Las dificultades de Obama son más de las esperadas

Las dificultades de Obama son más de las esperadas
Los problemas que está teniendo el presidente de los EE.UU. no son novedosos en la política latinoamericana. Hubo varios casos en los cuales los candidatos a presidente triunfadores incrementaron excesivamente las expectativas de cambio, lejos de ser satisfechas cuando llegaron al poder
Después de 3 semanas en el cargo, parece que Obama está teniendo algunos problemas, más allá de la crisis económica que recibió, contrariando algunas de las expectativas que se generaron a su alrededor.

Primero tuvo que descartar de incorporar a su gabinete al gobernador de Nuevo México, por una investigación judicial en su contra. Y luego tuvo problemas con otros tres miembros propuestos, debido al no pago de impuestos. Demasiados yerros para alguien que llegó al cargo, entre otras cosas, con la fuerte promesa de cambiar ‘la cultura de Washington’, y aplicar ‘la mayor reforma de la ética en toda la historia’, atacando las prácticas lobistas.

Alguien que tiene ya más de dos décadas en la consultoría política debería decir: ‘bueno, seamos realistas, esto le puede pasar a cualquiera. Lo que se dice en la campaña no siempre se puede lograr cuando se llega al gobierno. Así es la política’. Como dice el exitoso colega Mauricio de Vengoechea: lo más fácil es ganar la elección; lo más difícil es salir con buena imagen del Gobierno.

Las dificultades que está teniendo Obama no son precisamente novedosas en la política latinoamericana. Hemos tenido en los últimos 10 años al menos 3 casos en América latina, en donde los candidatos a presidente triunfadores incrementaron excesivamente las expectativas de cambio, las cuales estuvieron lejos de ser satisfechas cuando llegaron al cargo. Nos referimos a Vicente Fox -México- Alejandro Toledo -Perú, y Fernando De la Rúa en la Argentina. Los tres ofrecieron un cambio radical con las mañas corruptas imperantes, y transitaron buena parte de sus mandatos con dificultades políticas mayúsculas (en el caso argentino, directamente insalvables).

Pero como en el primer mundo las cosas se hacen a otra velocidad y con otro profesionalismo, Obama no perdió mucho tiempo en remediar sus errores. El hombre nacido en Hawai, para no quedar atrapado en la polémica de sus colaboradores fallidos, hizo lo siguiente:

Reconoció errores: con la frase ‘metí la pata’, intentó desactivar rápidamente cualquier costo político que le pudieran traer los casos de funcionarios vetados que se iban acumulando. Es lo mejor que pudo haber hecho: no intentar justificar lo injustificable, reducir el costo al mínimo, mostrar rapidez de reflejos políticos, e incluso mostrar un costado humano de su liderazgo (cualquiera se puede equivocar, lo importante es reconocerlo).

Cambiar el eje de atención: al mismo tiempo que reconocía el error, intentó instalar la vara con la cual lo debían medir a través del tiempo: el mejoramiento de la economía. ‘La única medida de mi éxito como presidente cuando la gente mire atrás en cinco años o en nueve años será ¿logré arreglar la economía?’. De esa manera, evitaba que una de sus grandes promesas de campaña -cambiar la cultura política histórica de Washington- se le volviera una espada de Damocles permanente, y de paso, empuja el horizonte varios años para adelante bajo la lógica de: recibí una crisis y estoy trabajando para salir de ella.

Empezó a dividir al mundo entre buenos y malos, ubicándose en el primer bando: a los pocos días de asumir centró sus críticas en los ejecutivos de Wall Street, quienes se habían bonificado con más de u$s 18.000 millones de dólares, calificándolos de ‘vergonzosos’ y el ‘colmo de la irresponsabilidad’. Obama rápidamente comenzó a buscar un enfrentamiento en el terreno que más le conviene: los muchos perjudicados vs. los pocos beneficiados.

Estas tres acciones le permiten evadirse de tener que responder sobre situaciones incómodas producidas por él mismo a poco de asumir, al instalar temas beneficiosos que desplacen a los otros. Los errores existieron, pero no le importa eso, sino al balance que pueda hacer la gente a escasas 3 semanas de mandato.

Sin embargo, hay en todo esto una lección importante para cualquier candidato: no se puede decir cualquier cosa en campaña, ya que a la corta o a la larga se terminan pagando costos si se llega al gobierno.

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