Días extraños

Por Martín Caparrós.

Los argentinos veníamos del sobresalto 2001, cuando pensamos que se fueran todos los políticos. El 25 de mayo de 2003, un señor inesperado dio un discurso en el que se mezclaban ecos de la cólera del fin de ciclo neoliberal con un estilo querible por lo torpe.

Corrían, como siempre, días extraños. Los argentinos veníamos del sobresalto 2001, cuando pensamos que todos los políticos eran unos mentirosos y que mejor se fueran todos así manejábamos nuestras vidas sin ellos y nos enorgullecimos y después se nos pasó enseguida porque nos asustamos. A principios de 2003, millones de huerfanitos buscaban con denuedo un papá bueno: uno que les asegurara cierto mando pero no fuera tan mandón, cierto manejo de los negocios sin ser un negociante, el respeto por ciertas ideas sin ser un idealista. Era un cóctel difícil, y más si había que buscar entre políticos criollos. Los huerfanitos no lo encontraban y en esas elecciones no supieron qué votar, así que les dio un ataque de felicidad el 25 de mayo de 2003, cuando un señor inesperado dio un discurso en el que se mezclaban ecos de la cólera del fin de

ciclo neoliberal con un estilo querible por lo torpe: una especie de Chaplin con un par de proyectos adaptados al aire de los tiempos.

El doctor Kirchner mezclaba los últimos acordes del que-se-vayan-todos con un que-se-vayan-los-peronios: sus primeros meses de gobierno estuvieron marcados por su ofensiva contra su partido –la entonces famosa transversalidad–, que le granjeó más simpatías entre millones de clasemedios hartos de enjuagues pejotistas. Para más gloria sureña, la oposición no existía, y el doctor Kirchner parecía ocupar toda la escena. O, mejor dicho, la ocupaba: su gobierno

era él, sin siquiera una pinche reunión de gabinete para simular cierta participación –de sus subordinados–. Ni hablar del resto de la sociedad, que miraba de lejos y –todavía– aplaudía.

Porque había –un poco de– plata. Nada de eso habría servido para nada si no hubiese sido por la plata. Empezaba uno de esos ciclos prósperos que la Argentina sabe alternar con sus crisis brutales. Esta vez la que daba sus frutos transitorios era la Nueva Argentina creada por Kissinger,

Videla y Martínez de Hoz en los setentas: la patria agropecuaria. El mercado mundial favorecía ciertas plantas y el dinero empezó a correr por supermercados y concesionarias. Como siempre, corría mucho más por las calles asfaltadas y el Gobierno, que había prometido reformas fiscales y otras formas de redistribución, no parecía hacer nada al respecto; para compensar y hacerse una reputación, nada mejor que insistir con el tema de los derechos humanos. La receta quedó firme, y podría llamarse MPM –no, no Movimiento Peronista Montonero sino Modelo Puerto Madero: ese barrio de calles carísimas con nombres de Madres de Plaza de Mayo es una síntesis posible del modelo kirchnerista.

Así que hubo, una vez más, días extraños. Durante tres o cuatro años, muchos argentinos quisieron olvidarse de todo lo que habían dicho en sus momentos de desesperación y volvieron a creer que este país estaba condenado al éxito. Los ricos argentinos son tan punk: viva el aquí y ahora, no hay futuro, a fornicar que los planetas colisionan, y la clase media los imita. En esos días, los que pudieron volvieron a viajar a otros países, consiguieron trabajos, consolidaron barrios fashion, se vistieron más fashion, comieron cada vez más fashion, se llenaron de la palabra fashion –que es tan cool–, se compraron coches o televisores, se ennoblecieron con Tinelli y, en general, con gran dedicación, se hicieron los boludos. Los argentinos somos maestros en el arte de hacernos los boludos.

Mientras tanto, unos pocos molestos seguían clamando que estábamos entregados a nuestro deporte nacional: el desperdicio de oportunidades. Que la prosperidad de la soja no duraría y que había que aprovecharla para sentar bases para riquezas más durables y, sobre todo, para tratar de pensar qué país estábamos haciendo; nadie quiso escucharlo, y al Gobierno nunca le interesó ese debate, ni ningún otro. Hasta que, 11 de marzo de 2008, la política volvió de golpe a la Argentina. Es curioso que haya sido esa fecha, a 35 años exactos del día en que unas elecciones marcaron el fin de una dictadura y el principio del camporismo efímero, el día más setentista. Lo cierto es que, con la suba de las retenciones, los enfrentamientos que habían quedado soterrados por una torta que parecía suficientemente grande reaparecieron en todo su esplendor.

El pequeño cambio básico que venía introduciendo desde su inicio el peronismo del doctor Kirchner –la recuperación del Estado destruido por el peronismo del doctor Menem– hizo explosión. Fue una pelea de ratas semiebrias: un gobierno que hizo todo mal –pensó mal sus medidas, desdeñó sus alianzas, escaló el enfrentamiento– se peleaba con sectores que no querían entregar ni un poco de una supuesta ganancia extraordinaria que, semanas más tarde, había dejado de existir. Pero, más allá de su tema, la pelea marcó el inicio de una etapa distinta. La ofensiva kirchnerista por aumentar el poder del Estado produjo reacciones encendidas. De todo tipo: incluso a mí, que en principio estaría de acuerdo con recuperar el rol del Estado, me resulta difícil defenderla porque se basa en un manejo muy turbio, sospechoso, de un gobierno que perdió el respeto general porque nunca quiso depurarse. Con lo cual, en medio de la crisis, el clima del país es completamente otro: desconfiado, beligerante, desesperanzado. Se acabó el ciclo de las vacas gordas, y las nuevas vacas flacas nos encuentran con una mano atrás y otra también y un gobierno deslegitimado. Entre los problemas económicos que sin duda llegan y el clima de enfrentamiento político que se va profundizando, entre la agitación sindical creciente y la inseguridad que produce una sociedad desarmada, estos próximos meses pueden ser muy buenos para hacer periodismo, y complicados

para todos los demás. Se vienen, de nuevo, días extraños.

(En estos días, entre los 25 años de la democracia y los 12 meses de Cristina, florecen los repasos. La gente del Centro de Implementación de Políticas Públicas para la Equidad y el Crecimiento, Cippec, me pidió este texto sobre los gobiernos Kirchner para su Agenda Pública a 25 años de democracia. La Agenda, que se presentó ayer, fue editada por Laura Zommer e incluye artículos de Alfonsín, Menem, De la Rúa, Duhalde, Fontevecchia, Blanck, Saguier, Verbitsky, Zuleta, Romero, Nun, Lorenzetti y varios más.)

Comentá la nota