De Diego... Las ilusiones desde el banco

De Diego... Las ilusiones desde el banco
Debut oficial y triunfo. La gente cantó "Volveremo' a ser campeones, como en el 86". ¿Será posible?
Mi primer sueño es jugar el Mundial, y el segundo es salir campeón...

El escenario ofrece un glamour distinto al del potrero de Villa Fiorito. Acá hay luz, hay un césped peinado que invita a la gambeta, hay camisetas , gente, mucha gente. No queda tierra en esas zapatillas de lona, esto es un fútbol de colores. Ese que Diego, el Diego del video en blanco y negro, soñó como uno más de esos tantos chicos que juegan a la pelota hasta la hora de la cena, con la luna como torre de iluminación. Acá esta Maradona, el del 86, el del tobillo inflado del 90, el que se fue de la mano de una enfermera en Los Angeles durante el Mundial 94. Ahí está, luego de jugar con su vida, de ser futbolista, técnico, jugador otra vez y decir adiós en esta cancha un 25 de octubre de 1997 con la camiseta de Boca. Ahí se mueve, aplaude a sus fieles, levanta las manos y acepta el canto, genuino, sin más. "Que de la mano, de Maradona, todos la vuelta vamos a dar". La identidad es una canción, un tango argentino.

La elongación, esa imagen patentada una vez entonado el himno, es lo que diferencia a este Maradona del jugador. Sólo eso falta, el resto es una película que trae a escena. El gesto serio, la boca abierta para las estrofas, el aplauso. Diego se persigna cuando se mueve la pelota. Desde ese momento en que la tiene Lionel Messi, deja de ser el diez, al menos por 90 minutos. Se agarra la cabeza cuando Carlos Tevez cabecea mal un pase del muchachito del Barcelona, elogia como en un teatro, esa doble pared entre estos dos bajitos que termina en el primer gol. Se escucha, otra vez, el tema de la noche. "Maradooo/Maradooo". La gente, entiende que eso es magia vieja, trucos propios por los que debiera cobrar el derecho de autor. Entonces, se conmueve.

Se toma tiempo, Maradona, para bajar el volumen al tono de un canto contra Román Riquelme y su renuncia a la Selección. Hace un gesto, no hace falta. ¿Qué sentido tiene? Se limita a observar cómo juegan sus dirigidos, cuál es la interpretación de su idea del fútbol. Y en ese idioma difícil de explicar y fácil de enseñar -la pelota al piso, circulación, toque, juego- es, lógico, Messi el que intenta el plagio del Diego. Juega cerca Messi, juega, en el primer tiempo, al lado del banco de suplentes. A la derecha, con la mirada de Maradona. En una escena de alumno a maestro. El zurdo encara, tira una gambeta. Diego, se mira en el diez.

El de los Cebollitas, el que entró en escena a los 15 años, el que fue a Japón con el juvenil, el de la roja en el 82, el de la fantasía en México, ese Maradona está otra vez. No tiene los cortos, juega con un equipo de gimnasia, sin la pelota esta vez. Aunque con la seguridad de una identidad inquebrantable: Pase lo que pase, dirija quien dirija, todo el mundo sabe que la camiseta diez será mía, para siempre...

Comentá la nota