socioeconómica le complicara demasiado la gestión a lo largo de 2009, y que ese desgaste se tradujera en una derrota en las legislativas programadas para fin de año. Finalmente, el adelanto no lo salvó del cachetazo en las urnas. Pero tampoco despejó la preocupación sobre su idoneidad para pilotear el ciclo negativo de la economía. Mucho peor: la derrota anticipada plantea más dudas sobre el margen de maniobra del kirchnerismo ante un período de puja social por una torta que se achica rápidamente. De esto conversará el matrimonio en su retiro espiritual en El Calafate, el refugio donde Cristina se siente más presidenta que en cualquier otro lugar del país.

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