Las deudas del Bicentenario

Por: Osvaldo Pepe

Ya llega el año del Bicentenario y la Presidenta quiere festejarlo a lo grande. Dos siglos les han bastado a otros países para convertirse en potencias de primer orden o al menos en naciones con un proyecto común de desarrollo y de inserción en el mundo, con una sólida cohesión social interna. No es el caso argentino. Tanto la sociedad como los sucesivos gobiernos de estas dos centurias están en mora. Y es por sus incapacidades para lograr estadios inclusivos y abarcadores de convivencia con equidad.

En 1910, los fastos del primer Centenario fueron para unos pocos. Los indicadores económicos y los pronósticos de los incipientes mercados mundiales hablaban de un futuro venturoso en el siglo XX para "la París de Sudamérica" (Buenos Aires), pero por debajo de ese piso de cristal bullía la pobreza y la desesperanza de una población local analfabeta y de inmigrantes que, aunque poco calificados en lo laboral, con enorme dignidad regaron este suelo de esfuerzo generoso.

En 2010, si dejáramos de lado lo que se llama progreso inercial, aquel que se produce por acumulación de conocimientos y suma de nuevas tecnologías que transforman la vida cotidiana, la situación no ha variado en lo esencial, donde se ven los avances sociales. Salvo en algo: nadie cree seriamente ya en que Argentina será un país de avanzada en el transcurso del siglo XXI.

Vale aclararlo antes de que los abundantes lenguaraces del poder vociferen réplicas hiperbólicas: no es culpa del Gobierno, aunque sí le cabe su parte de responsabilidad. Un dato: la brecha entre los más ricos y los más pobres es la mayor desde 2003. Y si en algo somos "la París de Sudamérica" es en la pobreza y la marginalidad de los suburbios de la gran Ciudad. Como en el primer Centenario, la inequidad es un dato político de primera magnitud. Poco para festejar y mucho para hacer, a 200 años de la historia de la Nación.

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