La deuda política

Surgida al calor de la crisis de 2001, "cajoneada" durante varios años y resucitada esta semana por la Presidenta, la promesa de una reforma política que limpie la vida democrática sigue pendiente. Después de una campaña plagada de vivezas criollas, ¿qué posibilidades hay de que la corporación política acepte renunciar a las ventajas de los viejos vicios?
Cada vez que Cristina Kirchner quiere conquistar -o reconquistar- corazones, como sucedió durante la última semana, saca de la galera el conejo mágico de la reforma política.

Lo volvió a hacer ahora, dos semanas después de una derrota que dejó mal parado al oficialismo y de una campaña que mostró de manera descarnada qué lejos estamos de la reconstrucción del sistema político: elecciones anticipadas, candidaturas testimoniales, listas espejo y listas colectoras, ausencia de internas partidarias para designar candidatos, proliferación de partidos que nadie conoce; una Justicia electoral impotente para ponerles límite a todos esos confusos pastiches, y un proceso electoral controlado por el propio poder político.

Algún registro de que tanta desprolijidad contribuyó a cocinar el ánimo del electorado debe de haber habido en el Gobierno para que la Presidenta saliera nuevamente a prometer cambios. Cómo estarán las cosas para que el mismísimo vicejefe de Gabinete Juan Manuel Abal Medina, a la sazón politólogo especializado en temas de calidad institucional, admita ahora que las listas testimoniales no estuvieron bien. Aunque lo admite a su manera. Escuchémoslo: "Las testimoniales no estuvieron bien, pero son un síntoma de la debilidad que tienen todas las fuerzas. Estas distorsiones son como la fiebre en el cuerpo: son indicadores de otros males. Si miramos la proliferación de las colectoras, en el Acuerdo Cívico fue donde más hubo, y no creo que Carrió quiera minar el sistema democrático".

¿Pero por qué, con todo el poder que tuvo el kirchnerismo, los puntos centrales de la reforma durmieron en un cajón? Abal Medina responde: "Primero porque, en los primeros años, la debilidad de los partidos era mayor y la crisis económica lo consumía todo. Después, la crisis del campo demoró todo intento de reforma. Más tarde, en la antesala de las elecciones, no íbamos a cambiar las reglas a mitad del juego. Eso no hubiera sido honesto. Ahora, en cambio, el escenario es diferente."

¿El escenario es diferente por la estrepitosa derrota? "No; no hubo tal derrota estrepitosa. Perdimos en la provincia, pero el kirchnerismo ganó en el país. Es diferente porque el radicalismo está más armado, y Pro también se ha desarrollado".

Como se ve, la reforma es una deuda largamente impaga que los dirigentes mantienen con la sociedad, desde los tiempos del poscacerolazo, en 2001 y 2002, cuando las demandas sociales se tradujeron en una agenda reformista, nunca concretada hasta hoy.

Basta recordar la primera lista de deberes que debían hacer los políticos, si de verdad querían reformarse ante la sociedad, surgida de la mesa del Diálogo Argentino en diciembre de 2001: transparentar el financiamiento de la política, asegurar que los candidatos resulten obligatoriamente de la elección en internas abiertas (la ley que esta semana acaba de reflotar la Presidenta, en su convocatoria), impulsar la boleta única o el voto electrónico, mejorar el régimen electoral, establecer una Justicia electoral independiente y capaz de ponerle límites al poder, y alentar mecanismos de democracia semidirecta (el último ensayo fue la consulta por el canal de Beagle, en los ochenta).

Pero así como es verdad que la reforma es la gran deuda política, también es verdad que el kirchnerismo no es la única fuerza resistente a soltar los vicios de la vieja corporación que tantos beneficios ofrece cuando se está en el poder. Es cierto que, cuando era una fogosa senadora de la oposición, la actual Presidenta apoyaba con convicción la ley de acceso a la información que, sin embargo, ella misma cajoneó cuando Néstor Kirchner accedió al poder. Pero también es cierto, por ejemplo, que Mauricio Macri prometió descentralizar el gobierno porteño a través de la creación de 15 comunas, un paso clave hacia la renovación y la autonomía política, y aún no lo hizo.

