Diferencias entre Obama y Kirchner

La mera presentación de las figuras económicas de primera línea que acompañarán a Barack Obama, al igual que su política de apertura hacia sus opositores, sugiere que su gobierno tendrá un sesgo centrista parecido al impreso por Bill Clinton durante su segundo período en la Casa Blanca. Ese simple detalle, más allá del carisma y de la oratoria del presidente electo de los Estados Unidos, refuta la absurda, antojadiza y casi ingenua comparación que hizo la presidenta Cristina Kirchner entre él y su marido.
"Escuchando al presidente del país y de la economía más importante del mundo, hablando de los planes para la crisis y decir que hay que reconstruir escuelas, caminos y viviendas, me parecía escuchar al Kirchner de 2003 cuando recorría la provincia de Buenos Aires", señaló la presidenta.

No es bueno engañar a la gente ni, en un alarde de imaginación, comparar al presidente electo de un país que honra las instituciones y pretende crear empleo por medio de la actividad privada con otro que, con fenomenal discrecionalidad, hizo y deshizo a su antojo con los fondos públicos, incluidos los de la provincia de Santa Cruz, atado al tren del aumento de los precios internacionales de nuestras materias primas hasta hace pocos meses.

En realidad, Kirchner es más parecido a Bush y a Putin que a otros mandatarios en el planeta. No sólo por sus rasgos autoritarios y su afición al petróleo, que lo acercan a Bush, y por haber elegido su delfín, como hizo Putin, sino también por su disposición para gobernar con viento en contra, como Bush, viento soplado por él mismo en medio de convulsiones que contribuye a crear. En su gobierno, continuado por su mujer, no hizo una guerra porque no tuvo motivo, pero no vaciló en pelearse tanto con sectores bien definidos de la vida argentina, como la Iglesia, la prensa, los militares y el campo, entre otros, como con presidentes de países hermanos, como Uruguay y Chile.

Ese rasgo no parece ser el inspirado por Obama, dispuesto a reunirse hasta con adversarios de los Estados Unidos, como los presidentes de Irán, Mahmoud Ahmadinejad; de Venezuela, Hugo Chávez, y de Cuba, Raúl Castro. Kirchner no sólo nunca se mostró abierto al diálogo, sino que hasta alentó las peleas para obtener rédito interno, como sucedió en 2005 con el entonces presidente mexicano, Vicente Fox, disgustado por el maltrato dispensado a George W. Bush en la IV Cumbre de las Américas, en Mar del Plata.

De ahí que la comparación que quiso trazar la Presidenta entre un mandatario en las sombras, como su marido, y un mandatario entrante, como Obama, no tiene razón de ser.

Lo curioso es que los Kirchner eran admiradores de los Clinton. Es decir, de la pareja que, en los noventa, privilegió la relación con Carlos Menem, detestado por ellos, e impulsó aquello que la izquierda quiso llamar neoliberalismo. ¿Qué admiraron los Kirchner de los Clinton, excepto la habilidad con la cual el presidente sorteó el escándalo con Monica Lewinsky en el Capitolio? Quizás eso, precisamente, la viveza para eludir el juicio político.

Lo curioso, a su vez, es que Obama, al cual admira ahora Cristina Kirchner, ha convocado para su gabinete económico a ex funcionarios de la administración Clinton. ¿Creerá acaso que el progresismo norteamericano es tan idealista como el populismo argentino? El sesgo de los noventa será insoslayable en su gobierno, más allá de los férreos controles que impondrá el Estado sin que ello signifique nacionalizar la economía.

Bush, que tanto se parece a Kirchner, dejará el gobierno con índices tan bajos de popularidad que, en el orden regional, compiten con los de Cristina Kirchner. Obama no "refundará" su país, como pretenden hacerlo los presidentes de Venezuela, Bolivia y Ecuador. Tomará las riendas de una democracia que, a pesar de sus defectos, ha hecho un culto de la continuidad.

Si en algo se sienten ofendidos los Estados Unidos por insultos o bromas de mal gusto, como haber bautizado "efecto jazz" a la crisis financiera global o haber sugerido que los dineros sucios introducidos en el país por un ciudadano venezolano en un avión rentado por el Estado argentino eran parte de un "operativo basura" de órganos de inteligencia norteamericanos, la Presidenta no debe pedir milagros ni inferir que, por un llamado de teléfono casi rogado en Washington después de otros saludos que despertaron sus envidias, Obama se desespera por conocerla o, atento a su cortesía, por visitar Buenos Aires.

El culto a la personalidad suele crear espejismos o, como en la comparación entre Kirchner y Obama, groseras confusiones entre lo que no fue y lo que, en principio, tampoco será.

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