La devaluación que no fue

Por Alfredo Zaiat

Ya han pasado casi tres meses de las elecciones legislativas de medio término, período prudencial para poder evaluar el pronóstico de diversos especialistas acerca del recorrido futuro del tipo de cambio.

Durante varios meses antes de los comicios, en medio de la peor crisis global desde el crac del ’29, un amplio coro de economistas amplificado por la cadena nacional de medios privados aseguraba la inevitabilidad de una fuerte devaluación de la moneda doméstica. Los más imprudentes, alejados de la más mínima rigurosidad analítica, estimaban el valor del dólar para fin de año en valores muy por encima de los 4 pesos. Otros, como el ex economista del Banco JP Morgan y candidato a diputado, Alfonso Prat Gay, aseguraba en su carrera para sumar votos con la estrategia del miedo que el Gobierno "hace lo que hacen todos antes de devaluar: niega que lo vayan a hacer". En forma más técnica, pero con indudable intencionalidad política, ciertos economistas afirmaban que teniendo en cuenta experiencias de otros países latinoamericanos todo convergía a un importante ajuste del tipo de cambio para los días posteriores de las elecciones. Los industriales agrupados en la UIA aprovecharon la situación para reclamar una devaluación, lo que predisponía al escenario políticosocial para transitar a su ineludible aplicación. Ese contexto de incertidumbre cambiaria y su exacerbación alentaba la compra de dólares por parte de ahorristas y el retiro de depósitos en pesos del sistema. Sin embargo, pese a esa impresionante campaña para licuar salarios y beneficiar a sectores que fugan capitales, esa devaluación no se produjo. Por el contrario, hoy el Banco Central tiene que intervenir activamente en el mercado para comprar dólares y así evitar el retroceso de la cotización. Además, la devaluación del dólar a nivel internacional y la apreciación de las monedas de los principales socios comerciales, en especial el real brasileño que se ubica en 1,81 por unidad, mejoró la competitividad del tipo de cambio. Todo esto no significa que esa variable no siga siendo muy sensible para la economía local. Y que se presenta el riesgo de que el gobierno se entusiasme con un valor inmóvil del dólar (hace más de un mes se encuentra en 3,85/3,86 pesos), puesto que permite aliviar presiones inflacionarias y disminuir el stress financiero.

A esta altura resulta un ejercicio abusivo señalar los pronósticos fallidos de los autodenominados expertos, pero éstos se empeñan en mantener su racha de equivocaciones. Se afirma que del ridículo no se vuelve, pero los economistas especializados en el error tienen la ventaja que son la excepción a esa regla. El antecedente inmediato había sido con el presagio acerca de la declaración de una nueva cesación de pagos de la deuda. La probabilidad de un casi seguro default era compartido por casi todos los operadores de la city. En cambio, los compromisos de deuda fueron pagados y se instrumentó un canje de bonos con elevada aceptación, despejando el horizonte de vencimientos para los próximos dos años. El impresionante rally alcista de los títulos públicos, que se registró con más intensidad en las últimas ruedas pero que viene avanzando desde hace varias semanas, descolocó a esos profetas. Lo mismo ha sucedido con la cotización del dólar.

En algún sentido, como juego periodístico resulta irrelevante el seguimiento del cuadro estadístico por esa pobre performance profesional. Por una serie de razones, el poder económico seguirá contratando sus servicios sin fijarse en esos resultados. Pero su detalle permite precisar el elevado costo económico y social que deriva como formadores de expectativas de la población. Si las sentencias sobre la inminencia de un default y de una fuerte devaluación son permanentes en el espacio público sin recibir cuestionamientos de sus interlocutores ocasionales, las decisiones de los agentes económicos quedan condicionadas y orientadas a preservar su capital. Empresarios y banqueros atribuyen a esos economistas el saber técnico sobre lo que va a pasar con una importante cuota de irresponsabilidad. Esta conducta tiene un evidente impacto negativo en el funcionamiento de la economía, al verificarse luego que esos pronósticos eran intencionados y fallidos. Pero en esa instancia sus efectos desfavorables ya se concretaron y, en especial, alcanzaron el bolsillo de los sectores más vulnerables. No pocos de esos economistas afirmaban acerca de la inconsistencia macroeconómica que implicaba no aplicar una contundente devaluación sin considera sus consecuencias sociales. Después no han revisado ese consejo ante la insolente autoridad de los hechos que han desmentido sus estimaciones. La soberbia del saber tecnocrático se estrella una y otra vez ante la cambiante, dinámica e imprevisible realidad.

Este comportamiento de los economistas del establishment no libera al Gobierno de su responsabilidad de mantener un equilibrado sendero económico con un tipo de cambio competitivo real y estable. En la Casa Rosada se ordenó al Ministerio de Economía modificar el proyecto de Presupuesto 2010 que estimaba un dólar promedio de 4,25 pesos para el próximo año luego que trascendiera ese valor. El objetivo de esa decisión oficial apuntó a no generar expectativas de devaluación, cuando en la práctica implica un ajuste de no más del 15 por ciento punta contra punta a lo largo del año. Finalmente, se fijó un valor medio de 3,95, nivel que implica que casi no se registrará variación del tipo de cambio en todo el 2010. Se trata de un supuesto poco probable, aunque si se cumpliese implicaría generar variadas tensiones en los sectores productivos. Esa prudencia cambiaria se presenta exagerada teniendo en cuenta que en estos momentos no hay un mercado inestable y, por el contrario, se está contabilizando ingreso de capitales. Entrada de dólares que plantea un escenario monetario diferente al Banco Central, que ahora estará exigido con una política de esterilización de esos fondos más que de contención a la fuga.

La explicitación de un esquema económico con un dólar alto o relativamente elevado en términos históricos, con un Banco Central que ha mostrado en más de una oportunidad capacidad para controlar corridas, permitiría un mejor manejo de las complejas expectativas sociales alrededor de la evolución del tipo de cambio. La entidad monetaria ya puso a prueba su fortaleza en cuatro episodios cambiarios recientes que tuvieron su consecuente caída de depósitos: inicio de la crisis internacional (juliooctubre 2007), estallido de la crisis con el sector del campo privilegiado (abriljunio 2008), el riesgo del colapso financiero global a partir de la quiebra del banco de inversión Lehman Brothers (octubrenoviembre 2008) y el proceso preelectoral (marzojunio 2009). Frente a estos cercanos antecedentes, además de enviar señales claras para la decisión de inversión de empresarios y ahorristas, la fijación de una trayectoria realista del tipo de cambio para mantener o mejorar aún más su competitividad, y también para estar preparados ante la eventualidad de una segunda vuelta de la crisis internacional, permitiría desactivar la especulación sobre la paridad cambiaria.

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