La deuda social del Bicentenario

Por: Osvaldo Pepe

Antes de que la economía global enfermara de recesión, y antes aún de que la Resolución 125 resucitara en el país viejos fantasmas, en un duelo de intransigencias cruzadas que el Gobierno no supo encarrilar a tiempo, la Presidenta exploraba políticas de Estado para celebrar en 2010 los doscientos años de vida en común mediante acuerdos institucionales con fuerzas productivas y sectores sociales

Sin embargo, desde entonces la Argentina no tuvo paz y el avistaje de certidumbres básicas compartidas trocó en mero voluntarismo político. A tal punto que hoy es imposible reconocer aquellas intenciones si se mira una campaña electoral amañada y sin discusiones esenciales.

Con el Bicentenario ya en cuenta regresiva, aquellos grandes acuerdos marco para celebrarlo con una agenda de prioridades nacionales suenan a olvido. La Presidenta no los mencionó ayer. Eligió señalar lo que se hizo y no lo que falta: como deuda social de peso sobrevive la situación de la infancia y la devastación de la droga en los jóvenes pobres. Allí están los datos preocupantes de la mortalidad infantil, tema que no figura en ningún discurso de campaña ni del oficialismo ni de la oposición. Parece que nadie se hace cargo.

Hacia 2006 el Gobierno había logrado bajarla con relación a los años 90, en que fue vergonzosa. Pero en 2007, última estadística conocida, los índices volvieron a trepar: están en 13,3 por mil. Y hay chicos "muertos en vida" por el paco, de lo cual nadie está exento. Los que en otros tiempos se sacaron fotos de campaña con chicos pobres, tampoco. En Capital, por ejemplo, la mortalidad infantil muestra registros globales en retroceso (ver: La mortalidad infantil baja en la Ciudad pero crece en la zona sur), pero en los barrios pobres del sur el flagelo sigue alto y creciendo. No vale argumentar que Recoleta tuvo la tasa que más bajó en 2008.

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