Detrás de los palos y las máscaras, las caras de la pobreza y la miseria

Familias que aspiran a ingresar en las cooperativas conviven con militantes e "invitados" a la protesta
"Yo tiraría una bomba y los haría volar a todos", dice el taxista mientras observa por el espejo retrovisor el campamento frente al Ministerio de Desarrollo Social de los piqueteros que reclaman acceder al plan oficial de cooperativas Argentina Trabaja. Lejos van quedando los jóvenes de rostro cubierto, armados con palos y caños, que desafían con cantos a los móviles policiales y el carro hidrante. Lejos también, detrás de ellos, queda el humo de las ollas improvisadas por los piqueteros.

Con la mirada fija en el fogón que calienta una de esas ollas está Luis Adolfo Portillo, de 51 años, venido desde Merlo. Pasó la noche ahí mismo y tiene los ojos vidriosos por la vigilia y el humo. "Me quiero ir, estoy amanecido", dice, sin apartar los ojos del hierro por el que hace unas horas pasó un guiso de papas, arroz y carne, y que ahora calienta el agua para el mate.

Hace ocho años que Portillo se quedó sin su último trabajo, en una fábrica de soda. Dice que sigue buscando todos los días y confiesa, con algo de pudor, que vive con sus padres. Mientras intenta sin suerte quitarse el hollín de las profundas arrugas del rostro, cuenta que va a la escuela por las noches, pero que no consigue "unir las palabras" cuando lee. Su "única" oportunidad, afirma, es el plan de cooperativas.

A metros de allí, Emilia Sayeeh descansa sus 72 años sobre una desvencijada reposera, mientras tose y les grita a unos niños que no pateen las botellas vacías que servirán luego para conseguir agua.

Fue ama de casa, cuidó enfermos y hasta se desempeñó como personal de limpieza de un banco. Se queja, como toda abuela, de que sus nietos no la visitan. Pero se queja con razón: tiene 49 nietos y 31 bisnietos. ¿Por qué está acampando? "Porque estoy sola en mi casa y me invitaron los políticos", dice, mientras se lleva nuevamente el pañuelo a la boca, para toser.

Ajeno al ruido de los bombos y de la disputa a gritos por una bandeja de tortas fritas que atraviesa la calle, Alejo toma la teta de su madre, Vanesa (25), militante del MTD Capital, mientras su padre, Aarón Aguirre (26), miembro del MTD de Bernal, festeja que "la gente ahora pelea por conseguir laburo".

La pareja se conoció "militando", entre reuniones y marchas, y se casó frente a la placa que recuerda la muerte del piquetero Darío Santillán, en Avellaneda.

Aguirre dice militar desde los 14 años, porque "rechazaba los valores errados de una sociedad superficial". Hoy trabaja en el Hospital Moyano, pero coordina un centro de formación cultural en el asentamiento de La Cañada, en Bernal. Con la mirada puesta en Alejo, dice: "Elegimos tener un hijo para que continúe nuestra lucha y pueda decidir, porque para nosotros no hay cambio: siempre terminamos excluidos".

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