La dialéctica del odio

Por Fernando Laborda

Días atrás, en medio de tanta virulencia que se vivía en las calles porteñas, un reconocido actor social como Juan Carr, fundador de la Red Solidaria y desde hace algunos años candidato al Premio Nobel de la Paz, se refería, en curiosos términos, al nivel de enfrentamiento político y social. "Hay cosas insólitas. Vas a dar una conferencia sobre botánica y no falta quien, a la entrada, te pregunte de qué lado estás", dijo a La Nacion, asombrado de que pudiera haber una botánica kirchnerista y otra botánica antikirchnerista o, tal vez, destituyente.

El propio Carr ofreció otro ejemplo del nivel de desconfianza que reina en distintos sectores. "Aparece un empresario que quiere donar un tomógrafo a un hospital y nunca falta el que te susurra que hay que tener cuidado porque puede ser un capitalista arrasador que quiere privatizar todo", narró.

Bastante tiempo atrás, la expresión "la zurda" sólo podía imaginarse en boca de millonarios temerosos del avance del comunismo. En los últimos días, ese término fue empleado por seguidores de Hugo Moyano que observan con inquietud las demandas de descentralización del actual modelo de representación sindical, originado en la Carta del Lavoro de Benito Mussolini.

Un dirigente de esa CGT, el metalúrgico Juan Belén, habló de "la zurda loca manejada desde afuera". Otro dirigente social, enfrentado al kirchnerismo, como Juan Carlos Alderete, advirtió que si los piqueteros son reprimidos, "va a haber muertos de los dos lados". Como colofón, el jefe de Gabinete, Aníbal Fernández, en el propio Congreso, sentenció: "No nos van a echar".

Por momentos, todos ellos parecían darle la razón a Elisa Carrió, quien proclamó que hoy existe una disputa en el peronismo similar a la que en 1975 se resolvía a los tiros, sólo que ahora se dirime en la calle.

La presidenta Cristina Kirchner puso algo de sensatez al pedir que se suspendiera el acto que iban a organizar Moyano y Luis D´Elía en la Plaza de Mayo el próximo viernes. Pero no pudo escapar a la dialéctica del odio: justificó, con argumentos increíbles, el bloqueo de los camioneros a las plantas impresoras de Clarín y LA NACION.

Cuando a la primera mandataria se le suelta la cadena, poco, muy poco, puede esperarse del resto de la dirigencia. La negación del diálogo sincero y la pérdida de la ejemplaridad de la palabra conducen a la desmesura y, más tarde, a la violencia.

Fue ése el punto de partida del documento emitido ayer por la Conferencia Episcopal Argentina, titulado "Somos hermanos, queremos ser nación", en el se que aboga por un Bicentenario en justicia y solidaridad, sin pobreza ni exclusión, sin enemistades ni violencia.

"La violencia verbal y física en el trato político y entre los diversos actores sociales, la falta de respeto a las personas e instituciones, el crecimiento de la conflictividad social, la descalificación de quienes piensan distinto, limitando así la libertad de expresión, son actitudes que debilitan fuertemente la paz y el tejido social", señaló la declaración del Episcopado.

Nadie, ni siquiera el gobierno kirchnerista, debería sentirse molesto por este nuevo llamado de la Iglesia. Porque se trata de una advertencia a toda la sociedad, hasta el punto que cuestiona "el consumismo exacerbado de unos pocos". Y porque parte de un dato inocultable: en los últimos días, se percibe un clima social alejado de las aspiraciones de los argentinos de vivir en paz.

Los obispos procuraron exhibir una ecuanimidad no exenta de concesiones al Gobierno, como cuando admitieron avances en la lucha contra la pobreza, en indirecta referencia a la anunciada asignación familiar para hijos de desocupados.

"La democracia no se fortalece en la conflictividad de las calles, sino en la vigencia de las instituciones republicanas", afirmaron. ¿Será eso entendido en una Argentina en la cual el piquete se ha constituido casi en parte de su cultura, incluso a los ojos de los turistas extranjeros, y donde las antinomias empiezan a cobrar rasgos de los años 50? Será difícil que se desande el equivocado camino andado mientras impere la dialéctica por la cual el adversario es transformado en enemigo y la disidencia adquiere la forma de un delito.

Nunca falta quien aporte su cuota de esperanza, mezclada con sana ingenuidad. Es también el caso de Juan Carr, quien recordó que "entre 2003 y 2007, la Argentina vio descender sus niveles de pobreza y logró bajar la tasa de muertes por desnutrición en una cuarta parte, gracias a los esfuerzos del Gobierno y del campo, curiosamente los dos sectores que colisionaron al año siguiente". Después de iniciado aquel conflicto, la pobreza volvió a crecer, con las consecuencias conocidas.

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