La diáspora kirchnerista

Por: Ricardo Kirschbaum

Entramos al crucial 2009 con un pronóstico de catástrofe: recesión, desempleo, informalidad y exclusión.

Un año en el que se juega mucho más que una elección legislativa; está en juego el futuro de la actual administración. Kirchner lo sabe y tomó decisiones que significan volver sobre sus pasos. Sus aliados políticos han iniciado la diáspora, desencantados con el retorno al PJ de quien les había prometido otro horizonte, y con la alianza decisiva con los intendentes del conurbano, hombres ubicuos y adaptables a la realidad inmediata. Algún boca suelta del oficialismo ha justificado además la alianza con Aldo Rico, cerrando la historia circular que tiene atrapada a la Argentina: el gobierno que muestra entre sus logros haber derogado la Obediencia Debida y el Punto Final terminó pactando con el militar que impuso esas leyes con una pistola en la cabeza de la democracia recién recuperada. Kirchner presiona para forzar la salida de Julio Cobos. Y no percibe que comete un error grave, contrario a sus propios intereses. Porque el vicepresidente, con su voto no positivo, había surgido como un líder político que había eclipsado hasta a la indomable Elisa Carrió. Esa inesperada aparición dio bríos a un radicalismo agónico, que encontró una figura con alta imagen positiva. Kirchner en su odio no vio lo esencial: Cobos, si no era presionado groseramente, se convertía por su propia aspiración en un obstáculo para la unidad opositora. El retorno al discurso sectario, como el que pronunció en la Plaza del Congreso en julio pasado, enseña otra vez que para Kirchner no hay matices, sólo es posible la subordinación. El afán polarizador está aceitando la unidad opositora en el territorio bonaerense, donde será la batalla principal de 2009. Los errores que han cometido se pagarán caros. Cobos es sólo uno de ellos.

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