Se desvanece el viejo miedo al ex presidente

Por Joaquín Morales Solá

La política volvió a hablar. Los políticos conversan de nuevo entre ellos. El viejo miedo deshace su trama. A muy pocos les importan ya los teléfonos intervenidos por los servicios de inteligencia. Una ráfaga de libertad se esparció entre esos lugares y esos hombres. ¿Qué podría hacer Kirchner contra ellos cuando tiene ahora menos votos que los que tenía en la madrugada del lunes último? Nada. El ex presidente resiste en Olivos. ¿Y si pudiera hacer un par de maniobras que lo recolocaran en el centro del escenario? ¿No fue eso, acaso, lo que hizo después de la derrota con los ruralistas, hace un año, cuando estatizó los fondos de pensión y Aerolíneas Argentinas?

Los gobernadores y líderes territoriales del peronismo están todos resentidos con el matrimonio presidencial. Es cierto. Pero ellos también tienen sus límites: una crisis caótica del kirchnerismo pondría al peronismo en la antesala de una derrota más amplia y ante la segura pérdida del poder nacional. Sin embargo, podría sucederles lo mismo, o peor, si Kirchner siguiera creyendo, como cree ahora, que la alternativa de la victoria son los grupos liderados por D´Elía, Depetri o Kunkel. El gobernador del Chaco, Jorge Capitanich, se lo dijo a Cristina Kirchner con palabras amables, pero claras: Tu reacción no ha sido buena. Hay que cambiar el gabinete y hacer una agenda parlamentaria antes de que otros la hagan .

Kirchner no cree en esas cosas. Simplemente ha depositado la gobernabilidad de su esposa en la aceptación de sus políticas por parte de los adversarios. ¿Se disciplinarán éstos ante un hombre derrotado? No lo sabe, pero tampoco le importa. Los ganadores del domingo tendrán que hacerse cargo de la fortaleza del Gobierno, desafía, o, en caso contrario, de la situación terminal en que colocarían a la administración si presionaran hasta lo que es inadmisible según él.

Kirchner está hecho en las probetas de las ideologías. ¿Lo traicionaron los barones del conurbano? El ex presidente está seguro de eso. Si los caudillos bonaerenses lo han abandonado, entonces sólo le queda el abrazo de los últimos fanáticos que lo rodean o de los que, sencillamente, no tienen destino sin él. Ex líderes piqueteros o políticos sectariamente kirchneristas militan en esas filas. No sirven para ganar elecciones. Pero Kirchner no se propone ganar ahora la mayoría, sino sólo conservar lo que ganó el domingo (que erróneamente cree intacto) hasta que regresen los buenos tiempos.

Los intendentes han cometido algunas traiciones. Cómo no. Kirchner debería analizar esas actitudes no con las categorías de las religiones, sino con las de la política. ¿Los políticos traicionan cuando los conducen a la victoria? No. Kirchner los sometió a los intendentes a la condición de rehenes suyos con las candidaturas testimoniales. ¿Qué rehén no se aferra al primer policía que se le acerca? ¿No hizo Francisco de Narváez el papel de ese policía bueno? El autoritarismo tiene límites en la sociedad argentina y en su política.

El duelo entre bastidores del Gobierno y sus adversarios es apasionante. Sólo Kirchner y su círculo más hermético sostienen la necesidad de mantener todo igual. Julio De Vido ha dado un notable giro en el aire: ahora quiere echar a los funcionarios que él mismo llevó a la administración. Se pavonea explicando cómo expulsó a Ricardo Jaime y cómo debería irse Guillermo Moreno. Ambos son viejos ahijados de él, que Kirchner se los cooptó luego.

Nunca habrá un cambio de gabinete creíble sin la salida del jefe de Gabinete, Sergio Massa, más preocupado por él que por el Gobierno, y sin las renuncias de De Vido, de Moreno y del ministro de Economía, Carlos Fernández. Ese es el corazón del poder de Néstor Kirchner. Con todo, debe reconocerse que la salida de Moreno no es lo mismo que la de Jaime. Este último era el emblema de las denuncias de la enorme y visible corrupción en el kirchnerismo. Moreno no tiene denuncias de corrupción contra él, pero es el hombre que manejó la economía desde que se fue Roberto Lavagna. Dos ministros de Economía, Miguel Peirano y Martín Lousteau, renunciaron porque no podían seguir conviviendo con Moreno. Ganó Moreno.

