A dieta

Los integrantes del Co. De. Fo. Ma. (Concejo Delirante de Fortín Manchado) parecían los hijos de la pavota. Tenían todo listo para disfrutar de un bien merecido descanso de dos meses, cosa de volver renovados a la insalubre tarea legislativa, cuando a El Pregón del Barrio se le ocurrió la mala idea de deschavar los salarios de los funcionarios políticos y se armó la podrida.
Era una nota inocente, destinada a demostrar por dónde se piantaban del erario público tres millones y medio de mangos al año, pero fue suficiente para que se la agarraran con los pobres ediles.

Es que nunca falta un buey corneta, y Carlos El Tero, jefe sindical de los laburantes de la alcaldía, se encargó de la cornada.

— ¡Es una vergüenza! -dijo públicamente-. ¡Cada días se hace más grande la diferencia salarial entre trabajadores y sueldos políticos! ¿Adónde vamos a ir a parar?

Y... algo de razón tenía. Los delirantes recibían 3,5 veces lo que cobraba un empleado clase 2 y cuando éstos (paro mediante) conseguían un aumento, aquellos se llevaban 3,5 veces más.

El alcalde multiplicaba por 14 sueldos y embolsaba buena guita, pero a Don Carlos El Tero lo dejó de lado, asumiendo que se ganaba los garbanzos en buena ley.

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El diario le dio la palabra a los honorables para que opinaran sobre el tema y empezó por el presidente del Co. De. Fo. Ma., Ricardo El Pastor. No tuvo suerte. Al parecer por esos días había tenido un retiro espiritual, porque no estaba enterado de nada, y con una bendición se negó a opinar.

Arnaldo Prolijito, el jefe del bloque de (A. Co. Tra. Acción Comunal Trasnochada), abogado y docente, quien en sus ratos de ocio trabajaba de concejal, tampoco quiso hablar, "por no tener elementos para el análisis". ¡Mirá vos! ¿Qué elementos necesitaría? ¿Una sueca y un destornillador?

Hugo Lenguaraz, el capo del bloque Populista Desacatados, antes de responder quiso saber quién había sido el alcahuete que le contó a El Pregón del Barrio cuánto ganaban los delirantes. No estaba enterado que la dieta figuraba en el presupuesto votado por él días antes. ¡Informado el edil!

Digerido el sapo, reconoció que modificar el sistema dependía del cuerpo, pero no había por qué baratear la importante función que desarrollaban, controlando con celo la gestión del Ejecutivo. No aclaró qué tipo de control ni cuándo, porque por el Concejo se lo veía muy poco.

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Pancho Zafarrancho, presidente, portero y cafetero de un bloque unipersonal, demostrando un gran dominio del latín, dijo que los concejales no se aumentaban los haberes por "motus propio" y lo justificó haciendo referencia a la "enorme" responsabilidad que afrontaban y no era para cualquiera. Rubricando el concepto afirmó: Hay empleados de la alcaldía que ganan más que un concejal y nadie está planteando bajarles el jornal. ¡Chupate esa mandarina!

Pablo A. Bran, leguleyo y en su tiempo libre integrante del bloque del Movimiento Venial (políticamente, todavía no era pecado mortal), vio el reclamo como una chicaneada de El Tero y criticó a los que no entendían la función de los delirantes. Afirmó que tanto el alcalde como ellos "vivían" para la alcaldía y cumplían tareas mucho después del horario habitual. No aclaró cuál era el horario, porque la mayoría recién aterrizaba al mediodía, y por un ratito nomás, cosa de almorzar sin apuro y dormir la siesta.

Para cerrar el debate A. Bran aconsejó a los ciudadanos, "inexpertos en democracia" preocuparse porque el funcionario sea idóneo para desarrollar el cargo y después pagarle lo que corresponde. ¿Qué tenía que ver la democracia con la remuneración de los concejales?

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La cantina del Club Social, Recreativo y Deportivo El Tambor estaba concurrida. Los parroquianos buscaban refrescarse de los agobiantes treinta y pico a la sombra que soportaban desde hacía varios días y hablaban de bueyes perdidos, hasta que Gilún comentó lo de la mensualidad de los miembros del Co. De. Fo. Ma.

— Vieron... -dijo-. Siempre se las agarran con los pobres delirantes. Ahora les quieren bajar la dieta. ¡Qué injusticia, no!

¡Para qué habrá hablado! Lechehervida casi se atraganta con una papafrita.

— ¡De que injusticia hablás! ¿Sos tarado vos?

— ¿Por...?

— ¡Yo me rompo el lomo de sol a sol y no gano ni la cuarta parte de lo que ellos cobran descansando!

— Mirá que le meten horas, eh.

— ¡Qué van a meter..! ¡Qué van a meter..! -intervino Vientoencontra-. Al Concejo van de visita y después que terminan con sus conchavos particulares.

— Además -interrumpió Lechehervida- fijate cómo laburarán que el año pasado, en seis meses, de 65 reuniones de comisiones hicieron 29. ¿Eso es laburar?

— Y bueno... Seguramente no había temas... -intento justificar Gilún-.

— ¡No seas pavo! ¿Te parece que en Fortín Manchado no hay temas? ¡En lugar de abonarles la dieta, habría que ponerlos a dieta!

Don Atilio se rascó la cabeza, se acomodó la gorra vicera, que no se sacaba ni para ir al baño y acotó.

— La culpa no es del chancho. Arranca en el partido político cuando proponen los candidatos y después nosotros les damos de comer. Nos venden un buzón y lo compramos con los votos.

Para terminar con el asunto, porque la sopa se estaba poniendo espesa, Medialuna, el cantinero de El Tambor, le pegó un trapazo a una mosca que hacía pilates en el mostrador y sentenció.

— El problema no pasa por el sueldo, sino por lo poco que hacen para justificarlo. Y algunos decididamente son unos caraduras, che; les pagamos como si fueran buenos, cuando regalados son caros.

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