El devastador legado de Bush.

Crónicas norteamericanas.
MIAMI.- Restan diez días para que acabe la presidencia de George W. Bush, pero su legado promete tener una larga vida.

El mundo que le deja a su sucesor es, probablemente, el más catastrófico de toda la historia norteamericana y nadie se hace ilusiones de que el curso pueda ser rectificado en el corto plazo.

La crisis económica es la más profunda desde la Gran Depresión. El déficit presupuestario tiene proporciones astronómicas. La deuda nacional es hoy de 9,7 billones. El déficit comercial se duplicó. El desempleo en diciembre alcanzó el 7,2%, y el número de norteamericanos bajo la línea de la pobreza creció durante la era de Bush en cuatro millones de personas.

Las tropas norteamericanas están combatiendo en dos frentes. Hay 150.000 hombres en Irak y 35.000 en Afganistán. Según una comisión del Congreso, el costo de ambas guerras podía llegar a 1,6 billones de dólares para 2009.

En política exterior, los Estados Unidos han perdido influencia virtualmente en todas las regiones. Según un sondeo del Centro Pew, la percepción favorable de Estados Unidos, en otros diez países, pasó del 58,7% en 2001 al 39,2% hoy.

El conflicto palestino-israelí se ha desbocado con la cruenta lucha en Gaza. Tanto Hamas como Israel aprovecharon la "ventana de oportunidad" abierta por la presente inoperancia de la Casa Blanca para obtener ventajas políticas y estratégicas.

En América latina se ha formado un virulento eje antinorteamericano. Las relaciones con Rusia se encuentran en el peor nivel desde el fin del comunismo. La Unión Europea y China han elegido caminos independientes. En Georgia y Gaza fue Francia quien intercedió con propuestas de peso.

India y Paquistán, socios del club nuclear, llegaron al borde de la guerra sin que Washington fuera capaz de jugar un papel relevante.

Las libertades civiles, la más importante contribución de Estados Unidos a la causa de la democracia, fueron peligrosamente recortadas por el Acta Patriótica, sancionada a toda prisa después del 11 de Septiembre. Los derechos humanos, que Bush se ha ufanado de defender, fueron sistemáticamente violados de Guantánamo a Abu Ghraib y documentados con embarazosos testimonios. La tortura fue practicada ampliamente, al tiempo que su definición era sometida a escandalosos debates legalistas.

Cuánta responsabilidad le cabe a Bush por estas calamidades es un tema de debate. Pero por más que el origen de algunos de estos problemas pueda rastrearse a administraciones anteriores, es difícil exonerar a un presidente después de ocho años en el poder.

Es posible que en términos prácticos y con vistas al futuro, el debate sea superfluo. Barack Obama deberá tomar las riendas del poder con la prioridad de reactivar la economía, restaurar la posición internacional de los Estados Unidos y pacificar al Medio Oriente.

Pero los norteamericanos y el mundo, que padecen por igual los efectos de la crisis económica provocada por la explosión de la burbuja inmobiliaria en Estados Unidos, demandan una explicación.

En estos días se proyecta en los cines la película Frost/Nixon , basada en la famosa entrevista que el periodista David Frost le hiciera a Richard Nixon después de su renuncia. Nixon dejó el poder sin admitir su responsabilidad en el Watergate y mantuvo su arrogante silencio y afirmación de inocencia hasta que se derrumbó ante las cámaras de televisión.

Como Nixon, Bush ha transitado a través de los graves errores de su presidencia con la obcecada convicción de que no hay nada de lo que deba reprocharse. Aunque las opiniones favorables acerca de su gestión son hoy tan escasas como sus logros, Bush insiste en pensar que no ha hecho nada malo.

Cuando por fin se retire, tal vez la verdad lo asalte inesperadamente en una noche de insomnio y alcohol. Tal vez aparezca entonces algún otro David Frost ante el cual aliviar su conciencia y admitir que su incompetencia ha sido tan devastadora como su irresponsabilidad.

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