El diálogo tan temido

Algunas razones acerca de porqué el diálogo político nacional poselectoral nace tan condicionado, con tantos temores y miedos por parte de todos los supuestos dialogantes.
En las películas de amor, suele aparecer una mujer fatal que cansada de que el hombre que busca seducirla hable más de lo que actúa, ella le dice: "Deberás decidir si nos la pasaremos hablando de hacer el amor o si, en vez de eso, dejamos de hablar y nos decidimos a hacerlo".

Algo similar ocurre con el llamado al diálogo político nacional, excepto que falta esa mujer que les diga -tanto a oficialistas como opositores- que en vez de seguir hablando de cómo, cuando o dónde dialogar, se decidan de una vez a dialogar.

El problema son los preconceptos: la oposición cree que el Gobierno no cederá en nada, mientras que el oficialismo cree que los opositores se quieren quedar con todo, incluso con el Gobierno. En otras palabras, la oposición cree que el ejecutivo simula dialogar porque quiere ganar tiempo para seguir igual, mientras que los oficialistas creen que los opositores simulan tras el diálogo (o la negativa al mismo), sus afanes "destituyentes".

La oposición, como suele ser costumbre, se ha dividido en todas las partes en que puede dividirse:

1) Están los que no van porque creen que es una trampa por la cual el oficialismo no les dará nada o, al revés, los harán cómplices de sus políticas.

2) Están los que aceptan dialogar pero sólo en el Congreso, ya que creen que luego del voto, el Gobierno debe ser compartido entre los poderes.

3) Están los que quieren dialogar pero que se la pasan poniendo condiciones y advirtiendo sobre que apenas algo no les guste, se irán ya mismo.

Cada posición obedece a una lógica oculta:

1) Entre los que no asisten hay algunos que creen que el Gobierno se irá antes de tiempo y otros que creen que se caerá solo; entonces no quieren pegarse a la caída o hacer algo para evitarla.

2) Los que quieren dialogar en el Congreso, en el fondo creen que el voto les otorgó un bill de cogobernabilidad y por eso pretenden que el Ejecutivo vaya al pie, olvidando que en estos comicios sólo se modificó la representación legislativa pero no se eligió otro Gobierno, salvo la advertencia al existente de que debe cambiar mucho.

3) Y los que quieren dialogar donde sea, están tan ocupados en descubrir cual es la trampa, que ni siquiera se han puesto a pensar acerca de qué cosas conviene dialogar (en el supuesto, y quizá improbable caso, de que realmente lo sepan).

Lo cierto es que de esas tres posiciones lo que más beneficia al Gobierno es que haya tantas, ya que la división le impide a la oposición seguir un rumbo u otro y la deja impotente ante la iniciativa del Gobierno quien así prueba que la oposición tampoco es capaz de cambiar. Y en el empate de incompetencias, les gana el oficialismo. Aunque no gane nada siguiendo como hasta ahora.

Si hoy hubiera un solo político en serio en el país, con ganas de conducir la historia en vez de

limitarse a contradecirla o seguirla, diría y haría lo que hoy nadie dice ni hace, ni en el oficialismo ni en la oposición: "Dialoguemos donde sea y como sea en vez de poner tantos condicionamientos, y en el camino veremos".

Un político en serio no es el pusilánime que no avanza hacia ningún lado y se la pasa gritando como un pavo real en el mismo sitio, asustado por las supuestas trampas que en el camino le hayan tendido. Un político en serio no es el que le teme a las trampas ni el que busca hacerlas, sino quien aprovecha toda ocasión para cambiar los escenarios. Un político en serio es el que deja correr las aguas y busca conducirlas, en vez de condicionarlas antes que corran.

Pero, más allá de eso, lo cierto es que el Gobierno ya no podrá gobernar igual, por más que lo intente y reintente. Y la oposición ya no podrá seguir victimizándose con que cómo no le alcanzan los números, para quedar bien basta votar en contra o colgarse del campo o del prestigio del Alfonsín póstumo; ahora debe mostrar propuestas posibles.

Sin embargo, nada de eso ocurre y no sólo porque falte algún político en serio, sino también porque el Gobierno sigue creyendo que perdió "por poquito" y la oposición que ganó por méritos propios. Dos errores, porque el Gobierno perdió "por muchito" y mal, pero no por culpa de las inexistentes virtudes de la oposición sino por sus propias faltas.

Y un Gobierno que perdió por sí mismo y una oposición que no ganó sino porque el Gobierno perdió, deberían intentar superar sus extremas debilidades mutuas a través del diálogo; sobre todo la oposición que se dice republicana y que se la pasó criticando la cerrazón oficial.

La muletilla actual es la de reiterar que no quieren "perder tiempo". Ahora bien ¿perder qué tiempo?, porque si las cosas siguen como están, nadie podrá hacer nada y entonces lo que sobrará es tiempo.

Sin otro clima político, el Gobierno no podrá gobernar y la oposición no podrá mostrarse capaz de garantizar la transición, con lo cual, aún en la eventualidad que se quede con el Gobierno por abandono de los actuales o porque gane en 2011 por defectos oficialistas, en esas condiciones lo más seguro es que el próximo Gobierno tenga problemas similares al actual.

En síntesis, estamos ante un Gobierno que cree que "casi" no perdió y una oposición que cree que ganó por sus virtudes. Dos graves errores de apreciación que frenan la lógica dialoguista porque nadie cree necesitar del otro para seguir adelante con lo suyo, ignorando que hoy la gobernabilidad sólo se construye entre oficialismo y oposición, no tanto porque sumen sus virtudes sino para que atenúen sus defectos.

Hoy el debate político mayor lo ganará quien mejor fije el clima de la transición frente a una época y un estilo de hacer política que murió y otro que no acaba de nacer.

Y para ese debate, nada mejor que verse las caras y decirse todo. Quizá Elisa Carrió tenga razón en que al final el debate no servirá para nada en concreto, pero en lo que jamás tendrá razón es en su método de "borrarse", porque el talento político no está tanto en evitar la trampa del rival sino en transformar cualquier escenario en otro distinto y mejor. Aunque se fracase, dialogar suma y más al que lo asume sinceramente.

El peor diálogo es mejor que ninguno, sobre todo luego de tantos años sin él y -para colmo- años saturados de violencia y crispación.

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