Lo que se dice y lo que se calla

Por Joaquín Morales Solá

Brillo, pompa y amabilidad. Eso hubo en Madrid. ¿Por qué no? Sólo en la Argentina de los Kirchner sucede que un presidente extranjero sea maltratado porque existen diferencias con él. La diplomacia internacional tiene, por lo general, modos más sutiles, palabras menos duras, actos más demostrativos también, para exhibir sus disidencias o marcar sus posiciones. Esto también ha ocurrido en Madrid durante la visita de Estado de Cristina Kirchner, a la que la mandataria argentina le restó un día a última hora para regresar rápidamente a Buenos Aires.

Ese acortamiento imprevisto de la visita privó a Cristina del almuerzo con que el presidente español suele agasajar a los líderes extranjeros. Condenado a almorzar con la Presidenta y su comitiva el mismo día en que debía enfrentar un debate parlamentario por la crisis económica española, Zapatero optó por liberar su cabeza del laberinto argentino y concentrarse exclusivamente en la discusión legislativa sobre la marcha de su gobierno. Ningún funcionario argentino pudo explicar, ni en Madrid ni en Buenos Aires, por qué la visita programada para tres días duró sólo dos.

No obstante, debe reconocérsele a Cristina Kirchner el mérito de una sinceridad casi agónica, pero sinceridad al fin. Ayer, bajó del paraninfo académico donde suele decir sus discursos y aceptó, tocando ya las cosas concretas de este mundo, que "puede haber fuertes tormentas económicas" y "graves y severas dificultades" en la relación bilateral. A pesar de todo, dejó a salvo el vínculo entre las dos naciones, como lo había hecho un día antes el propio Rodríguez Zapatero.

El presidente del gobierno español es un hombre de constantes palabras amables (ya sea que esté con Silvio Berlusconi, con Cristina Kirchner o con Hugo Chávez), lo que muchas veces ha provocado ironías y críticas de sus opositores. Sin embargo, fue el primero en aceptar que no había total coincidencia con el gobierno de los Kirchner. "Estamos de acuerdo en un 99 por ciento", dijo primero y, por si quedaba alguna duda, remató: "Hemos disentido y disentimos sobre el caso Aerolíneas Argentinas". Rodríguez Zapatero no dice esas cosas todos los días ni ante todos los jefes de Estado que lo visitan.

El caso Aerolíneas no se ha resuelto todavía, aunque es el que más erosionó la relación en los últimos tiempos. El gobierno español subrayó siempre que no estaba buscando una solución determinada al conflicto por la compañía aérea, sino que promovía que cualquier solución se ajustara al derecho y al cumplimiento de los acuerdos firmados. Desde hace tiempo, nadie imagina una marcha atrás en el proceso de reestatización de la empresa. "Las cosas pueden tener un mal o un buen final. Nosotros respaldamos un buen final. Eso es todo", aclaró un alto funcionario español.

De alguna manera, los españoles están hablando de seguridad jurídica, aunque no hayan pronunciado las cosas con ese nombre. ¿Qué quiso decir Zapatero, si no eso, cuando delante de Cristina Kirchner sentenció que "las empresas deben tener rentabilidad"? El propio rey Juan Carlos, hablando sobre la crisis del mundo, ponderó la necesidad de "recuperar la confianza". No hablaba de la Argentina, pero ¿no necesita acaso la Argentina recuperar la confianza?

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Suavemente, Rodríguez Zapatero y Cristina Kirchner chocaron sobre la "rentabilidad de las empresas". La presidenta argentina deslizó ayer, lejos del presidente español, que "no puede haber rentabilidad de las empresas si no hay una sensación social de una rentabilidad compartida". No deja de tener razón. Le será difícil, con todo, encontrar esa "sensación social" en tanto que el propio gobierno local se empeña en descalificar a las empresas como entes cargados de avaricia y de mezquindad. Néstor Kirchner aludió de esa manera cuando gritó la semana pasada dirigiéndose simbólicamente a los empresarios: "No toquen un solo empleo en la Argentina".

Antes debió investigar en qué andan los empresarios. Si lo hubiera hecho, se habría enterado, por ejemplo, de que los dirigentes de la entidad que reúne a los empresarios más poderosos del país, AEA, creen que debe profundizarse el diálogo entre empresarios y Gobierno para afrontar mejor el impacto de la crisis. "Es necesario darles previsibilidad a los agentes económicos. Roosevelt trató de estimular primero la economía nada más que con la intervención gubernamental en la crisis del 30, pero sólo pudo bajar el desempleo cuando se decidió a trabajar codo a codo con los empresarios y lanzó el New Deal", señaló Jaime Campos, de AEA.

A Cristina le gustan las sorpresas. Sorprendió a los periodistas y al gobierno español cuando ella misma dio por finalizada la conferencia de prensa con Zapatero. El uso y la costumbre indican que es el dueño de casa quien debía abrir y cerrar el diálogo con los periodistas. Pero Cristina y Néstor Kirchner no pueden con su genio: ven periodistas y sienten síntomas inmediatos de alergia.

Más sorpresas: la Presidenta no cesa de lanzar veladas, y no tan veladas, críticas a Estados Unidos por la crisis mundial. Ya sabemos dónde empezó la crisis. ¿Para qué insistir en eso y no enfrascarse en sofocar el incendio? ¿Qué otra salida le deja a Barack Obama que una formal carta de agradecimiento en lugar de las cálidas conversaciones telefónicas con los otros líderes latinoamericanos? Fue notable el contraste con Rodríguez Zapatero en la conferencia de prensa. Cristina Kirchner machacó contra los Estados Unidos y con su aversión a ciertas ideologías, mientras que el líder español propuso tres medidas concretas para salir del embrollo (regulación de los mercados financieros, control sobre los paraísos fiscales y reordenamiento de los organismos multilaterales de crédito).

Cristina tomó esta última iniciativa y escaló más arriba: se fue de cambiar las Naciones Unidas a una reiterada alusión crítica a Gran Bretaña. España tiene el Peñón de Gibraltar como la Argentina tiene las Malvinas; ambos están en poder de los británicos. ¿La Presidenta habrá creído que encontraría un cómplice inmediato en sus arrebatos contra Londres? En tal caso, no se enteró de un dato crucial de estos tiempos: Gordon Brown es ahora el principal aliado de Rodríguez Zapatero para que España esté en el G-20. ¿Dónde estaba o en qué se entretenía la diplomacia argentina?

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