Dialogar y conceder

Por Fernando Laborda

Poco tiempo antes de que Cristina Fernández de Kirchner asumiera la presidencia de la Nación, en diciembre de 2007, Néstor Kirchner expresó que "la continuidad del cambio oxigena". Más allá de cualquier juego posible de palabras, el entonces jefe del Estado estaba dándonos a entender que el mejor oxígeno para la gestión de su sucesora provendría de que todo siguiese como estaba.

Después de la amplia convocatoria al diálogo que formuló la Presidenta en el acto central del 9 de Julio, de sus nulos avances y de la reciente frase del líder del kirchnerismo en el sentido de que "dialogar no significa conceder ni ponerse de rodillas", pocas dudas quedan sobre las verdaderas intenciones del Gobierno con aquel llamado.

La administración K considera que sería un error hacer cambios, puesto que Cristina Kirchner no fue elegida para modificar el modelo económico ni las políticas del oficialismo que fueron "plebiscitadas" por la ciudadanía dos años atrás, en las elecciones presidenciales.

Ni una palabra sobre los comicios legislativos del 28 de junio en los cuales el proyecto oficial sufrió un duro traspié. El matrimonio presidencial continúa negando la derrota. Una manera de insinuar que la oposición podrá tener el derecho a ser oída, pero no se ganó el derecho a ser escuchada.

En cualquier democracia civilizada, el diálogo implica intercambio de ideas y flexibilidad para aceptar las propuestas del otro. Para Kirchner no es así.

Con su frase "dialogar no significa conceder", al ex presidente de la Nación le salió el setentista de adentro. Quizás el que, en sus años juveniles, en la Facultad de Derecho de la Universidad Nacional de La Plata, junto a otros militantes estudiantiles de la Federación Universitaria de la Revolución Nacional (FURN), impedía mediante huevazos y tomatazos que Alvaro Alsogaray o el civilista Guillermo Borda ofrecieran disertaciones en esa casa de estudios.

Era una época en la cual las palabras "democracia" o "diálogo" carecían de demasiado valor y en la que, equivocadamente, muchos creían que casi todo podría arreglarse por medio de la violencia.

El arrebato de aquellos tiempos a menudo está presente en el discurso kirchnerista y en algunas de sus medidas. Uno de los últimos ejemplos fue el duro mensaje presidencial sobre "ricos y pobres".

En estos últimos días, signados por el debate sobre la pobreza y el llamado del papa Benedicto XVI a enfrentar ese "escándalo" en la Argentina, los Kirchner volvieron a instalar la cuestión de que si a alguien le fue bien en los negocios es de cierta manera culpable de alguna suerte de delito. Esa máxima podría aplicarse a cualquier empresario, pero nunca a ellos mismos. Curiosamente, en momentos en que se multiplican los pedidos de informes sobre el llamativo aumento patrimonial de la familia Kirchner.

Para salir al cruce de las críticas al Gobierno, derivadas del aumento de la pobreza al tiempo que el Estado destina casi 10 millones de pesos diarios para sostener Aerolíneas Argentinas y proyecta financiar el fútbol, la Presidenta anunció un nuevo plan para dar empleo a 100.000 personas, que se iniciará en el conurbano bonaerense y que involucraría unos 9000 millones de pesos en varias etapas. ¿Qué habrá sido del megaplan de obras públicas por 70.000 millones de pesos anunciado por la Presidenta a fines del año pasado? Los límites de la anunciocracia están a la vista.

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