Voluntad de cambio

El constitucionalista Daniel Sabsay recuerda, por su parte, que no sólo se trata de sancionar normas para reformar la política; muchas leyes ya existen, y no son tan malas. Lo que falta, en todo caso, es voluntad política para llevarlas adelante y, sobre todo, órganos de control capaces de poner límites en su aplicación. "En tanto sigan existiendo jueces federales, con competencia electoral, que fallan siempre favoreciendo al Gobierno, estaremos igual que si no tuviéramos Justicia. Una cosa es la reforma del Consejo de la Magistratura, capturado por el Ejecutivo, o la puesta en marcha de mecanismos de participación ciudadana: en esos casos sí hacen falta normativas nuevas. Pero otra cosa muy distinta es producir cambios en la financiación de la política o en el proceso electoral: ahí lo que hace falta es mejorar los controles".

Pero con el tema de los controles vamos claramente hacia atrás, dice el ex Fiscal Nacional de Investigaciones Administrativas, Manuel Garrido, cuya renuncia al puesto desde el que investigaba casos de corrupción contra el kirchnerismo es toda una prueba de lo que dice. Hoy, como director de los Programas de Transparencia y Justicia de la ONG Cippec, evalúa: "No sólo no avanzamos sino que, en cuanto a la transparencia, retrocedimos. Se están desmontando oficinas de lucha contra la corrupción en varias provincias, como Entre Ríos, Santiago del Estero, y no por casualidad salta allí el caso del intendente acusado de corrupción. Es claro que, cuando se relajan los controles, el poder no se controla solo. En la provincia de Buenos Aires, cuando se fue [Santiago] Montoya, la oficina anticorrupción que había sido creada en el ARBA se disolvió".

El delirio ha alcanzado tal punto en estos años que, en San Luis, le han llegado a ofrecer nada menos que al arrepentido Mario Pontaquarto el manejo de la Oficina Anticorrupción. Una oferta que finalmente no se concretó. "Es parte de lo desorientados que están los políticos", ratifica Garrido.

También a contramano de los aires reformistas, y más allá del tema electoral, otros ítems que hacen a la calidad democrática tampoco se modificaron. Es el caso de la ley de coparticipación federal, que permanece sin reglamentar y ha sido funcional a la concentración hegemónica del poder de los K, que básicamente la usaron como arma para disciplinar a los gobernadores. "Somos federales en lo formal, pero la realidad es que seguimos siendo unitarios", afirma la doctora en Ciencias Políticas María Matilde Ollier, de la Universidad de San Martín.

Precisamente fue Garrido quien, desde la Oficina Anticorrupción, les propuso a los candidatos presidenciales de 2003 firmar un documento con puntos básicos de la agenda de transparencia, que se comprometían a llevar adelante, en caso de ser elegidos. Menos Carlos Menem, lo firmaron todos: Néstor Kirchner, Elisa Carrió, Adolfo Rodríguez Saá, y Ricardo López Murphy. Es más, el entonces candidato Néstor Kirchner, al estampar su firma en el compromiso ante la OA, reforzó particularmente su compromiso "en lo que hace a las medidas para hacer más eficiente la tramitación de causas judiciales por hechos de corrupción, transparencia de las erogaciones y fortalecimiento de los organismos de control"

En 2003 también los gobernadores firmaron un acuerdo, que se tradujo en un paquete de leyes para la reforma política, enviado al Congreso para que se debatiera. De ese racimo legal, sólo se aprobaron la Ley de Financiamiento y la de Internas Abiertas Simultáneas, que un año más tarde, en 2006, también fue derogada por el Congreso. En cuanto al espinoso tema de la financiación de la política, un punto que conecta directo con la construcción (o deconstrucción) de la confianza social, no sólo se trata de que exista una ley sino de cómo se aplica e interpreta. Así, si bien fue sancionada una norma en este plano, no fue en absoluto suficiente transparentar la siempre sospechosa relación entre dinero y política.

"Transparentar la financiación de los partidos es un tema crucial porque altera el principio de igualdad, que no sólo rige para los que eligen sino para los que pueden ser elegidos. Y en Argentina, para ganar elecciones, hay que tener: o bien un enorme aparato político, o bien mucha plata para pagar fiscales", explica Ollier.

