Sin diálogo no habrá reforma, y sin reforma no habrá diálogo

Por Jorge Sosa

Es una buena señal que el diálogo iniciado por el Gobierno no se haya acotado finalmente a una reforma política. Si bien ese fue el tema de la reunión formal con los partidos en la Casa Rosada, hubo otras jugadas claras que completaron la intención oficial, como el contacto con los empresarios y la reapertura de las negociaciones en el Congreso. Podría significar que la gestión K ha acusado recibo, en parte, de los resultados de las últimas elecciones y la agenda que todo ello ha abierto.

Pero las urgencias que plantea la sensible lista de prioridades económicas y sociales -que el Gobierno amagó con ocultar al principio de la semana- no deberían soslayar la importancia de otras reformas institucionales, como es el caso del proceso electoral, y la situación de los partidos políticos y el Congreso, entre otros temas. La reforma política es un viejo e incumplido anhelo que ha quedado siempre rehén de las conveniencias de turno: o se planteó como falsa bandera para recuperar la iniciativa -como sospechan algunos que podría ser este caso-, o se planteó como bandera electoral cerca de alguna campaña, haciendo imposible su debate e implementación. Quizás no se trate de un remedio para el corto plazo, pero sí un beneficio seguro para la próxima elección. Si el sistema político argentino funcionara de otra manera, seguramente esta escena de diálogo ya se hubiese concretado antes, y los temas urgentes hubiesen sido el contenido de la última campaña electoral.

Comentá la nota