La salida de Moreno, que nadie descarta en el oficialismo, significaría en los hechos un cambio dramático de política económica. Moreno ya le ha hecho mucho daño a la economía argentina. Kirchner preferiría nombrar en la cartera económica, si es que debe nombrar a alguien, a Amado Boudou, un hombre que jamás imaginó la vertiginosa carrera que hizo desde el liberalismo ortodoxo hasta el más rancio proteccionismo estatal. Otros nombres más prestigiosos suenan en lugar de Boudou, pero nadie sabe si son alternativas reales o simples conspiraciones de palacio para someter a esos economistas al incendio de las intrigas.

Daniel Scioli clama gobernabilidad y respeto por Kirchner a sus interlocutores peronistas. Kirchner no le retribuyó esos gestos. Le ordenó al gobernador de Tucumán, Alperovich, que no aceptara la invitación de Scioli para conversar sobre el justicialismo, según aseguraron varios gobernadores descompuestos de ira por la continuidad de los métodos de Kirchner. Alperovich le dijo a Scioli que no podía verlo porque debía reunirse con Kirchner en Olivos. Sólo se encontró durante unos minutos con el gobernador bonaerense en un escondido pasillo de la Casa Rosada.

Scioli y De Narváez, que conversaron por teléfono sobre más cosas que las que se dijeron, tienen una sola coincidencia y un solo fantasma en común: Julio Cobos. Cobos, Binner, Carrió y Juez son demasiados nombres populares como para desconocerlos , asusta Scioli. De Narváez no está lejos de esa conclusión. Por lo demás, el triunfante candidato de Buenos Aires decidió ir contra todos: contra Kirchner, contra Scioli y contra Duhalde. No le permitirá tomar a Duhalde ningún protagonismo partidario. Me votaron por lo nuevo y Duhalde es lo viejo , deslizó De Narváez, que ya empezó a hablar con los intendentes del conurbano para hacerse del capital político de Duhalde.

Es cierto también que algunos referentes del peronismo del interior se colgaron del saco de De Narváez para envalentonarse cuando ellos venían de la derrota. Le pasó a Ramón Puerta, que fue arrasado en Misiones; a Juan Carlos Romero, que perdió Salta por cinco puntos, y a Jorge Busti, que perdió Entre Ríos por menos de un punto. De Narváez decidió romper con todos ellos. La imagen del líder ideal del peronismo del interior es, para De Narváez, el gobernador de Salta, Juan Manuel Urtubey, con quien se cruzó algunos mensajes. Urtubey, Capitanich y algunos intendentes del conurbano suelen sentarse estos días en el living de Alberto Fernández, el ex jefe de Gabinete, quizá como una estación intermedia antes de la distancia definitiva con los Kirchner.

Peronistas disidentes y no peronistas trabajan en las próximas leyes que podría aprobar el Congreso. A Kirchner hay que mostrarle los ejércitos verdaderos , dijo un peronista que lo conoce. La baja de las retenciones a la soja es el proyecto con más consenso opositor. Podría ser el primero. El próximo combate entre Kirchner y sus adversarios tendrá centro en el Congreso.

Solo, enclaustrado entre ideologías en las inhóspitas estancias de Olivos, Kirchner debe pensar en el otro gran derrotado de las elecciones argentinas: su amigo Hugo Chávez. Chávez no tiene más aliados en la Argentina que los Kirchner.

Ni un minuto en la cabeza de Kirchner para pensar que la gripe A se ha desbordado en el país que manda. Estamos navegando sin brújula , dijo un funcionario. El Estado que deja Kirchner es así. No hay policías cuando se cometen increíbles delitos, y no hay médicos cuando una epidemia está colocando a muchos argentinos ante el conmovedor trance de atravesar la enfermedad o la muerte.

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