Diego al mando de la selección

Tuvo la cabeza en el partido de Glasgow y el corazón en Madrid, donde está internada su hija Gianinna.

Por: Eduardo Castiglione

Partidos voy a dirigir como mil, Cani, pero hijas tengo dos. Por momentos siento ganas de salir corriendo hacia Madrid". En medio de un sentido abrazo, de esos que únicamente pueden brindarse dos amigos, Diego Maradona recibió ayer a Claudio Caniggia en el tercer piso del Radison SAS, donde la Selección estuvo concentrada desde el domingo pasado. Como si la vida se obstinara en ponerlo a prueba en situaciones límite, ese padre con el alma atravesada por una situación que puso en riesgo el embarazo de su hija Giannina tenía una jornada por delante que terminaría con su debut al frente de la Selección.

Usó para la ocasión el uniforme de trabajo: como es uso y costumbre de Marcelo Bielsa, salió al Hampden Park vestido con el jogging de la AFA y el camperón para aliviar ese frío de la tarde-noche de Glasgow que calaba los huesos. No hubo modelo Versace ni Dolce y Gabana, como presagiaron los que ven en Diego siempre una oportunidad para el gran negocio. Ropa de trabajo, sin más, para un hombre que anoche empezó a ganarse la vida como entrenador. Los escoceses lo recibieron con el afecto y la admiración que se esperaba. Y allá, a la derecha, una bandera, un típico trapo blanco con letras negras, bien caserito, con la inscripción "El Diego es magia, pasión, huevo y corazón".

Ya en funciones, sólo dos veces salió del banco en el primer tiempo, gritó con mesura el gol de Maxi Rodríguez y maldijo, también con límites, la permisividad del árbitro alemán por un par de patadas que recibieron Tevez, Lavezzi y Gago. Estimuló a Papa en cada arranque por afuera de Jonás Gutiérrez y le hizo gestos de "tranquilo, tranquilo" a Demichelis cuando tuvo un par de desencuentros con Juan Pablo Carrizo. En el segundo tiempo fue otra cosa. A medida de que el equipo fue perdiendo la pelota, él fue entregando en cuotas esa tranquilidad encubierta. Aleandro Mancuso, uno de sus ayudantes de campo, le marcaba situaciones propias del juego y Miguel Angel Lemme, el otro asistente, daba a los gritos las indicaciones necesarias. Diego caminó hasta la raya para motivar a Lucho González que no encontraba el tempo del juego y a los 43, cuando la Argentina no podía administrar la pelota, se plantó en el corralito durante un minuto. Fue al encuentro de Papa en el momento que el Cata Díaz entró en sus lugar y apretó los puños en en el instante que sonó el primero de los tres pitazos de Félix Brych.

Las emociones, sin embargo, lejos estaban de terminar. En el vestuario, recibió a cada jugador con un abrazo y un beso, pero a algunos también les regaló una frase. "Me dijo dos cosas que jamás voy a olvidar, pero me hicieron muchísimo bien", confesó el Gringo Heinze. Por él se preocupó hasta Joseph Blatter, el presidente de la FIFA, un viejo adversario, debido a la salud de su hija. Aunque nadie lo dijo abiertamente, se filtró que la AFA pagó finalmente 18.000 dólares por el chárter que lo llevó a Madrid. Rumbo al encuentro con su hija partió del hotel en la medianoche argentina y en la madrugada se iba a encontrar con Gianinna.

Los flashes y las cámaras volvieron a estallar en su rostro curtido de luces y sombras. Acompañado por tres de sus colaboradores, sin dejar la indumentaria celeste y blanca que es motivo de su orgullo actual, repartió algunos besos, estrechó la mano a un par de colegas y se fue detrás de la ilusión que lo de su hija no haya sido más que una tsunami emocional sin consecuencias. Así es la vida de Diego Maradona. Como si fuera un arquero, se la pasa volando de palo a palo. Da fatiga con sólo observarlo. Parece de fábula que siempre esté de pie. Provoca admiración que siga pudiendo con todo, sea el escenario de drama o comedia. Diego va y va. Siempre al mango. El cuerpo y el alma siguen resistiendo. Asombrosamente.

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