Ollier propone otra visión sobre las trabas que podría afrontar la reforma. Dice: "Hay dos reglas de oro en la política. Una: a mayor calidad institucional, menor personalismo. Es decir: Bush pudo haber hecho desastres, pero jamás hubiera podido conducir a los Estados Unidos a un desastre completo porque tiene instituciones que lo limitan. Dos: a mayor calidad de liderazgo, mejor calidad de reforma política. Esto es: la gente llevó a Obama al Gobierno, pero ahora la profundidad de los cambios depende de él."

El capital de la confianza

¿Y habrá en el nuevo escenario, con un kirchnerismo debilitado y con promesas de reforma, más espacio en el Congreso para llevar adelante los cambios? "Todo depende de cómo Kirchner afronte la crisis económica. Todo depende del peronismo. Si la crisis golpea, habrá poco margen para que el PJ disidente se sume a la oposición para plantear demandas de reformas", analiza.

Pero todo podría depender también de hasta qué punto la dirigencia está dispuesta a perder los favores de los viejos vicios. "Más allá de las muchas leyes que faltan para cambiar la política, hay una cultura que no ha cambiado en la Argentina, esa que se rige por el principio no escrito de "hecha la ley, hecha la trampa" y que mantiene activas estas trampas. Ahí hay que apuntar. Porque es imposible legislar todo, de lo contrario entraríamos en un Estado autoritario", dice Ollier.

Y los argentinos somos especialistas en "trampas legales". Esas herramientas que habitan en el margen de legalidad -como las listas testimoniales, por ejemplo-, pero que indudablemente están muy alejadas de la "cristalinidad" declamada por Néstor Kirchner, en su discurso post derrota electoral. .

Pero aunque la reforma depende en buena medida de las decisiones de la dirigencia y, especialmente, del juego que habilite el poder, los especialistas también apuntan a la conciencia ciudadana. "Creo que para impulsar una reforma política, antes hay que tomar conciencia de un problema previo: la gente no confía en la política como una herramienta de cambio, y en este clima de baja conciencia y de "nosotros" (los ciudadanos) contra "ellos" (los políticos), cualquier iniciativa tenderá a ser vista como un mecanismo de autopreservación de la clase política. Mientras no se tome conciencia de esta desconexión, que es anterior a la reforma, ningún cambio encarnará", dice el analista de Poliarquía, Fabián Perechodnik, poco antes de dar una charla en la Conferencia Episcopal, donde esta semana hubo una reunión de relanzamiento de la mesa del Diálogo Argentino.

Para Perechodnik hay una instancia pre-política en la discusión sobre la reforma, que habría que tener en cuenta. "Hay que dar un paso previo antes de analizar por qué se cajonearon los puntos centrales de la agenda reformista consensuada en 2002. El hecho de que a los analistas políticos nos preguntaran básicamente por Gran Cuñado durante toda la campaña -cosa que a mí, al principio, me parecía un chiste- refleja, sin embargo, cómo se fue degradando la política. En todo caso, es un síntoma de ese deterioro. Pensemos en los primeros años de Alfonsín, cuando la confianza era alta: un programa así hubiera resultado intolerable porque hubiera sido percibido como una burla a la democracia. Pero hoy la gente está desconectada de la política porque no cree realmente que le sirva para mejorar su vida cotidiana. En 2002, los grandes medios donaron espacios para difundir los puntos centrales de "Reforma Política Ya", un programa que había sido impulsado por casi todos los actores de la sociedad civil y que sintetizaba las demandas para cambiar la política surgidas en el poscacerolazo. No sirvió para nada. Aunque duela, lo que nos muestra el éxito de Gran Cuñado es que hemos fracasado en la reconstrucción del sistema político."

Falta también, entonces, un insumo crucial, sin el cual ninguna reforma sería viable: el activo de la confianza. En la política y en los políticos. Se trata de un insumo básico, escaso, que no se inventa, ni se compra en la góndola de ningún súper. Ni siquiera Jaime Durán Barba, el gurú de la imagen de los nuevos políticos, es capaz de recrearlo con su varita: ese valor sólo se construye con el tiempo, cuando las palabras coinciden con los hechos y las promesas se convierten en realidad.

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